Justificada defensa de la infancia
La preocupación por la infancia es una vieja batalla de la Humanidad. Después de la Revolución Industrial de fines del siglo XVIII comenzó una época trágica para los niños. La industria en sus diversas facetas acogió a los menores de edad y a la mujer para que llevaran a cabo penosas tareas. El trabajo de los menores, en el campo y en la industria, excluyó de la escuela a un elevado porcentaje de niños. En muchos lugares se alzó la voz de ilustres escritores y políticos contra estas "inicuas perversiones", cuya eliminación o mitigación fue reconocida paulatinamente por todos los ordenamientos legales.
El primer intento serio de una verdadera y profunda revolución para que los mismos adultos se percataran de la enorme importancia del normal desarrollo físico y psíquico de la infancia, se da en Ginebra, en 1924, cuando la Asamblea de la Sociedad de Naciones votó la primera "Declaración de los Derechos del Niño". Pero el conflicto mundial desatado en 1939 dio al traste con aquella magnífica tentativa, que había contribuido a dar firmeza a la solución de los problemas infantiles en extensas áreas geográficas.
Después de este conflicto bélico, las Naciones Unidas se fueron interesando paulatinamente por los grandes problemas en que se debatía la humanidad. En 1948 la Asamblea General adoptó la "Declaración de Derechos Humanos". Aunque en este importante texto se reconocían libertades y derechos del hombre, se pensó muy pronto que era necesario y preciso un documento especial respecto a los derechos de la infancia, que en gran parte del mundo vivía sometida a las injusticias creadas por la violencia y dureza de la guerra: Ignorancia, hambre, abandono, etc.
Luego de numerosos estudios de proyectos, la Asamblea General de la ONU, con la representación de 78 países, aprobó por unanimidad la actual "Declaración de los Derechos del Niño" el 20 de noviembre de 1959. El nuevo texto reconocía en diez principios los derechos fundamentales que asisten a la infancia. La Declaración habla de derechos para todos los niños, sin excepción. Reconoce la necesidad de una protección especial para facilitar el desarrollo del niño en todos los órdenes. Cada niño tiene derecho a un nombre y una nacionalidad, la alimentación, la vivienda, las actividades recreativas, los servicios médicos, etc. Se pide igualmente la educación y cuidados especiales para los que sufren impedimentos físicos, mentales o sociales. Amor y comprensión, afecto y seguridad debían constituir el tejido óptimo del ambiente familiar, donde el pequeño podrá desarrollarse de un modo adecuado.
La educación debía ser gratuita y las oportunidades, en igualdad de condiciones para todos. Los gobiernos deben proteger de modo especial a los niños durante las desgracias nacionales, e igualmente deben desarrollar en sus ordenamientos legales su tutela frente a cualquier tipo de explotación, crueldad, discriminación racial, religiosa, etc. que pudiera tener lugar en sus propios países. La Declaración, finalmente, pide la educación de la infancia en los principios de la paz y la fraternidad universales.
En atención a estos principios, en los últimos lustros, la educación preescolar ha experimentado un desarrollo a escala mundial. Dos son las causas principales de este auge: unas de tipo social, es decir, la preocupación por la salvaguarda de los derechos del niño, procurando su protección física y espiritual; y otras, de carácter científico-pedagógico: la psicología evolutiva ha aportado grandes sugerencias a la educación preescolar, enriqueciendo su metodología y su didáctica. Es así como tanto en el plano teórico como en el práctico, el contenido de la educación en este nivel tiene cada vez un eco más amplio. De la educación preescolar en Panamá nos ocuparemos en un capítulo aparte próximamente.
El primer intento serio de una verdadera y profunda revolución para que los mismos adultos se percataran de la enorme importancia del normal desarrollo físico y psíquico de la infancia, se da en Ginebra, en 1924, cuando la Asamblea de la Sociedad de Naciones votó la primera "Declaración de los Derechos del Niño". Pero el conflicto mundial desatado en 1939 dio al traste con aquella magnífica tentativa, que había contribuido a dar firmeza a la solución de los problemas infantiles en extensas áreas geográficas.
Después de este conflicto bélico, las Naciones Unidas se fueron interesando paulatinamente por los grandes problemas en que se debatía la humanidad. En 1948 la Asamblea General adoptó la "Declaración de Derechos Humanos". Aunque en este importante texto se reconocían libertades y derechos del hombre, se pensó muy pronto que era necesario y preciso un documento especial respecto a los derechos de la infancia, que en gran parte del mundo vivía sometida a las injusticias creadas por la violencia y dureza de la guerra: Ignorancia, hambre, abandono, etc.
Luego de numerosos estudios de proyectos, la Asamblea General de la ONU, con la representación de 78 países, aprobó por unanimidad la actual "Declaración de los Derechos del Niño" el 20 de noviembre de 1959. El nuevo texto reconocía en diez principios los derechos fundamentales que asisten a la infancia. La Declaración habla de derechos para todos los niños, sin excepción. Reconoce la necesidad de una protección especial para facilitar el desarrollo del niño en todos los órdenes. Cada niño tiene derecho a un nombre y una nacionalidad, la alimentación, la vivienda, las actividades recreativas, los servicios médicos, etc. Se pide igualmente la educación y cuidados especiales para los que sufren impedimentos físicos, mentales o sociales. Amor y comprensión, afecto y seguridad debían constituir el tejido óptimo del ambiente familiar, donde el pequeño podrá desarrollarse de un modo adecuado.
La educación debía ser gratuita y las oportunidades, en igualdad de condiciones para todos. Los gobiernos deben proteger de modo especial a los niños durante las desgracias nacionales, e igualmente deben desarrollar en sus ordenamientos legales su tutela frente a cualquier tipo de explotación, crueldad, discriminación racial, religiosa, etc. que pudiera tener lugar en sus propios países. La Declaración, finalmente, pide la educación de la infancia en los principios de la paz y la fraternidad universales.
En atención a estos principios, en los últimos lustros, la educación preescolar ha experimentado un desarrollo a escala mundial. Dos son las causas principales de este auge: unas de tipo social, es decir, la preocupación por la salvaguarda de los derechos del niño, procurando su protección física y espiritual; y otras, de carácter científico-pedagógico: la psicología evolutiva ha aportado grandes sugerencias a la educación preescolar, enriqueciendo su metodología y su didáctica. Es así como tanto en el plano teórico como en el práctico, el contenido de la educación en este nivel tiene cada vez un eco más amplio. De la educación preescolar en Panamá nos ocuparemos en un capítulo aparte próximamente.