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Justine, la despedida de una reina


Nuestra única Miss Universo de la historia, Justine Pasek, vive sus últimos días de reinado, haciendo gala de la misma gracia, sencillez, dignidad y belleza de aquél día cuando se alzó como primera finalista del concurso hace un año y se coronó como titular algo después. Pocas veces la imagen de Panamá y la mujer panameña se ha visto tan bien representada ante tan amplio escenario internacional.
Y su país le está dando una despedida regia, acorde con el estupendo trabajo que ha desempeñado, ocasión que nos permite repasar sus muchos dotes, una vez destacados en esta misma columna. Porque Justine es mucho más que unos bellos ojos de miel, una amplia sonrisa y un físico de musa griega. Ella, también personifica el exquisito crisol de sangre y genes que hizo posible aquel portento de mujer sin igual, ella es un dechado de espiritualidad, inteligencia y sensibilidad humana, cimentada en sólidos valores, hoy echados de menos por una sociedad y, en particular, por una juventud desorientada, incapaz de encontrar su espacio, su identidad y su norte en el nuevo siglo.
En ese sentido, Justine se erige como ejemplo, porque encarna lo bueno y lo positivo del panameño. Tal cual trascendió de los jurados, su inteligencia fue factor esencial, fuera de su belleza, para ocupar el lugar que obtuvo. Hoy, algunos avezados apuntan, a voz baja, mientras evalúan a las actuales aspirantes, que si ella pudiera subir otra vez a la pasarela, volvería a ganar.
Nos encanta su cabello ensortijado, indomable al calor de nuestro trópico, flameando otra vez soberano, azotado por la tibia brisa, como nuestra bandera tricolor, bajo nuestro sol y cielo azul; por fin liberado del lacio forzado por las preferencias de la Babel de Hierro del Norte. Todavía no olvidamos su gesto inolvidable, de subir a la final, a enfrentar a la rusa perfecta con su pelo amarrado a “cola de caballo”, al final vencida de luchar con él y con el cronómetro, en cada desfile y cambio de atuendo.
Sus ojos nostálgicos, abrumados entonces por el gris y la penumbra de los rascacielos, han recobrado a plenitud su brillo, de vuelta al suelo patrio.
La nostalgia de la lejanía, la ausencia de sus padres y hermanos, de sus amigos entrañables, y las dietas exógenas e insípidas, atrás quedaron.
El pueblo agradecido la está colmando de cariño, aplausos y besos, que ella devuelve a raudales. Son señales positivas de que en el fondo del alma de los ciudadanos de este pueblo, no todo se ha perdido, señal de que aún hay esperanza. Si de su seno es todavía posible que salga una Justine, quiera la Providencia que ocurra igual con otras figuras públicas, de igual textura y temple, que guíen al país por senderos mejores.
Nuestra Miss Universo saliente puede, pues, enjugar satisfecha sus lágrimas, que más bien son diamantes vertidos para perdurar, con la altivez, nobleza, orgullo y satisfacción de quien cumple más que plenamente la misión que le encomendara el destino para representar a su Panamá querido.

101 años de Panamá América

 
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