Juventud divino tesoro...
Te vas para no volver. Así dice la poesía del mismo nombre de este artículo. En efecto, los años pasan y, cuando ya son irrecuperables, nos percatamos de haber perdido las oportunidades y el tiempo que debimos emplear en cosas productivas. La juventud es la etapa más linda, cuando se sabe vivir. Es hermoso ser joven, cuando vivimos las etapas, en orden de aparición y de momento, sin saltarnos una para vivir la siguiente equivocadamente. La responsabilidad principal de los jóvenes es prepararse para ser adultos, para tomar nuestros puestos cuando llegue la hora del relevo y para ser mejores que los padres, aunque la época sea diferente. Sin embargo, esa responsabilidad tiene que ser apoyada por los adultos que, en cualquier forma, se relacionan con los jóvenes. Los padres, familiares o amigos, influimos en la formación, en la educación y moldeamos un poco su carácter.
Desde la infancia, edad que precede a la juventud, los niños necesitan cuidados, atención, educación, para formar jóvenes equilibrados. De lo contrario, ellos se desequilibran emocionalmente y, con cualquier pretexto, se remontan a episodios sucedidos en su infancia que, tras ciertas circunstancias, afloran hasta perjudicarlos. Cuando hablamos de la socialización primaria, hablamos de la época en que la responsabilidad de la educación está en el hogar. Si durante ella no damos afecto, cariño, comprensión, más tarde se dificultará la enseñanza escolar; esto se conoce como socialización secundaria. El niño debe llegar a la escuela con base formada en el hogar, para afrontar su crecimiento y la estancia en un ambiente fuera de la familia.
Todo influye más tarde en la formación de los jóvenes. Cuando nos encontramos ante jóvenes con problemas de drogas, alcohol, violencias, pandillas, es porque se sienten incomprendidos, faltos de aprecio, de valorización y cambian su territorio desde su casa, aunque sea humilde, al territorio de la calle porque allá se sienten dueños de los mismos. Los jóvenes necesitan sentir posesión sobre algo, sentirse dueños de algo, necesitan que se les diga apreciaciones positivas y no escuchar permanentemente críticas destructivas sobre sus actuaciones, críticas que no hacen más que aumentar sus problemas. Por simples detalles se vuelven contra sus padres y allí salen a buscar otro ídolo que los guíe en su vida. Pero, cuando la necesidad aprieta, buscan nuevamente a sus padres como el mejor apoyo y, generalmente, los encuentran dispuestos a recibirlos. Entonces, esos jóvenes son injustos con sus padres acusándolos de nimiedades y olvidando las grandes cosas que han hecho por ellos.
En esta época es difícil crear un hijo, comprender a un joven y sobrellevar a los adultos. Se dificulta saber qué piensan y las razones para tal o cual conducta. Muchas veces los adultos les cerramos la comunicación, pero otras veces son ellos quienes se incomunican voluntariamente. Cuando los padres pensamos haber sido buenos, condescendientes y comprensivos, en su mente ellos sienten lo contrario y piensan no haber encontrado en nosotros lo que esperaban. Cuántas veces ven en sus padres seres perfectos en vez de seres humanos, y esta equivocación o desacierto en los conceptos no hace más que traer errores perjudiciales para padres e hijos. ¿Cómo llevar ciertas situaciones con los hijos sin que se revuelvan recuerdos de infancia que, en el momento, creímos sin importancia, pero resultaron permanentes en la mente de los muchachos? Nunca seremos los padres ni lo suficientemente jóvenes ni lo suficientemente viejos para aprender a guiarlos, a comprenderlos, a formarlos con estabilidad. Pero, al darnos cuenta de la poca capacidad de los hijos para afrontar la vida, nos culpamos totalmente por haber fallado en la crianza de los mismos.
Palo porque boga y palo porque no boga. Que Dios nos ayude y nos guíe.
Desde la infancia, edad que precede a la juventud, los niños necesitan cuidados, atención, educación, para formar jóvenes equilibrados. De lo contrario, ellos se desequilibran emocionalmente y, con cualquier pretexto, se remontan a episodios sucedidos en su infancia que, tras ciertas circunstancias, afloran hasta perjudicarlos. Cuando hablamos de la socialización primaria, hablamos de la época en que la responsabilidad de la educación está en el hogar. Si durante ella no damos afecto, cariño, comprensión, más tarde se dificultará la enseñanza escolar; esto se conoce como socialización secundaria. El niño debe llegar a la escuela con base formada en el hogar, para afrontar su crecimiento y la estancia en un ambiente fuera de la familia.
Todo influye más tarde en la formación de los jóvenes. Cuando nos encontramos ante jóvenes con problemas de drogas, alcohol, violencias, pandillas, es porque se sienten incomprendidos, faltos de aprecio, de valorización y cambian su territorio desde su casa, aunque sea humilde, al territorio de la calle porque allá se sienten dueños de los mismos. Los jóvenes necesitan sentir posesión sobre algo, sentirse dueños de algo, necesitan que se les diga apreciaciones positivas y no escuchar permanentemente críticas destructivas sobre sus actuaciones, críticas que no hacen más que aumentar sus problemas. Por simples detalles se vuelven contra sus padres y allí salen a buscar otro ídolo que los guíe en su vida. Pero, cuando la necesidad aprieta, buscan nuevamente a sus padres como el mejor apoyo y, generalmente, los encuentran dispuestos a recibirlos. Entonces, esos jóvenes son injustos con sus padres acusándolos de nimiedades y olvidando las grandes cosas que han hecho por ellos.
En esta época es difícil crear un hijo, comprender a un joven y sobrellevar a los adultos. Se dificulta saber qué piensan y las razones para tal o cual conducta. Muchas veces los adultos les cerramos la comunicación, pero otras veces son ellos quienes se incomunican voluntariamente. Cuando los padres pensamos haber sido buenos, condescendientes y comprensivos, en su mente ellos sienten lo contrario y piensan no haber encontrado en nosotros lo que esperaban. Cuántas veces ven en sus padres seres perfectos en vez de seres humanos, y esta equivocación o desacierto en los conceptos no hace más que traer errores perjudiciales para padres e hijos. ¿Cómo llevar ciertas situaciones con los hijos sin que se revuelvan recuerdos de infancia que, en el momento, creímos sin importancia, pero resultaron permanentes en la mente de los muchachos? Nunca seremos los padres ni lo suficientemente jóvenes ni lo suficientemente viejos para aprender a guiarlos, a comprenderlos, a formarlos con estabilidad. Pero, al darnos cuenta de la poca capacidad de los hijos para afrontar la vida, nos culpamos totalmente por haber fallado en la crianza de los mismos.
Palo porque boga y palo porque no boga. Que Dios nos ayude y nos guíe.