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Juventud moderna y modernizada


Durante los últimos días tuvimos espectáculos juveniles no dignos de la situación del país. No imagino, siquiera, estudiantes amenazando de muerte a un ciudadano que cruzó las líneas del enemigo. ¡Cómo osó cruzar el fuego! Increíble ante los ojos de la ciudadanía el tranque automovilístico y las consecuencias en manos de jóvenes en situación anómala.
Es lógico preguntarnos dónde reside el origen de esta descomposición, porque las respuestas de estos jóvenes a la actuación de los adultos es descompensada y no va de acuerdo a la realidad.
No concibo un comportamiento tan lejos de la realidad y tan indigno de los panameños que llevarán el futuro de la patria.
No va acorde con las expectativas de los panameños ante la generación de relevo tan necesaria para seguir adelante.
¿Dónde está la culpabilidad? Es un factor complejo. Hay que escuchar los análisis de los sociólogos, pero sin prestar interés en las soluciones. Para algo existe una Asociación de Sociólogos y una Escuela de Sociología en la Universidad de Panamá; sin embargo, no los veo coadyuvando a solucionar problemas.
Los educadores ya no forman a los muchachos como lo hacían con nosotros en donde el dueño del aula era el profesor y nadie osaba faltarle el respeto. ¿Es que falta preparación para enseñar y educar? ¿Es que existe un poco me importa con esa pléyade de jóvenes?
También es cierto que la familia es la célula básica en la formación del niño y el adolescente.
¿Dónde están los padres? Han evadido la responsabilidad de la formación de los niños y jóvenes en el hogar y esto deja un vacío que no lo llena nadie, porque la educación elemental es la enseñanza en el hogar que luego completará la escuela para perfeccionarla.
El papel del gobierno, a través de su Ministerio de Educación, resulta indispensable para la orientación de esa juventud, no obstante, en esta ocasión, actuó como adultos descompensados, cometiendo actos vandálicos sin responsabilizarse por ellos, sólo porque sí y satisfecha con su actuación.
Debemos preguntarnos qué sucede. Hace unos días asistí a una clase y el profesor preguntó quiénes en su infancia creyeron en Santa Claus. Respondí que en mi tiempo era el Niño Dios y sí creía; el día que descubrí que era mi mamá, se rompió algo dentro de mí, que no recuperé más.
Mis compañeros de aula son jóvenes. Para mi sorpresa, tres de ellos (éramos ocho) jamás creyeron en Santa y no gozaron de esa ilusión. Al continuar la clase comprobé que esa juventud no cría en Dios, pocos en los ángeles y algunos en nada. Valiéndome de mi edad, traté de hacerles comprender que en la vida hay que creer en algo y que no podemos andar a la ligera en manos de las coincidencias (yo siempre de metiche).
Salí impresionada y, juntando esos criterios con el comportamiento de la juventud en las últimas elecciones, concluí que la brecha generacional es inmensa e imposible de cerrar.
Los jóvenes votaron por la emoción y no con la razón; no quisieron conocer la historia, sino el futuro; y considero que la historia es importante. Me lleva a meditar sobre el porvenir del mundo, sobre todo el de las generaciones que vienen y de cómo enfrentarán la economía, la educación, la salud y la vivienda. Estos factores básicos tienen menos importancia que la tecnología moderna. Lo que para nosotros fue primordial, para ellos es secundario; sólo hablan de Internet, globalización y el descalabro moral que, dicho sea de paso, para ellos es natural, lejos de los valores.
No es que la juventud deba vivir lo que yo viví; es sólo que quisiera verla un poco más equilibrada para su bien y el del mundo. Para ella, los viejos somos estorbo; sus padres no la comprenden y vive su mundo sin control. El sexo, necesario y hermoso, lo hace sólo como gozo y no por amor o con sentimiento.
¿Qué hacen los padres para enseñar, formar y educar? Encima, las leyes locas protegen a los muchachos y no a los padres. ¡Horror el futuro del mundo!

101 años de Panamá América

 
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