Kate Moss, o la suprema hipocresía
Mientras unos pocos nos preocupamos de las complejidades de la política y temas sociales, la mayoría de los jóvenes no tienen más interés que las superficialidades. En un mundo consumista, que rinde más culto a la riqueza al éxito fácil, a las candilejas de las cámaras, al estrellato y a la belleza corporal, donde las niñas visten como adultas y las adolescentes piden cirugías estéticas como regalo de graduación y quinceaños, no es de extrañar que las "top models" encarnen su sueño más preciado.
Las pobres madres, no hacen sino marchar a empujones por la presión de la moda y los nuevos tiempos, mientras los padres prefieren refugiarse en el trabajo y mirar hacia otro lado. En estos tiempos, los negocios más exitosos son los que cultivan la vanidad, los salones de belleza, gimnasios, salas de estética corporal y las academias de modelaje.
Hoy los quince años se celebran en discotecas, con alcohol y tabaco incluídos. "Este es el siglo de los jóvenes", gritaba un comentarista, mientras el asturiano Fernando Alonso, se lanzaba cual ídolo de rock a los brazos de su equipo, celebrando su victoria como el campeón mundial más joven de la historia de la Fórmula Uno, el sueño de todos los jóvenes que cada miércoles por la noche se juega la vida en regatas que se suceden por las principales avenidas de la capital.
Dos de los ídolos emblemáticos de la nueva generación son la cantante Britney Spears y la modelo Kate Moss. Ambas tienen en común el ser jóvenes y en alcanzar el éxito, la fama y la riqueza, rápidamente, más allá de lo que es posible asimilar a tan temprana edad. Las dos son víctimas y beneficiarias de la misma fábrica que produce millones en breve término y que las somete a máxima presión para exprimirles hasta la última gota de sudor, por no decir sangre, a sabiendas de que el éxito y el mercado son cambiantes y efímeros.
Ante tanta presión, no es de extrañar que Kate Moss haya sucumbido ante las drogas. Cierto, la industria de la moda le ha hecho pagar caro su descuido.
Decimos "descuido", porque en verdad a nadie le importa su vicio, ni sus angustias. Lo importante es lapidarla, para que sirva de ejemplo. Allí radica la hipocresía. Ahora, el periódico británico Evening Standard, acaba de destapar la verdad amarga: la drogadicción es generalizada en la industria y cada fiesta o evento deja su huella en los baños, vasos y utensilios. Una compañera de Moss, dijo: "Todas consumen. ¿Cómo no hacerlo, si no pueden comer ni beber porque engordan? El único error de Kate fue dejarse ver". ¿Es ella criminal o víctima?
Las pobres madres, no hacen sino marchar a empujones por la presión de la moda y los nuevos tiempos, mientras los padres prefieren refugiarse en el trabajo y mirar hacia otro lado. En estos tiempos, los negocios más exitosos son los que cultivan la vanidad, los salones de belleza, gimnasios, salas de estética corporal y las academias de modelaje.
Hoy los quince años se celebran en discotecas, con alcohol y tabaco incluídos. "Este es el siglo de los jóvenes", gritaba un comentarista, mientras el asturiano Fernando Alonso, se lanzaba cual ídolo de rock a los brazos de su equipo, celebrando su victoria como el campeón mundial más joven de la historia de la Fórmula Uno, el sueño de todos los jóvenes que cada miércoles por la noche se juega la vida en regatas que se suceden por las principales avenidas de la capital.
Dos de los ídolos emblemáticos de la nueva generación son la cantante Britney Spears y la modelo Kate Moss. Ambas tienen en común el ser jóvenes y en alcanzar el éxito, la fama y la riqueza, rápidamente, más allá de lo que es posible asimilar a tan temprana edad. Las dos son víctimas y beneficiarias de la misma fábrica que produce millones en breve término y que las somete a máxima presión para exprimirles hasta la última gota de sudor, por no decir sangre, a sabiendas de que el éxito y el mercado son cambiantes y efímeros.
Ante tanta presión, no es de extrañar que Kate Moss haya sucumbido ante las drogas. Cierto, la industria de la moda le ha hecho pagar caro su descuido.
Decimos "descuido", porque en verdad a nadie le importa su vicio, ni sus angustias. Lo importante es lapidarla, para que sirva de ejemplo. Allí radica la hipocresía. Ahora, el periódico británico Evening Standard, acaba de destapar la verdad amarga: la drogadicción es generalizada en la industria y cada fiesta o evento deja su huella en los baños, vasos y utensilios. Una compañera de Moss, dijo: "Todas consumen. ¿Cómo no hacerlo, si no pueden comer ni beber porque engordan? El único error de Kate fue dejarse ver". ¿Es ella criminal o víctima?