Kid Jované vs. Kiddy Mireya
No estábamos acostumbrados a que un hombre se tirara golpes con una mujer frente a todo el país. Si bien las libras ayudan un poquito a Jované, Mireya tiene más alcance, y el árbitro y todos los jueces a su favor.
El inicio de la pelea, con el gancho de derecha que le mandó Mireya al mentón izquierdo de "Kid Jované", pareció terminar el combate en el primer asalto, cuando los jueces decretaron el K.O. No obstante, de las graderías populares se levantaron voces tumultuosas que comenzaron a animar al boxeador caído, a las voces de "Juan, Juan, Juan..."
El veterano, lleno de hematomas en su rostro cándido, se levantó justo a la cuenta de 9, incorporándose con nuevo aire; aprovechó a continuación una actitud titubeante de la contrincante y le lanzó un jab de izquierda, muy efectivo, a la mandíbula, aplaudido por una muchedumbre amenazante.
La gladiadora de la cuadra de Pedasí retrocedió levemente, aunque profería mayores amenazas a Kid Jované. La barra, frenética, se imponía sobre el llamado al orden del árbitro, debidamente uniformado, y por el aire empezaron a volar piedras, palos y botellas.
La pelea, publicitada con mucha antelación, tenía el gimnasio de la transístimica repleto de fanáticos, de ambos boxeadores; pero la mayor concurrencia la tenía el boxeador del bigote blanco.
Ni siquiera en los mejores tiempos de "Mano de Piedra", en combates en nuestra plaza, como el sangriento encuentro con "Kid Buchanan", se había despertado tanta pasión, en particular en un tiempo histórico, de tanta mediocridad y tan poca emoción popular.
Los jueces apoyaban, todos, a "Kid Mireya", y el resultado técnico se auguraba totalmente favorable a su proclamación como triunfadora.
Todos los receptores de radio y televisión nos daban cuenta del encuentro. Por un buen momento, los boxeadores se amarraron, o se pegaban a la defensiva a sus cuerdas. De pronto, entre los pocos golpes de los combatientes, más bien entre fintas y amarres, surgieron gritos que acusaban a Kid Mireya de haber golpeado a Kid Jované en sus partes nobles; es decir se oían acusaciones de fouls, de jugadas impropias, que se presentaron, por encima de los árbitros normales del encuentro, a la mesa de los técnicos superiores.
El resto lo conocemos y la pelea anda por el noveno asalto, en un match que, aunque no debiera pasar de quince reglamentarios en campeonatos de títulos mundiales, todo parece indicar que no tiene un final predecible. Menos predecibles son sus consecuencias. Estos dos boxeadores, una mujer de pegada poderosa, y un púgil con cara y alma de San Juan Bosco, idealista y social, han acaparado tanta atención. La razón no es tanto el pleito, ni el resultado del encuentro a nivel de los personajes. La razón es la bolsa. Una bolsa que nos pertenece a todos.
Eso es lo fuerte, lo que se hincha, y se hinchará mucho más, sorprendiendo únicamente a los que no son capaces de adivinar un mínimo de los acontecimientos venideros, los que no logran ser en algún grado videntes de la historia, créandola además.
Algo sabemos de esos vientos, cuando nadie hacía mucho caso de ellos. Hechos de particularidades diferentes, pero con ciertas analogías sociales, produjeron unos 50 años atrás en Colombia, con la muerte en el tinglado de un formidable púgil social, Jorge Eliécer Gaitán, la detonación violenta de la mayor crisis de ese país en el siglo XX, cuyos coletazos todavía no se pueden detener en esa patria, de tantos "genios" como de estúpidos irredentos para detener una guerra fraticida, que además nos envuelve.
Los condimentos, no lo olvidemos; las esencias y sustancias de esta crisis, sobrepasan a los dos gladiadores enfocados. Van mucho más allá, especialmente si medimos el tamaño de las angustias sociales, a punto de reventar con cualquiera excusa, llevándose por los cachos, además, a la clase política que no sepa sortear estos momentos, olfatear, intuir, presentir. No valen encuestas en este momento, lo aseguro. Pueden ser barridas, todas.
Ojalá no creyéramos un simple adorno literario la parábola china: El roble parece más fuerte y macizo que el bambú. El roble representa la dureza, la resistencia, la arrogancia. Parece imbatible. Pero los vendavales los rajan por mitad, descuajándose de sus ramas.
El bambú, humilde, flexible, se agacha ante el paso del temporal, cede, se humilla ante el viento. Pero, al final, se mantiene en su sitio, y sigue jugando con la naturaleza.
El inicio de la pelea, con el gancho de derecha que le mandó Mireya al mentón izquierdo de "Kid Jované", pareció terminar el combate en el primer asalto, cuando los jueces decretaron el K.O. No obstante, de las graderías populares se levantaron voces tumultuosas que comenzaron a animar al boxeador caído, a las voces de "Juan, Juan, Juan..."
El veterano, lleno de hematomas en su rostro cándido, se levantó justo a la cuenta de 9, incorporándose con nuevo aire; aprovechó a continuación una actitud titubeante de la contrincante y le lanzó un jab de izquierda, muy efectivo, a la mandíbula, aplaudido por una muchedumbre amenazante.
La gladiadora de la cuadra de Pedasí retrocedió levemente, aunque profería mayores amenazas a Kid Jované. La barra, frenética, se imponía sobre el llamado al orden del árbitro, debidamente uniformado, y por el aire empezaron a volar piedras, palos y botellas.
La pelea, publicitada con mucha antelación, tenía el gimnasio de la transístimica repleto de fanáticos, de ambos boxeadores; pero la mayor concurrencia la tenía el boxeador del bigote blanco.
Ni siquiera en los mejores tiempos de "Mano de Piedra", en combates en nuestra plaza, como el sangriento encuentro con "Kid Buchanan", se había despertado tanta pasión, en particular en un tiempo histórico, de tanta mediocridad y tan poca emoción popular.
Los jueces apoyaban, todos, a "Kid Mireya", y el resultado técnico se auguraba totalmente favorable a su proclamación como triunfadora.
Todos los receptores de radio y televisión nos daban cuenta del encuentro. Por un buen momento, los boxeadores se amarraron, o se pegaban a la defensiva a sus cuerdas. De pronto, entre los pocos golpes de los combatientes, más bien entre fintas y amarres, surgieron gritos que acusaban a Kid Mireya de haber golpeado a Kid Jované en sus partes nobles; es decir se oían acusaciones de fouls, de jugadas impropias, que se presentaron, por encima de los árbitros normales del encuentro, a la mesa de los técnicos superiores.
El resto lo conocemos y la pelea anda por el noveno asalto, en un match que, aunque no debiera pasar de quince reglamentarios en campeonatos de títulos mundiales, todo parece indicar que no tiene un final predecible. Menos predecibles son sus consecuencias. Estos dos boxeadores, una mujer de pegada poderosa, y un púgil con cara y alma de San Juan Bosco, idealista y social, han acaparado tanta atención. La razón no es tanto el pleito, ni el resultado del encuentro a nivel de los personajes. La razón es la bolsa. Una bolsa que nos pertenece a todos.
Eso es lo fuerte, lo que se hincha, y se hinchará mucho más, sorprendiendo únicamente a los que no son capaces de adivinar un mínimo de los acontecimientos venideros, los que no logran ser en algún grado videntes de la historia, créandola además.
Algo sabemos de esos vientos, cuando nadie hacía mucho caso de ellos. Hechos de particularidades diferentes, pero con ciertas analogías sociales, produjeron unos 50 años atrás en Colombia, con la muerte en el tinglado de un formidable púgil social, Jorge Eliécer Gaitán, la detonación violenta de la mayor crisis de ese país en el siglo XX, cuyos coletazos todavía no se pueden detener en esa patria, de tantos "genios" como de estúpidos irredentos para detener una guerra fraticida, que además nos envuelve.
Los condimentos, no lo olvidemos; las esencias y sustancias de esta crisis, sobrepasan a los dos gladiadores enfocados. Van mucho más allá, especialmente si medimos el tamaño de las angustias sociales, a punto de reventar con cualquiera excusa, llevándose por los cachos, además, a la clase política que no sepa sortear estos momentos, olfatear, intuir, presentir. No valen encuestas en este momento, lo aseguro. Pueden ser barridas, todas.
Ojalá no creyéramos un simple adorno literario la parábola china: El roble parece más fuerte y macizo que el bambú. El roble representa la dureza, la resistencia, la arrogancia. Parece imbatible. Pero los vendavales los rajan por mitad, descuajándose de sus ramas.
El bambú, humilde, flexible, se agacha ante el paso del temporal, cede, se humilla ante el viento. Pero, al final, se mantiene en su sitio, y sigue jugando con la naturaleza.