La actual coyuntura económica
Panamá ha tenido un crecimiento económico importante en los últimos años como resultado de una serie de factores, entre los cuales la estabilidad política, el saneamiento de las finanzas públicas y la responsabilidad fiscal del gobierno merecen una mención especial al hacer una evaluación objetiva de la situación del país.
El incremento de la actividad económica se ha hecho más que evidente, sobre todo en la construcción, aunque también han contribuido las exportaciones agropecuarias no tradicionales, los servicios y el turismo, así como la inversión pública multimillonaria en infraestructura. Proyectos como la Cinta Costera, la autopista a Colón, la ampliación de la carretera La Chorrera-Arraiján, los trabajos de expansión del Canal y miles de kilómetros de caminos y carreteras en todas las provincias, son algunas de las obras en las que se han invertido sumas cuantiosas generadoras de miles de empleos directos e indirectos.
Los analistas más serios piensan que este año no habrá cambios sustanciales en el crecimiento económico, aunque se producirá un descenso del abultado crecimiento de los dos últimos años, como consecuencia ya prevista del fin de un ciclo económico y de los ramalazos de la crisis financiera norteamericana, provocada por el colapso del mercado hipotecario y de bienes raíces. Tampoco es previsible una disminución de la inflación que afecta de manera directa a los sectores populares con bajos ingresos, impidiéndoles mejorar su calidad de vida, a pesar de contar con un empleo.
Todo parece indicar que el sistema bancario panameño no se encuentra involucrado en la tormenta norteamericana y que su solidez e inusitada liquidez son el resultado de prácticas responsables de buen manejo por parte de un sector que ha sido -salvo penosas excepciones- pionero en el ámbito de servicios financieros de calidad. Por otra parte, las obras de expansión del Canal que se encontrarán en pleno auge a partir del 2009 apoyarán al sector de la construcción para que continúe como uno de los motores de la economía y sirva para mantener los índices de empleo ante una posible reducción en la construcción de viviendas.
Pero en el ámbito social siguen sin resolverse las enormes desigualdades que, lejos reducirse en estos años de bonanza, se han hecho más evidentes por el enriquecimiento desmesurado de algunos cuya ostentación y mal gusto moverían a risa, sino constituyeran una ofensa a los que viven día a día calculando si les alcanzará para mal comer el precario salario ganado con sacrificio y, peor aún, para los que carecen de lo más elemental para el sustento.
Cabe esperar que en medio de las fanfarrias electorales que ya suenan, el país pueda escuchar las propuestas de los candidatos en materia económica y social, sin repetirnos los viejos clichés propagandísticos vacíos de contenido y que el paso del tiempo y el progreso han vuelto anacrónicos.