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La agresión transferida


La violencia humana, se caracteriza por esa lucha ambivalente de poder. Deseo de poder y a la vez deseo de ser reconocido. La agresividad humana no es necesariamente manifestada a través de la violencia física. Una característica esencial es que se transfiere muy comúnmente al discurso donde se equiparara a manera de palabras. La agresión verbal a través de los insultos, las ofensas y las amenazas es una característica no animal, que sólo puede ser experimentada por un ser hablante.
La agresión humana manifestada en distintos niveles puede ser tanto en recurso defensivo, del que se siente agredido, ya sea imaginariamente o realmente, como del que se siente frustrado. En los procesos frustrativos del ser humano es en donde la agresión se transfiere a diversos niveles, no necesariamente el físico, sino al psicológico y al simbólico.
En el propio trabajo un empleado que es agredido verbalmente por su jefe puede reaccionar posteriormente llegando tarde a su puesto, no como un síntoma depresivo sino como una manifestación de su agresión por medio de este comportamiento.
Algunos autores plantean que de hecho la pobreza es una forma de violencia humana, transferida en la deprivación material del sujeto, a través del sistema, en este caso económico; es decir, se desplaza a un grupo de personas de los beneficios de la sociedad, pero más allá de esta interpretación la pobreza también puede ser una forma de auto castigo, por una culpa fantasmática. Recordemos que en el sistema, las personas atribuyen su pobreza, a la riqueza de otro. Y por razones religiosas, la pobreza también es una garantía de vida eterna.
En tanto al sistema económico, la supervivencia requiere de un hombre instintivamente agresivo, pues la cultura de la violencia involucra aprendizajes dados por un sistema que enraíza en el psiquismo de los sujetos la necesidad de ser violentos, no como un fin sino como un medio.
En un plano más concreto, si observamos la subcultura de nuestro propio país (zona rojas), la violencia es un medio de convivencia, y un niño desde pequeño adquiere hábitos agresivos y violentos como formas adaptativas que le permitan sobrevivir o ser un simple sometido en las luchas de poder y demandas que otros le exigen.
La desintegración familiar, bajos niveles educativos y un clima hostil que rodea al sujeto en estas áreas, se combinan perfectamente para crear individuos que aprenden a ser violentos, es decir adquieren la violencia como un hábito.
Dado que adquirimos gran parte de nuestros comportamientos por procesos identificatorios con nuestros padres primero, y luego con el resto de coterráneos que nos rodea, estas identificaciones (es decir adquirir atributos o comportamientos de otro) forman gran parte de las estructuras de personalidad de estas personas que no tienen más que modelos violentos.
Aunque Stephen Kaukins plantea que la agresión es un instinto idiota, en el ámbito humano sigue siendo un instinto de supervivencia en muchos casos, y algo más complejo de lo que se piensa, la característica esencial es que es transferida al discurso y al simbolismo, pues el ser humano no necesita hacer daño físico directo para agredir, y muchas veces el simple hecho de fantasear la muerte de alguien que se odia no es más que el simple hecho de transferir ese acto violento de manera soluble de lo real o lo imaginario.
En la interacción humana, la agresividad pasa de un individuo a otro, se manifiesta en distintas formas y es una constante. No existe forma de eliminarla, ya que es irreductible, sólo podría ser canalizada hacia formas más eficientes de convivencia.

101 años de Panamá América

 
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