La alegría del Resucitado
La Vigilia y la Resurrección dos aspectos de una misma realidad, la Resurrección. Resurrección nos habla de la primavera, del renacer de toda la naturaleza adormecida por el duro frío del invierno del hemisferio norte. Jesús sale victorioso de todas sus terribles pruebas y sobre todo de la máxima, la muerte.
Los discípulos anuncian una resurrección muy concreta. La de aquel hombre Jesús, a quien las autoridades civiles y religiosas habían rechazado y condenado. Mas, dan testimonio de su experiencia de que está vivo. "Nos lo hizo ver". Aleluya.
El Padre no te ha abandonado, Señor. Ha sancionado tu vida y respaldado tu causa. Ha reivindicado tu nombre y confirmado tu palabra. Y al hacerlo reivindica su nombre, Dios de la vida. En ti se desbordan nuestras expectativas. Estábamos resignados a sobrevivir mientras nos llegara la hora y a morir, estábamos habituados al discurso de los fuertes, el de quienes imponen la muerte, pesan en balanza y tasan la vida de los débiles. Tú te pones del lado de las víctimas y has abierto las puertas a la vida.
La alegría de la comunidad está tan entrañablemente unida a la experiencia de Dios, que los textos neotestamentarios se refieren a ella en más de 150 ocasiones.
Tal abundancia habla a las claras de la alegría como el destino de Dios para la humanidad. Una alegría que tiene su origen en la constatación del triunfo de la Vida en el acontecimiento histórico Jesús de Nazaret. Todo lo que él hizo y dijo, toda la pasión que puso en las cosas, lo ha reivindicado Dios como vida verdadera en la resurrección. Vivir como vivió el Nazareno -dice Dios- tiene futuro, está abierto a la esperanza. Y eso es noticia alegre para los pequeños de la Tierra, que fueron el objeto privilegiado de la predicación de Jesús, de sus gestos y sus palabras.
Y es a quienes carecen de visibilidad social -a las mujeres- a las que se pide en este momento -como a los pastores en la Navidad- que anuncien la novedad de la resurrección. Ellas, que no tienen ningún crédito alguno, son las encargadas de anunciar al mundo que Cristo ha resucitado, y por si fuera poca la paradoja, será una prostituta la portavoz de todas ellas. También esta hora, los últimos son los primeros y ellos que no son nada a los ojos del mundo, se convierten en la piedra angular del orden nievo. Los valores de Dios, percibidos en penumbra a lo largo del tiempo, resplandecen, definitivamente, en esta alba de luz.
Una vigilia, por tanto, para escuchar lo que el ángel dice a las mujeres: "Id a Galilea, allí lo veréis". Esa llamada a Galilea indica, por un lado, la continuidad entre en resucitado y Jesús de Nazaret, el mismo que entonces le sacó de entre sus redes y aparejos, les convoca ahora; aquel con quien comieron y bebieron, ahora está junto a Dios y posee la vida en plenitud. Jesús de Nazaret es el Señor, el primogénito de la nueva humanidad, el Logos por quien las cosas fueron hechas. Y esa llamada señala, por otro lado, que la resurrección es una energía dinámica que no se limita a restablecer la situación que existía con anterioridad, sino que desencadena una nueva manera de entenderlo todo.
En las apariciones de Jesús triunfa el reconocimiento, la reconciliación, la curación, y la verdad se mira hacia atrás sin nostalgia, solamente para constatar que aquella historia de quebrantos fue necesaria para parir ésta, que el grano de trigo enterrado hace el milagro de la primavera, que el dolor, la vergüenza, y las lágrimas de la Pasión son ahora gracia y gozo que regala el resucitado.
La resurrección no borra el pasado en la historia, sino que lo profundiza hasta hacer que todo tenga un nuevo color, unas posibilidades nuevas. Los alcanzados por la resurrección son hombres y mujeres renovados que ya no pueden hacer otra cosa que anunciarle al mundo la novedad del Reino, tal como lo aprendieron y lo contemplaron en la vida entregada del Maestro. "Ahora os toca a vosotros ir por el mundo anunciando el Reino". O mejor ahora les toca a ellos, pero él estará siempre a su lado. Esa es su promesa y lo que la comunidad cristiana de todo tiempo está llamada a vivir en la Pascua.
Aquellos encuentros del resucitado con gente tan herida como nosotros, tan semejantes en el realismo de su miedo y su testarudez, ha de despertarnos a la esperanza porque también nosotros somos llamados a una transformación suya.
Los discípulos anuncian una resurrección muy concreta. La de aquel hombre Jesús, a quien las autoridades civiles y religiosas habían rechazado y condenado. Mas, dan testimonio de su experiencia de que está vivo. "Nos lo hizo ver". Aleluya.
El Padre no te ha abandonado, Señor. Ha sancionado tu vida y respaldado tu causa. Ha reivindicado tu nombre y confirmado tu palabra. Y al hacerlo reivindica su nombre, Dios de la vida. En ti se desbordan nuestras expectativas. Estábamos resignados a sobrevivir mientras nos llegara la hora y a morir, estábamos habituados al discurso de los fuertes, el de quienes imponen la muerte, pesan en balanza y tasan la vida de los débiles. Tú te pones del lado de las víctimas y has abierto las puertas a la vida.
La alegría de la comunidad está tan entrañablemente unida a la experiencia de Dios, que los textos neotestamentarios se refieren a ella en más de 150 ocasiones.
Tal abundancia habla a las claras de la alegría como el destino de Dios para la humanidad. Una alegría que tiene su origen en la constatación del triunfo de la Vida en el acontecimiento histórico Jesús de Nazaret. Todo lo que él hizo y dijo, toda la pasión que puso en las cosas, lo ha reivindicado Dios como vida verdadera en la resurrección. Vivir como vivió el Nazareno -dice Dios- tiene futuro, está abierto a la esperanza. Y eso es noticia alegre para los pequeños de la Tierra, que fueron el objeto privilegiado de la predicación de Jesús, de sus gestos y sus palabras.
Y es a quienes carecen de visibilidad social -a las mujeres- a las que se pide en este momento -como a los pastores en la Navidad- que anuncien la novedad de la resurrección. Ellas, que no tienen ningún crédito alguno, son las encargadas de anunciar al mundo que Cristo ha resucitado, y por si fuera poca la paradoja, será una prostituta la portavoz de todas ellas. También esta hora, los últimos son los primeros y ellos que no son nada a los ojos del mundo, se convierten en la piedra angular del orden nievo. Los valores de Dios, percibidos en penumbra a lo largo del tiempo, resplandecen, definitivamente, en esta alba de luz.
Una vigilia, por tanto, para escuchar lo que el ángel dice a las mujeres: "Id a Galilea, allí lo veréis". Esa llamada a Galilea indica, por un lado, la continuidad entre en resucitado y Jesús de Nazaret, el mismo que entonces le sacó de entre sus redes y aparejos, les convoca ahora; aquel con quien comieron y bebieron, ahora está junto a Dios y posee la vida en plenitud. Jesús de Nazaret es el Señor, el primogénito de la nueva humanidad, el Logos por quien las cosas fueron hechas. Y esa llamada señala, por otro lado, que la resurrección es una energía dinámica que no se limita a restablecer la situación que existía con anterioridad, sino que desencadena una nueva manera de entenderlo todo.
En las apariciones de Jesús triunfa el reconocimiento, la reconciliación, la curación, y la verdad se mira hacia atrás sin nostalgia, solamente para constatar que aquella historia de quebrantos fue necesaria para parir ésta, que el grano de trigo enterrado hace el milagro de la primavera, que el dolor, la vergüenza, y las lágrimas de la Pasión son ahora gracia y gozo que regala el resucitado.
La resurrección no borra el pasado en la historia, sino que lo profundiza hasta hacer que todo tenga un nuevo color, unas posibilidades nuevas. Los alcanzados por la resurrección son hombres y mujeres renovados que ya no pueden hacer otra cosa que anunciarle al mundo la novedad del Reino, tal como lo aprendieron y lo contemplaron en la vida entregada del Maestro. "Ahora os toca a vosotros ir por el mundo anunciando el Reino". O mejor ahora les toca a ellos, pero él estará siempre a su lado. Esa es su promesa y lo que la comunidad cristiana de todo tiempo está llamada a vivir en la Pascua.
Aquellos encuentros del resucitado con gente tan herida como nosotros, tan semejantes en el realismo de su miedo y su testarudez, ha de despertarnos a la esperanza porque también nosotros somos llamados a una transformación suya.