La anarquía y la impunidad
EN VARIAS ocasiones me he referido al hecho de que hoy día muy pocas personas respetan las leyes o reglamentos en nuestro país. Piensan que ellos están por encima de cualquier disposición. Hacen lo que les da la gana. Ejemplos existen muchos, sólo hay que salir a las calles para comprobarlo.
Ayer, cuando los norteamericanos administraban la antigua Zona del Canal, había gran respeto. Los automovilistas cumplían estrictamente con todas las señales del tránsito. Nadie se atrevía, por temor a ser multado, a tirar un papel en la calle. Hoy, ¡qué diferencia! Las avenidas parecen pistas de carrera y las calles y veredas unos asquerosos basureros.
Resolver el problema del transporte público en nuestra ciudad es tarea ardua y, comprendo, muy difícil por los intereses creados que cada día se sienten más poderosos e impunes.
Los "diablos rojos" -dueños, chóferes, palancas y "pavos"- además de constituir un peligro permanente para la seguridad personal de todos los que conducen automóviles, los transeúntes y los usuarios, se sienten dueños absolutos de nuestras calles. Hacen en ellas todo lo que les da la gana. No existe luz, ni roja, ni verde, ni señales que respeten. Y si por casualidad algún policía tiene la ocurrencia de ponerles una boleta, el chofer multado no la tira por la ventana, la guarda en la guantera para que se acumule con otras iguales o ésta va a parar a cualquier inodoro si hay uno cerca. Es una burla vergonzosa y risible, y da pena decirlo, este asunto de las "boletas" es, además, una gran pérdida de tiempo para el policía y el pobre usuario. Además de los peligros a que está expuesta nuestra sociedad con estos irresponsables, constituyen ellos parte del grupo de privilegiados. Gozan de muchas exoneraciones, obtienen préstamos bancarios que no pagan, ni son utilizados esos dineros para los fines que fueron otorgados. Pero allí no termina todo. Ellos no pagan impuestos, ni seguro social, ni ningún tipo de prestaciones a sus empleados. Exigen de todo, pero no dan nada.
Y los taxis, ídem. Ya circulan por nuestras calles tantos taxis como automóviles particulares. El pasado gobierno otorgó, pocas semanas antes de entregar el poder, según los medios de comunicación, más de 2,000 nuevos cupos. Además de un manejo desordenado y peligroso disfrutan los taxis de los "privilegios" de la anarquía existente. Muchos de ellos carecen de toda identificación y algunos inclusive, de placas. No tiene rutas específicas ni área de operación. Van a donde quieren y en las horas que a cada cual le conviene; y colores que los identifiquen, por supuesto que no hay ninguna norma o si la existe no le prestan atención. El transporte público debe ser un buen negocio para alguno o para muchos. El pobre usuario está a la merced de ellos a ciencia y paciencia de los gobiernos. El presidente Torrijos ha dado unas señales positivas, aunque débiles, que parecieran dirigidas a hacer buenas sus promesas de campaña. Textualmente, sobre este problema, que afecta a tantos miles de panameños que utilizan buses y taxis todos los días de la semana, el mes y el año, manifestó: "En la capital del país, la población sufre demasiadas molestias por la calidad del transporte público... la acción fundamental del gobierno en esta materia es lograr el desarrollo del proyecto de línea de transporte público de alta capacidad y sus rutas alimentadoras" (Pág. 24, VIII de su programa de gobierno 2004-2009).
Esperemos a ver qué pasa en este 2005 y, así, como en los sectores anteriores señalados, en otros, igualmente, la anarquía se enseñorea en nuestra sociedad.
Ayer, cuando los norteamericanos administraban la antigua Zona del Canal, había gran respeto. Los automovilistas cumplían estrictamente con todas las señales del tránsito. Nadie se atrevía, por temor a ser multado, a tirar un papel en la calle. Hoy, ¡qué diferencia! Las avenidas parecen pistas de carrera y las calles y veredas unos asquerosos basureros.
Resolver el problema del transporte público en nuestra ciudad es tarea ardua y, comprendo, muy difícil por los intereses creados que cada día se sienten más poderosos e impunes.
Los "diablos rojos" -dueños, chóferes, palancas y "pavos"- además de constituir un peligro permanente para la seguridad personal de todos los que conducen automóviles, los transeúntes y los usuarios, se sienten dueños absolutos de nuestras calles. Hacen en ellas todo lo que les da la gana. No existe luz, ni roja, ni verde, ni señales que respeten. Y si por casualidad algún policía tiene la ocurrencia de ponerles una boleta, el chofer multado no la tira por la ventana, la guarda en la guantera para que se acumule con otras iguales o ésta va a parar a cualquier inodoro si hay uno cerca. Es una burla vergonzosa y risible, y da pena decirlo, este asunto de las "boletas" es, además, una gran pérdida de tiempo para el policía y el pobre usuario. Además de los peligros a que está expuesta nuestra sociedad con estos irresponsables, constituyen ellos parte del grupo de privilegiados. Gozan de muchas exoneraciones, obtienen préstamos bancarios que no pagan, ni son utilizados esos dineros para los fines que fueron otorgados. Pero allí no termina todo. Ellos no pagan impuestos, ni seguro social, ni ningún tipo de prestaciones a sus empleados. Exigen de todo, pero no dan nada.
Y los taxis, ídem. Ya circulan por nuestras calles tantos taxis como automóviles particulares. El pasado gobierno otorgó, pocas semanas antes de entregar el poder, según los medios de comunicación, más de 2,000 nuevos cupos. Además de un manejo desordenado y peligroso disfrutan los taxis de los "privilegios" de la anarquía existente. Muchos de ellos carecen de toda identificación y algunos inclusive, de placas. No tiene rutas específicas ni área de operación. Van a donde quieren y en las horas que a cada cual le conviene; y colores que los identifiquen, por supuesto que no hay ninguna norma o si la existe no le prestan atención. El transporte público debe ser un buen negocio para alguno o para muchos. El pobre usuario está a la merced de ellos a ciencia y paciencia de los gobiernos. El presidente Torrijos ha dado unas señales positivas, aunque débiles, que parecieran dirigidas a hacer buenas sus promesas de campaña. Textualmente, sobre este problema, que afecta a tantos miles de panameños que utilizan buses y taxis todos los días de la semana, el mes y el año, manifestó: "En la capital del país, la población sufre demasiadas molestias por la calidad del transporte público... la acción fundamental del gobierno en esta materia es lograr el desarrollo del proyecto de línea de transporte público de alta capacidad y sus rutas alimentadoras" (Pág. 24, VIII de su programa de gobierno 2004-2009).
Esperemos a ver qué pasa en este 2005 y, así, como en los sectores anteriores señalados, en otros, igualmente, la anarquía se enseñorea en nuestra sociedad.