La antipatía al empresario
No es nada nuevo que uno de los sentimientos que prevalece en nuestros países es la antipatía al empresario. Tiene fundamentos ideológicos desprendidos de la teoría de la explotación del proletariado de Karl Marx y de la teoría de la dependencia de Raúl Prebisch. Lo curioso es que, aunque ambas teorías han sido desechadas al comprobarse su falsedad, continúa para algunos la certeza y para otros al menos la sospecha de que "el que hace fortuna" lo ha hecho a costa de empobrecer a otros.
Está claro que ciertas prácticas empresariales son el resultado de incentivos perversos. El proteccionismo arancelario estimula el contrabando, la alta carga tributaria conlleva la evasión, la tramitología y el exceso de regulaciones conducen a la informalidad. El soborno en muchos casos es un instrumento obligado para poder llevar a cabo un negocio. En un país, como el Ecuador, donde el sector público tiene ingerencia en más del 60% y tal vez el 70% del Producto Interno Bruto, la frase "se crean dificultades para vender facilidades" es un modus vivendi. En este tipo de economía, el enriquecimiento ilícito y el rechazo al "nuevo" rico tiene mucho sentido.
Tampoco se debe descartar que hay empresarios que aprovechan la falta de competencia y de libertades económicas para ofrecer productos de baja o mala calidad a precios altos y para pagar salarios inferiores a la productividad de los obreros empleados. de resultar una torpeza económica.
El problema es que se vuelve difícil identificar cuándo una actividad es legítimamente emprendedora y cuando no. La situación se empeora cuando agentes y organizaciones que deberían ser los encargados de hacer esta identificación, como la Iglesia Católica, relegan el mandamiento: "no codiciarás los bienes ajenos" a un segundo plano y ponen énfasis en la muy mentada "justicia social" y en políticas redistributivas que agravan y profundizan la antipatía al empresario.
(*)Profesor de economía de la Universidad San Francisco de Quito y Tulane University, Nueva Orleáns.
www.aipenet.com
La libertad de comprar, de escoger, usar sus recursos, muchos o pocos, como a usted le dé la gana, del lugar que le dé la gana, implica una mejoría en la calidad de vida para usted (¿quién mejor que usted para saber lo que más le conviene?). Cuando esto se lo impiden, entonces usted acaba siendo más pobre, porque se ve obligado a comprar lo que los políticos quieren que usted compre, en beneficio de sus clientes.
(*)El autor es abogado y miembro de la Fundación Libertad.
Está claro que ciertas prácticas empresariales son el resultado de incentivos perversos. El proteccionismo arancelario estimula el contrabando, la alta carga tributaria conlleva la evasión, la tramitología y el exceso de regulaciones conducen a la informalidad. El soborno en muchos casos es un instrumento obligado para poder llevar a cabo un negocio. En un país, como el Ecuador, donde el sector público tiene ingerencia en más del 60% y tal vez el 70% del Producto Interno Bruto, la frase "se crean dificultades para vender facilidades" es un modus vivendi. En este tipo de economía, el enriquecimiento ilícito y el rechazo al "nuevo" rico tiene mucho sentido.
Tampoco se debe descartar que hay empresarios que aprovechan la falta de competencia y de libertades económicas para ofrecer productos de baja o mala calidad a precios altos y para pagar salarios inferiores a la productividad de los obreros empleados. de resultar una torpeza económica.
El problema es que se vuelve difícil identificar cuándo una actividad es legítimamente emprendedora y cuando no. La situación se empeora cuando agentes y organizaciones que deberían ser los encargados de hacer esta identificación, como la Iglesia Católica, relegan el mandamiento: "no codiciarás los bienes ajenos" a un segundo plano y ponen énfasis en la muy mentada "justicia social" y en políticas redistributivas que agravan y profundizan la antipatía al empresario.
(*)Profesor de economía de la Universidad San Francisco de Quito y Tulane University, Nueva Orleáns.
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La libertad de comprar, de escoger, usar sus recursos, muchos o pocos, como a usted le dé la gana, del lugar que le dé la gana, implica una mejoría en la calidad de vida para usted (¿quién mejor que usted para saber lo que más le conviene?). Cuando esto se lo impiden, entonces usted acaba siendo más pobre, porque se ve obligado a comprar lo que los políticos quieren que usted compre, en beneficio de sus clientes.
(*)El autor es abogado y miembro de la Fundación Libertad.