La Argentina que viene
En Argentina, una época ha terminado, pero aún desconocemos qué la remplazará. Ante la evidencia de que un 70 por ciento de los electores argentinos lo iba a repudiar, Carlos Saúl Menem se retiró de la contienda, privándolos del derecho a votar. Así, con el discreto 22 por ciento de los sufragios obtenidos en la primera vuelta, Néstor Kirchner ocupa la Presidencia que a Fernando de la Rúa se le cayó a pedazos tras haberla obtenido con casi el 50 por ciento de los votos. Lo que demuestra que estos números tienen un valor muy relativo.
Ahora, los especuladores financieros y ideológicos que lucraron durante el largo y devastador reinado de Menem insisten en que Kirchner inicia un mandato débil y que, supuestamente, debe negociar su gobernabilidad con los intereses tradicionales.
Sin embargo, los sencillos comentarios del nuevo presidente son bastante: al evadir la segunda vuelta -dice-, el menemismo pretendió desestabilizar el sistema pero, aunque impedida de votar, "la voluntad de la gente estuvo allí". Y sobre la posibilidad de que las corporaciones económicas lo presionen, añade: será bueno que contribuyan a reconstruir el país, pero si anteponen las especulaciones financieras "no están entendiendo la Argentina que viene".
Cierto es que la defenestración de De la Rúa puso a la vista que el sistema político argentino estaba en crisis, que esto pulverizó a su partido -la Unión Cívica Radical (UCR)- y que el peronismo participó en estos comicios dividido en tres pedazos. Pero eso es sólo el aspecto formal y no debe interpretarse a la ligera.
De antemano, el radicalismo había quedado sin identidad, como lo prueba el hecho de que dos de los cinco finalistas en la contienda representaban escisiones del tronco radical: la centroizquierdista Elisa Carrió y el centroderechista Ricardo López Murphy, que aventajaron ampliamente al candidato oficial de su viejo partido. Mientras la socialcristiana Carrió recibió los votos del radicalismo progresista y de una parte de la extinta coalición de izquierdas -el Frente Para un País Solidario (FREPASO)-, el neoliberal López Murphy heredó los de quienes antes secundaron la política económica de la dictadura militar y del gobierno de Menem. Obviamente, el radicalismo ya no tenía como seguir albergando ambas perspectivas.
A su vez, el peronismo fue largamente secuestrado por el oportunismo, la corrupción y el clientelismo entronizados en la década de Menem, pero seguía latente bajo la superficie. Con la frustración del intento de articular una coalición que conjugara a las izquierdas y los peronistas inconformes, de la crisis de la cultura política argentina revelada durante la caótica caída y sustitución de De la Rúa, así como del fracaso de los incompetentes exaltados que pretendieron boicotear las elecciones con la consigna de "que se vayan todos", el campo finalmente quedó despejado para iniciar un reagrupamiento de los peronistas descontentos con el menemismo.
Mientras la Carrió y López Murphy expresaron una divergencia -partieron en sentidos opuestos-, los votos recogidos por Duhalde, Kirchner y Rodríguez Saa sumaron la convergencia de las fracciones peronistas distintas pero coincidentes en oponerse a que el menemismo pueda regresar.
¿Avala esto el apelativo de "peronismo progresista" que algunos ingenuos ya le endilgan a Kirchner? Lo dudo. Lo que hay es simple y llanamente la reaparición del peronismo -aquel que por dos lustros los menemistas marginaron-, el que ahora deberá enfrentar otras tareas.
En estos nuevos tiempos, la Argentina que viene tiene mucho que ver con la del peronismo originario. Tras los experimentos económicos de Martínez de la Hoz, los que Cavallo prosiguió y López Murphy esperaba continuar, la mitad del pueblo argentino es pobre y la quinta parte de los trabajadores están desempleados. Es hora de hacer otra cosa. Y la posibilidad que enmarca esa posibilidad no está en la mitología menemista, sino justamente al lado, en el MERCOSUR y en la asociación con dos vecinos fuertes: Brasil y Chile. Ambos han avalado la opción de que Buenos Aires emprenda otros rumbos y la derrota de Menem es una contribución al éxito del nuevo proyecto subregional brasileño.
¿Puede Kirchner liderizar la reagrupación política capaz de reconstruir su país? Es temprano para decirlo, pero él tiene la oportunidad de hacerlo y su pueblo necesita que logre aprovecharla. También sus vecinos lo esperan.
Ahora, los especuladores financieros y ideológicos que lucraron durante el largo y devastador reinado de Menem insisten en que Kirchner inicia un mandato débil y que, supuestamente, debe negociar su gobernabilidad con los intereses tradicionales.
Sin embargo, los sencillos comentarios del nuevo presidente son bastante: al evadir la segunda vuelta -dice-, el menemismo pretendió desestabilizar el sistema pero, aunque impedida de votar, "la voluntad de la gente estuvo allí". Y sobre la posibilidad de que las corporaciones económicas lo presionen, añade: será bueno que contribuyan a reconstruir el país, pero si anteponen las especulaciones financieras "no están entendiendo la Argentina que viene".
Cierto es que la defenestración de De la Rúa puso a la vista que el sistema político argentino estaba en crisis, que esto pulverizó a su partido -la Unión Cívica Radical (UCR)- y que el peronismo participó en estos comicios dividido en tres pedazos. Pero eso es sólo el aspecto formal y no debe interpretarse a la ligera.
De antemano, el radicalismo había quedado sin identidad, como lo prueba el hecho de que dos de los cinco finalistas en la contienda representaban escisiones del tronco radical: la centroizquierdista Elisa Carrió y el centroderechista Ricardo López Murphy, que aventajaron ampliamente al candidato oficial de su viejo partido. Mientras la socialcristiana Carrió recibió los votos del radicalismo progresista y de una parte de la extinta coalición de izquierdas -el Frente Para un País Solidario (FREPASO)-, el neoliberal López Murphy heredó los de quienes antes secundaron la política económica de la dictadura militar y del gobierno de Menem. Obviamente, el radicalismo ya no tenía como seguir albergando ambas perspectivas.
A su vez, el peronismo fue largamente secuestrado por el oportunismo, la corrupción y el clientelismo entronizados en la década de Menem, pero seguía latente bajo la superficie. Con la frustración del intento de articular una coalición que conjugara a las izquierdas y los peronistas inconformes, de la crisis de la cultura política argentina revelada durante la caótica caída y sustitución de De la Rúa, así como del fracaso de los incompetentes exaltados que pretendieron boicotear las elecciones con la consigna de "que se vayan todos", el campo finalmente quedó despejado para iniciar un reagrupamiento de los peronistas descontentos con el menemismo.
Mientras la Carrió y López Murphy expresaron una divergencia -partieron en sentidos opuestos-, los votos recogidos por Duhalde, Kirchner y Rodríguez Saa sumaron la convergencia de las fracciones peronistas distintas pero coincidentes en oponerse a que el menemismo pueda regresar.
¿Avala esto el apelativo de "peronismo progresista" que algunos ingenuos ya le endilgan a Kirchner? Lo dudo. Lo que hay es simple y llanamente la reaparición del peronismo -aquel que por dos lustros los menemistas marginaron-, el que ahora deberá enfrentar otras tareas.
En estos nuevos tiempos, la Argentina que viene tiene mucho que ver con la del peronismo originario. Tras los experimentos económicos de Martínez de la Hoz, los que Cavallo prosiguió y López Murphy esperaba continuar, la mitad del pueblo argentino es pobre y la quinta parte de los trabajadores están desempleados. Es hora de hacer otra cosa. Y la posibilidad que enmarca esa posibilidad no está en la mitología menemista, sino justamente al lado, en el MERCOSUR y en la asociación con dos vecinos fuertes: Brasil y Chile. Ambos han avalado la opción de que Buenos Aires emprenda otros rumbos y la derrota de Menem es una contribución al éxito del nuevo proyecto subregional brasileño.
¿Puede Kirchner liderizar la reagrupación política capaz de reconstruir su país? Es temprano para decirlo, pero él tiene la oportunidad de hacerlo y su pueblo necesita que logre aprovecharla. También sus vecinos lo esperan.