La autonomía universitaria
Consagrada por la "Reforma de Córdoba", no hay duda de que la Autonomía Universitaria constituyó una de las conquistas más valiosas alcanzadas, durante el siglo XX a favor del ejercicio y la libertad académica y de cátedra, en los claustros universitarios. Respeto para la libertad de pensamiento, para la creatividad intelectual y de credo. Fue un espaldarazo estratégico, decisivo; uno de esos pasos que orientan acontecimientos e influyen positivamente en el devenir de la sociedad.
Por eso es comprensible que cualquier acto que presagie riesgos para esa conquista, despierte no sólo los más enconados debates, sino el más serio de los rechazos.
En tanto que conquista, la Autonomía Universitaria fue el resultado de una lucha prolongada cuyo inicio podría situarse en el nacimiento mismo de la historia moderna. De haber existido entonces, seguramente Galileo Galielei no hubiera sido sometido a juicios humillantes por parte de la Inquisición, y Juan Pablo Segundo, el Grande, no se hubiera visto en la necesidad de liberarlo de estigmas, casi cuatro siglos después. Pero entendida en su justa dimensión, la autonomía ha sido agitada como un intento por cubrir bajo ese concepto actos que se presentan muy distantes de la etimología y la misión de la propuesta de Córdoba.
¿Qué tienen que ver -por ejemplo- con la Reforma de Córdoba los jóvenes que, enmascarados y en reducidos números, bloquean calles y agraden a terceros? No es eso una burla al criterio independiente, a la libertad de pensamiento, de expresión y de disidencia, de quienes no sólo rechazan esas formas de protestas, sino que no comparten siquiera los presupuestos de los que parten.
Parece un contrasentido que mientras que las autoridades universitarias apelan a la autonomía en defensa de estos actos irregulares, señalen como "non grato" a un docente, que sin piedras ni máscaras ejerce la crítica y la denuncia, precisamente en coherencia con la Reforma de Córdoba.
Quienes se enmascaran descartan la posibilidad de defender sus puntos de vistas con el rostro en alto y a la luz del día. Confunden escenarios. El de hoy no es el Panamá de la Dictadura, sino un país empeñado en perfeccionar su democracia. ¿O es que lo que se quiere es crear caos, buscar muertos o desatar la anarquía, para luego justificar en estas irresponsabilidades más y más violencia? ¿No atenta eso contra la propia autonomía?
Por eso es comprensible que cualquier acto que presagie riesgos para esa conquista, despierte no sólo los más enconados debates, sino el más serio de los rechazos.
En tanto que conquista, la Autonomía Universitaria fue el resultado de una lucha prolongada cuyo inicio podría situarse en el nacimiento mismo de la historia moderna. De haber existido entonces, seguramente Galileo Galielei no hubiera sido sometido a juicios humillantes por parte de la Inquisición, y Juan Pablo Segundo, el Grande, no se hubiera visto en la necesidad de liberarlo de estigmas, casi cuatro siglos después. Pero entendida en su justa dimensión, la autonomía ha sido agitada como un intento por cubrir bajo ese concepto actos que se presentan muy distantes de la etimología y la misión de la propuesta de Córdoba.
¿Qué tienen que ver -por ejemplo- con la Reforma de Córdoba los jóvenes que, enmascarados y en reducidos números, bloquean calles y agraden a terceros? No es eso una burla al criterio independiente, a la libertad de pensamiento, de expresión y de disidencia, de quienes no sólo rechazan esas formas de protestas, sino que no comparten siquiera los presupuestos de los que parten.
Parece un contrasentido que mientras que las autoridades universitarias apelan a la autonomía en defensa de estos actos irregulares, señalen como "non grato" a un docente, que sin piedras ni máscaras ejerce la crítica y la denuncia, precisamente en coherencia con la Reforma de Córdoba.
Quienes se enmascaran descartan la posibilidad de defender sus puntos de vistas con el rostro en alto y a la luz del día. Confunden escenarios. El de hoy no es el Panamá de la Dictadura, sino un país empeñado en perfeccionar su democracia. ¿O es que lo que se quiere es crear caos, buscar muertos o desatar la anarquía, para luego justificar en estas irresponsabilidades más y más violencia? ¿No atenta eso contra la propia autonomía?