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La autorregulación de los medios


A raíz de la presentación a primer debate de un proyecto de ley de ejercicio del periodismo que, como suele ocurrir cada vez que se intenta, produce más inconvenientes que soluciones, las voces a favor de la autorregulación vuelven a surgir como alternativa. Más específicamente, varias asociaciones de radiodifusión han acordado adoptar de consenso una serie de normas tendientes a acabar con la chabacanería y vulgaridad que impera en algunas emisoras muy populares a nivel de jóvenes, enfatizando en la función orientadora y educativa de los medios de comunicación, sin menoscabar la labor de información y sano entretenimiento.
Lo expuesto hace recordar lo que preconizan otros con algún grado de razón sobre el deber de los medios en contraposición de sus derechos, frente a lo cual siempre hemos guardado serias reservas puesto que, de ordinario, esconden solapadas y aviesas intenciones de amordazamiento y control oficial, algunas veces apoyadas con bien intencionados propósitos de sectores de la sociedad civil, que terminan en ese caso haciendo las veces de tontos útiles.
En ese escenario, esto es, frente a los periódicos llamados a la regulación legal de los medios de comunicación, considerar la autorregulación ética como alternativa no debe descartarse. Reconocemos que lo ideal es carecer de todo tipo de reglamentación que por mejor orientada que se haga, siempre será subjetiva y discutible, tal como por su propia naturaleza lo es la disciplina de la ética y la moral, porque lo que luce bueno para unos, puede no serlo para otros, particularmente en un terreno donde no siempre la mayoría ni las fuerzas que prevalecen en una realidad dada tiene la razón. Y después de todo, ¿quién dice cuál es la razón o se abroga la suprema facultad de precisar lo que está bien y está mal? La discusión puede ser interminable y no conducir a nada.
El Consejo Alemán de Prensa adoptó en 1992 un código autorregulatorio que tiene el carácter de "recomendaciones", el cual contempla por ejemplo normas de conducta sobre el respeto a la verdad, campañas electorales, comunicados de prensa, encuestas, fotos de ilustración, avances informativos, entrevistas, embargo noticioso, cartas de lectores, réplica, instrumentos de investigación, confidencialidad, reserva de fuente, conflictos de interés, propaganda comercial, derecho a intimidad, calumnia e injuria, libertad de culto, sensacionalismo, cobertura de crímenes y accidentes, apología de delito, cobertura judicial, sobornos y amonestación pública del Consejo. Se trata de una buena muestra de que una autorregulación bien orientada es posible y, en ocasiones, deseable.
En cuanto a la realidad panameña, habida consideración de los insistentes esfuerzos de sectores mal intencionados interesados en amordazar a los medio so pretexto de brindar reivindicaciones laborales y exigencias de idoneidad gubernamental para periodistas, entremezclándolas con discutibles normas éticas e inadmisibles requisitos de estilo y contenido, debemos los medios y quienes laboramos en ellos discutir la conveniencia de adoptar alguna autorregulación y unir fuerzas contra todo tipo de intromisión estatal.
Por una parte, el hambre y las necesidades han hecho que los pueblos no sólo pierdan la fe en los partidos políticos tradicionales, sino que además dejen de creer lo que les dicen los políticos que identifican con las realidades existentes, y desde Estados Unidos hasta el Estrecho de Magallanes, la autoridad de muchos medios de comunicación está en entredicho. Por otra parte, el desempleo, el encarecimiento de los productos y los servicios indispensables para la supervivencia, el menoscabo de la calidad de la educación y la preeminencia de los seudovalores de la televisión comercial han sembrado un caldo de desesperanza en el que todos los virus posibles pueden cultivarse muy bien. Los que mandan y los que dirigen y los que influyen y los que podrían influir harían muy bien si comprendieran lo deschavetado que es pensar que las masas populares pueden seguir soportando más y más privaciones sin que de esas masas salga una ola que pueda ahogar a muchos o por lo menos meterles un clavo que les haga pasar muchas horas desagradables.

101 años de Panamá América

 
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