La basura vehicular
Uno de los más reprochables hábitos de muchos conductores y pasajeros de vehículos es el de tomar las vías y aceras públicas como basureros particulares, con lo que demuestran la más crasa incultura y desprecio por sí mismos y por el país en que viven.
Es algo incomprensible, porque tras décadas de campañas masivas a favor de la limpieza y conservación del medio ambiente, el tema parece agotarse en no talar los árboles y la contaminación de la Bahía de Panamá, convertida en un inmenso tanque séptico, con varios metros de miasma petrificada sobre el lecho marino.
No hay conciencia del inconveniente de arrojar basura a las calles y aceras. Como lo más natural, gente de todos los estratos sociales arroja papeles, latas de cerveza o gaseosa, envases de plástico, botellas y otros desde sus vehículos a las calles, sin el menor remordimiento.
Un hecho histórico que quizás nos señale la solución, fue lo ocurrido durante la administración norteamericana de la antigua Zona del Canal. Entonces, la policía extranjera vigilaba y ejercía su autoridad en el área. Jueces estadounidenses imponían multas, días de arresto y trabajo comunitario como castigo, que incluía el barrido de calles, recolección de papeles y demás.
Cuando un panameño transitaba aquellas inmaculadas calles, aunque no hubiera policía a la vista, no osaba arrojar siquiera un palillo de fósforos ni cigarrillo a la calle o acera, ni sonar una bocina, por no correr el riesgo de enfrentar el rigor de las autoridades estadounidenses. Mas una vez pasado sus límites, arrojaba gustoso la basura desde su auto a las calles del soberano suelo patrio.
Pero como en todo, la naturaleza cobra tarde o temprano su precio, sea en forma de sida u otra peste o cataclismo cualquiera. La acumulación de basura, pacientemente forjada lata a lata, papel a papel, suele ser arrastrada hacia las alcantarillas y el cauce de ríos y quebradas, causando pavorosas inundaciones como las de Juan Díaz y Curundú. Y cuando no, los desperdicios sirven de refugio y alimentos a las ratas, portadoras de enfermedades como el virus Hanta.
Fuera de eso, el entorno se afea, causando pésima impresión entre turistas y visitantes que, una vez de vuelta a sus países, difunden la especie de que Panamá es un país sucio, poblado de gente cochina que incluso suele hacer sus necesidades fisiológicas en la vía pública, sin el menor rubor.
Las playas y ríos están hechos un muladar, con fragmentos de vidrio mezclados en la arena. Cada jornada de paseos conlleva toneladas de desperdicio. Es imperioso crear leyes más estrictas y autoridades más dispuestas a cumplirlas rigurosamente.
Ha de considerarse la aplicación de multas o, en su defecto, la imposición de días de trabajo comunitario de limpieza, corte de césped, pintura de aceras y edificios públicos y similares. Con las multas puede constituirse a su vez un fondo de ayuda al ornato municipal o de cada corregimiento.
Es algo incomprensible, porque tras décadas de campañas masivas a favor de la limpieza y conservación del medio ambiente, el tema parece agotarse en no talar los árboles y la contaminación de la Bahía de Panamá, convertida en un inmenso tanque séptico, con varios metros de miasma petrificada sobre el lecho marino.
No hay conciencia del inconveniente de arrojar basura a las calles y aceras. Como lo más natural, gente de todos los estratos sociales arroja papeles, latas de cerveza o gaseosa, envases de plástico, botellas y otros desde sus vehículos a las calles, sin el menor remordimiento.
Un hecho histórico que quizás nos señale la solución, fue lo ocurrido durante la administración norteamericana de la antigua Zona del Canal. Entonces, la policía extranjera vigilaba y ejercía su autoridad en el área. Jueces estadounidenses imponían multas, días de arresto y trabajo comunitario como castigo, que incluía el barrido de calles, recolección de papeles y demás.
Cuando un panameño transitaba aquellas inmaculadas calles, aunque no hubiera policía a la vista, no osaba arrojar siquiera un palillo de fósforos ni cigarrillo a la calle o acera, ni sonar una bocina, por no correr el riesgo de enfrentar el rigor de las autoridades estadounidenses. Mas una vez pasado sus límites, arrojaba gustoso la basura desde su auto a las calles del soberano suelo patrio.
Pero como en todo, la naturaleza cobra tarde o temprano su precio, sea en forma de sida u otra peste o cataclismo cualquiera. La acumulación de basura, pacientemente forjada lata a lata, papel a papel, suele ser arrastrada hacia las alcantarillas y el cauce de ríos y quebradas, causando pavorosas inundaciones como las de Juan Díaz y Curundú. Y cuando no, los desperdicios sirven de refugio y alimentos a las ratas, portadoras de enfermedades como el virus Hanta.
Fuera de eso, el entorno se afea, causando pésima impresión entre turistas y visitantes que, una vez de vuelta a sus países, difunden la especie de que Panamá es un país sucio, poblado de gente cochina que incluso suele hacer sus necesidades fisiológicas en la vía pública, sin el menor rubor.
Las playas y ríos están hechos un muladar, con fragmentos de vidrio mezclados en la arena. Cada jornada de paseos conlleva toneladas de desperdicio. Es imperioso crear leyes más estrictas y autoridades más dispuestas a cumplirlas rigurosamente.
Ha de considerarse la aplicación de multas o, en su defecto, la imposición de días de trabajo comunitario de limpieza, corte de césped, pintura de aceras y edificios públicos y similares. Con las multas puede constituirse a su vez un fondo de ayuda al ornato municipal o de cada corregimiento.