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La buena lectura


No cabe duda de que la lectura es uno de los factores más eficientes en el mejoramiento de la cultura y el saber personal. Pero vale la pena una advertencia: no todo lo que está impreso es útil y saludable para la feliz formación individual. Hay libros buenos, documentados, amenos y prodigiosos; pero también hay libros carentes de calidades, inspirados por el pesimismo o sostenedores de doctrinas disolventes que envenenan el espíritu del lector (en particular, de los jóvenes) y destruyen en el hombre y la mujer su riqueza espiritual. Se recomienda que todo el tiempo dedicado a la lectura ha de ser invertido en volúmenes y publicaciones periodísticas conceptuadas, insospechadas, de inspiración constructiva y destinadas a instruir, informar, ilustrar, recrear el ánimo y avivar el juicio y la imaginación.
Para no malograr el precioso tiempo en lecturas inconvenientes o intrascendentes, debemos acudir al maestro, al profesor o al consejero o consejera conocedor de la materia en demanda de orientación para escoger la recomendable literatura que nos proporcione solaz espiritual y nos prodigue un aporte de conocimientos generales, nos refine el sentimiento y suministre una sana orientación ética y moral.
Conviene diferenciar lo que es un libro bueno de uno malo. Un libro útil nos brindará un servicio invalorable y nos enriquecerá de sabiduría y sensibilidad humana y social. Un libro malo, seguro amargará nuestro ánimo, matará nuestra fe, conspirará contra nuestra buena voluntad y hasta destruirnos un venturoso ideal. No debemos leer por leer, sino con miras a nuestro perfeccionamiento y con ansias de superación moral e intelectual. Hay muchísimas páginas impresas que están esperando al niño, al adolescente y al hombre y la mujer adultos que se acerquen a ellas para recoger el tesoro invalorable de sus cláusulas ricas de belleza, de ciencia, de lirismo y de emoción.
El período de las vacaciones escolares, por ejemplo, ha sido establecido para un descanso en las tareas cotidianas del aula, pero ello no significa que nos distanciemos totalmente de todo aquello que pueda cooperar a la forja de la personalidad. Feliz ese receso para entretenernos en la lectura de libros amenos, pulcros, honestos e instructivos, para no descuidar la necesaria gimnasia de la mente y el ininterrumpido deber de humanizar el corazón. Siempre es oportuno recomendar, especialmente a los estudiantes, que deben estudiar con fervorosa dedicación pensando que el saber jerarquiza el valor humano. Por eso, hay que buscar la ciencia y la capacitación en la inteligencia de que el estudio es un acopio placentero de sabiduría y no una obligación impuesta por el deber. ¡Cultivemos el hábito de la buena lectura!

101 años de Panamá América

 
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