La captura del francotirador
Un justificado suspiro de alivio nos merece la captura de los supuestos francotiradores que mataron a 10 personas e hirieron a otras 3 en las afueras de Washington D.C. La capital norteamericana es una ciudad encantadora, cargada de símbolos históricos, preciosa arquitectura y un delicioso ambiente de libertad y vida plena, a la que concurren millones de turistas cada año.
¿Qué conclusiones y enseñanzas deja el amargo episodio? Varias. Para empezar, se destaca la proverbial eficiencia de la policía y de los servicios de seguridad de Estados Unidos. Sin embargo, irónicamente, sobresale nuevamente la enorme vulnerabilidad del país frente a potenciales ataques terroristas que actúen en forma de células móviles bien entrenadas, del tipo Ulster. No otra cosa ocurrió el 11 de septiembre.
En ese sentido, no sería de extrañar que prosperen las iniciativas legislativas en boga a partir del 11, que tienden a sacrificar parte de la libertad y privacidad personal en favor de la seguridad. Eso implica, por ejemplo, que se multiplicarán las cámaras en calles y lugares públicos, y se autorizarán más pesquisas ciudadanas, a través de informantes y escuchas telefónicas, como ejemplo.
Otro detalle relevante es la identidad de uno de los francotiradores, Allen Muhammad, quien había peleado como soldado durante la Guerra del Golfo (1991). Uno no puede evitar preguntarse qué tipo de entrenamiento se da a las tropas hoy día, ajeno en gran medida a la salud mental de sus integrantes. No parece haber al respecto ninguna diferencia con los veteranos de Viet Nam que tantos dolores de cabeza dieron a su retorno al país durante las décadas de los 70 y 80. Si estos soldados estuvieran imbuidos de patriotismo, ninguna razón tendrían para emprenderla a tiros contra sus conciudadanos a su regreso a casa. La moralidad de la guerra (recordemos nuestra "just cause") juega a este respecto un papel primordial.
Lo anterior está conectado a su vez, a la posibilidad de que Estados Unidos enfrente en los próximos meses otra guerra de gran magnitud con Irak. No es difícil prever que parte del precio que ha de pagar el país por el nuevo conflicto y el derrocamiento del presidente Sadam Hussein, será la repetición de casos como el de Allen Muhammad, cuando los veteranos inadaptados se incorporen a la rutina de la sociedad civil, en un ambiente en que ya no serían héroes sino meros ciudadanos anónimos.
Y por último, no podemos evitar hablar del riesgo de contagio. Siempre que aparece un asesino como Muhammad y su hijastro Lee Malvo, que durante semanas pasan de la oscuridad al estrellato, suelen aparecer imitadores.
Las autoridades lo saben y, por eso, es de esperar que la presencia policial de por sí hipertrofiada tras los trágicos sucesos del 11 de septiembre, se incremente en adelante de manera ostensible.
¿Qué conclusiones y enseñanzas deja el amargo episodio? Varias. Para empezar, se destaca la proverbial eficiencia de la policía y de los servicios de seguridad de Estados Unidos. Sin embargo, irónicamente, sobresale nuevamente la enorme vulnerabilidad del país frente a potenciales ataques terroristas que actúen en forma de células móviles bien entrenadas, del tipo Ulster. No otra cosa ocurrió el 11 de septiembre.
En ese sentido, no sería de extrañar que prosperen las iniciativas legislativas en boga a partir del 11, que tienden a sacrificar parte de la libertad y privacidad personal en favor de la seguridad. Eso implica, por ejemplo, que se multiplicarán las cámaras en calles y lugares públicos, y se autorizarán más pesquisas ciudadanas, a través de informantes y escuchas telefónicas, como ejemplo.
Otro detalle relevante es la identidad de uno de los francotiradores, Allen Muhammad, quien había peleado como soldado durante la Guerra del Golfo (1991). Uno no puede evitar preguntarse qué tipo de entrenamiento se da a las tropas hoy día, ajeno en gran medida a la salud mental de sus integrantes. No parece haber al respecto ninguna diferencia con los veteranos de Viet Nam que tantos dolores de cabeza dieron a su retorno al país durante las décadas de los 70 y 80. Si estos soldados estuvieran imbuidos de patriotismo, ninguna razón tendrían para emprenderla a tiros contra sus conciudadanos a su regreso a casa. La moralidad de la guerra (recordemos nuestra "just cause") juega a este respecto un papel primordial.
Lo anterior está conectado a su vez, a la posibilidad de que Estados Unidos enfrente en los próximos meses otra guerra de gran magnitud con Irak. No es difícil prever que parte del precio que ha de pagar el país por el nuevo conflicto y el derrocamiento del presidente Sadam Hussein, será la repetición de casos como el de Allen Muhammad, cuando los veteranos inadaptados se incorporen a la rutina de la sociedad civil, en un ambiente en que ya no serían héroes sino meros ciudadanos anónimos.
Y por último, no podemos evitar hablar del riesgo de contagio. Siempre que aparece un asesino como Muhammad y su hijastro Lee Malvo, que durante semanas pasan de la oscuridad al estrellato, suelen aparecer imitadores.
Las autoridades lo saben y, por eso, es de esperar que la presencia policial de por sí hipertrofiada tras los trágicos sucesos del 11 de septiembre, se incremente en adelante de manera ostensible.