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La captura del tirano


La detención del sanguinario sátrapa constituyó un resonante triunfo de la inteligencia y las fuerzas militares de Estados Unidos. Se pensaba que Sadam Hussein no sería capturado vivo; eso era lo que se creía por las conocidas y virulentas manifestaciones de quien fue despiadado gobernante, que no perdía ocasión para proyectarse como un individuo de dureza extrema y de incontrolable belicosidad.
Su imagen preferida era presentarse disparando al aire ante las muchedumbres y los medios de comunicación, con el fin de vender una imagen de indomable guerrerista.
Se creía la reencarnación de Nabucodonosor y también de Saladino, por eso invadió naciones, sojuzgó pueblos y prentendió convertirse en el máximo cabecilla de la anacrónica y perversa guerra santa.
Su crueldad no tuvo límites. Los relatos de los pocos que alcanzaron a salvarse de sus dantescas mazmorras estremecen por el sufrimiento que se generaba en esos centros de tortura que han sido comparados a los que tenían los nazis. Su identificación más real es la de un inmutable asesino, la del imperturbable genocida. Ni siquiera sus familiares escaparon a su rabioso extremismo.
Sus víctimas se cuentan por millones, mejor dicho son incontables debido al colosal número. Fue el causante de la guerra con Irán, donde utilizó armas químicas.
Es el único caso de un mandatario que haya empleado armas de destrucción masiva en contra de su propio pueblo. Kurdos y chiitas fueron las principales víctimas de sus infamias. Invadió Kuwait y dio origen a la Guerra del Golfo, donde recibió la más vergonzosa derrota, lección que no aprendió, por cuanto no cesaron sus obsesiones imperiales. Los aliados, en esa ocasión, cometieron un error al no ayudar a los iraquíes para que defenestren al siniestro dictador.
Quedó inconclusa la Tormenta del Desierto, ya que el autócrata prosiguió con sus intolerables desafíos y sus características atrocidades que llegaron a los campos del terrorismo.
El 20 de marzo del año en curso, las tropas estadounidenses y británicas, con el apoyo de más de treinta países, iniciaron el ataque militar que en tres semanas acabó con el nefasto régimen que significó grave amenaza para la paz mundial.
Con estos y otros abundantes antecedentes que se pueden indicar resultó sorpresivo, por decir lo menos, que el temible déspota, que se pavoneaba de su indetenible furia matonil, de una valentía inexistente, se haya entregado sin disparar un solo tiro, inclusive de la manera más pacífica, en el hueco donde se hallaba escondido, junto a basura y ratas. Su miedo y pequeñez no le permitieron morir en combate, como repetidamente ofrecía, mientras tanto llevó al sacrificio y hasta el suicidio a miles de personas que erróneamente confiaron en él y en sus falsas proclamas. Incluso, ha sido conversador y comunicativo, aseveró el general Ricardo Sánchez, comandante de las fuerzas norteamericanas en Irak, de acuerdo a lo que oportunamente informaron las agencias internacionales de noticias.
En lo venidero, si alguien hace una estatua de este sujeto representará al prototipo del mandatario brutal, fanfarrón y cobarde.
Cuando se conoció la detención de Sadam Hussein recorrió el planeta un gran sentimiento de satisfacción. No era para menos la grata noticia.
Un torvo enemigo de la libertad, la democracia y los derechos humanos, iba a pagar por los innumerables crímenes que perpetró con la mayor sangre fría. Estas palabras del presidente George W. Bush son por demás expresivas : “Hussein enfrentará la justicia que les negó a millones de iraquíes”.
El correspondiente juicio será histórico, seguramente dejará aleccionador precedente para tratar a los absolutistas del presente y del futuro.
No debe faltar la colaboración internacional a fin de ayudar a las sufridas naciones para que se liberen de sus opresores que, en no pocos casos, se declaran vitalicios.
De no haber habido esta recomendable ayuda, el tirano en referencia y sus herederos, en medio de una población aterrorizada e impotente de reaccionar debido a la cantidad y fiereza de las fuerzas de represión que formaron para sostenerse por siempre en el poder, estarían haciendo de las suyas, en unión de sus igualmente encarnizados seguidores que produjeron tres décadas de salvaje dominio.

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