La cara de Cuba
Alguien reflexionaba días pasados, sobre cómo los intelectuales tendrán que aprender a vivir en un mundo donde la ternura por la revolución cubana acabara “por volverse una excentricidad, como obsolescentes se volvieron tantas mitologías del siglo XX”. Guillermo Cabrera Infante y Mario Vargas Llosa estuvieron entre los primeros en reconocer el carácter represivo de Fidel Castro. Más recientemente le siguieron los novelistas Carlos Fuentes, Luisa Valenzuela y hasta el Nobel de Literatura, José Saramago. Hoy Gabriel García Márquez es uno de los pocos que aún considera al líder cubano más como un fenómeno literario, producto idóneo de la fantasía caribeña, que una figura política.
Saramago rompió con el régimen cubano días después de que Castro ordenó el fusilamiento de tres disidentes a comienzo de este mes. El escritor portugués, que hasta hace muy poco parecía ser uno de los inquebrantables defensores de la revolución cubana, sentenció: “no se condena a muerte a los secuestradores, sobre todo teniendo en cuenta que no hubo víctimas. Cuba no ha ganado ninguna heroica batalla fusilando a esos tres hombres, pero sí ha perdido mi confianza, ha dañado mis esperanzas, ha defraudado mis ilusiones. Hasta aquí he llegado”.
Por mi parte, durante años he tratado de mantener una discreta distancia del problema cubano. Aunque el mundo mediático de Washington se mantuvo deslumbrado por Castro como un personaje casi mítico, quienes nos ocupábamos de asuntos hemisféricos nos pareció una lamentable distracción ante el apremiante reto económico y social que enfrentan los países de Centro y Suramérica. El destino no me perdonó mi indiferencia inicial. Mi ignorancia por el Caribe fue resquebrajada cuando el líder cubano vino a Estados Unidos en febrero de 1959, a los dos meses de llegar al poder, y lo entrevisté por primera vez en la embajada de Cuba en Washington. En septiembre de 1960, el canciller cubano, Raúl Roa, informó a la United Press que yo era el único corresponsal de esa agencia que recibiría una visa. ¿La razón? “Sabemos que no le interesa Cuba, lo que nos asegura que nos dará un tratamiento objetivo”. No se equivocaron. Sólo que el desenlace de mi estadía fue distinto a lo que esperábamos. A los seis meses de mi llegada se produjo el absurdo desembarco de Bahía de Cochinos, fui preso y falsamente acusado de espionaje y, por unos días, se pensó que me iban a fusilar.
La semana que pasé recientemente en esta capital destapó una caja de Pandora de recuerdos de mi estadía en la isla como corresponsal de la United Press en los años 1960-61, así como de mi regreso en 1998 durante la visita del Papa Juan Pablo II, cuando Castro me recibió cuatro horas para recordar nuestros encuentros anteriores. Además, este viaje planteó un conjunto de experiencias claramente distintas a las de los viajes anteriores, tanto a nivel profesional como en el personal. Más que nada, me sorprendió el desánimo que encontré en la población, inclusive entre personas que se decían adeptos al régimen, comparado con mis memorias de una Cuba bulliciosa, llena de risa, polémicas y de un optimismo inquebrantable.
De hecho, el deterioro de la economía y su impacto sobre la población, el visible agotamiento de una ciudadanía sometida a un régimen que le exige la movilización permanente es lo primero que salta a la vista. Largas caminatas por El Vedado, uno de los clásicos barrios residenciales de La Habana, ofrecían dolorosos espectáculos de magníficas mansiones, así como viviendas más modestas con sus jardines descuidados que igualmente se desmoronaban.
Un amigo profesional me confiesa que con 500 dólares él y su familia pueden vivir decentemente durante tres meses, “gracias al mercado negro que nos dejaron los rusos”, comenta refiriéndose a los años cuando la Unión Soviética mantenía enormes misiones en la isla. Pero lo más impactante es la sensación que una manta de pesadumbre parece ahogar esta isla una vez famosa por su encanto ambiental, el hechizo de su alegría caribeña y su famoso sentido de humor. Esto lo ha logrado la implacable represión del régimen que la semana pasada volvió a saltar a la vista con la redada de opositores activistas de derechos humanos y periodistas independientes. El veterano disidente cubano Elizardo Sánchez considera que se trata de la “peor ola represiva contra la oposición” ocurrida desde el triunfo de la revolución en 1959. “Nunca antes en la historia de Cuba habían tenido lugar tantos juicios contra tantos acusados por delitos de opinión”.
“Históricamente, Castro ha actuado con contundencia y sin contemplaciones cuando observa que algún sector social saca pecho contra las políticas oficiales porque las percibe débiles”, escribe Juan Jesús Aznares, especialista sobre asuntos latinoamericanos de El País de Madrid.
Si algo hemos aprendido del sicoanálisis es que personajes de un claro carácter narcisista como Fidel Castro pueden ser notablemente seductores. Así es como Oliver Stone, director de películas como “JFK”, sobre Kennedy; y “Platoon”, una película antibélica sobre Vietnam, acaba de pasar una temporada en Cuba donde logró rodar un documental con Fidel llamado “Comandante”, que lo dejó “encantado” con el líder cubano. Dudo que enfocara la cara represiva del régimen tanto como lo que aún queda de “pintoresco” de la personalidad de su líder, que aparte de una barba grisácea y echada a menos, no es mucha cosa.
¿Que no se puede hacer este tipo de programa? Experimentemos, hagamos un caso piloto, consultemos con los residentes de las casas condenadas. Si realmente queremos eliminar las casas condenadas, debemos crear un programa especial para ese propósito específico, sin descontinuar los programas normales del Ministerio de Vivienda. Tenemos que enfrentar esta realidad y trabajar con la gente en soluciones prácticas y viables dentro de su realidad socioeconómica, para mejorar el ambiente de estos barrios y proteger la salud individual y ambiental de estos humildes panameños.
¿Que de dónde saldrá el dinero para subsidiar la construcción de estos edificios especiales de renovación urbana social? Con los ahorros que se producirían con evitar incendios, reparaciones de las viejas estructuras, mantenimiento temporal de los damnificados, atención medica de heridos por derrumbes, y atención médica y hospitalaria de enfermedades de niños y adultos infestados por el ambiente malsano de estas casas. Este fondo podría ser reforzado con dineros provenientes de los aportes anuales del Canal o del Fondo Fiduciario.
Seamos creativos, tanto en la búsqueda de soluciones como en la búsqueda de fondos. Sólo con los millones que anualmente se despilfarran en miles de otras cosas superfluas, tendríamos para enfrentar este problema. Lo que no podemos hacer, ahora que nuestra República cumple cien años de existencia, es quedarnos con los brazos cruzados.
Saramago rompió con el régimen cubano días después de que Castro ordenó el fusilamiento de tres disidentes a comienzo de este mes. El escritor portugués, que hasta hace muy poco parecía ser uno de los inquebrantables defensores de la revolución cubana, sentenció: “no se condena a muerte a los secuestradores, sobre todo teniendo en cuenta que no hubo víctimas. Cuba no ha ganado ninguna heroica batalla fusilando a esos tres hombres, pero sí ha perdido mi confianza, ha dañado mis esperanzas, ha defraudado mis ilusiones. Hasta aquí he llegado”.
Por mi parte, durante años he tratado de mantener una discreta distancia del problema cubano. Aunque el mundo mediático de Washington se mantuvo deslumbrado por Castro como un personaje casi mítico, quienes nos ocupábamos de asuntos hemisféricos nos pareció una lamentable distracción ante el apremiante reto económico y social que enfrentan los países de Centro y Suramérica. El destino no me perdonó mi indiferencia inicial. Mi ignorancia por el Caribe fue resquebrajada cuando el líder cubano vino a Estados Unidos en febrero de 1959, a los dos meses de llegar al poder, y lo entrevisté por primera vez en la embajada de Cuba en Washington. En septiembre de 1960, el canciller cubano, Raúl Roa, informó a la United Press que yo era el único corresponsal de esa agencia que recibiría una visa. ¿La razón? “Sabemos que no le interesa Cuba, lo que nos asegura que nos dará un tratamiento objetivo”. No se equivocaron. Sólo que el desenlace de mi estadía fue distinto a lo que esperábamos. A los seis meses de mi llegada se produjo el absurdo desembarco de Bahía de Cochinos, fui preso y falsamente acusado de espionaje y, por unos días, se pensó que me iban a fusilar.
La semana que pasé recientemente en esta capital destapó una caja de Pandora de recuerdos de mi estadía en la isla como corresponsal de la United Press en los años 1960-61, así como de mi regreso en 1998 durante la visita del Papa Juan Pablo II, cuando Castro me recibió cuatro horas para recordar nuestros encuentros anteriores. Además, este viaje planteó un conjunto de experiencias claramente distintas a las de los viajes anteriores, tanto a nivel profesional como en el personal. Más que nada, me sorprendió el desánimo que encontré en la población, inclusive entre personas que se decían adeptos al régimen, comparado con mis memorias de una Cuba bulliciosa, llena de risa, polémicas y de un optimismo inquebrantable.
De hecho, el deterioro de la economía y su impacto sobre la población, el visible agotamiento de una ciudadanía sometida a un régimen que le exige la movilización permanente es lo primero que salta a la vista. Largas caminatas por El Vedado, uno de los clásicos barrios residenciales de La Habana, ofrecían dolorosos espectáculos de magníficas mansiones, así como viviendas más modestas con sus jardines descuidados que igualmente se desmoronaban.
Un amigo profesional me confiesa que con 500 dólares él y su familia pueden vivir decentemente durante tres meses, “gracias al mercado negro que nos dejaron los rusos”, comenta refiriéndose a los años cuando la Unión Soviética mantenía enormes misiones en la isla. Pero lo más impactante es la sensación que una manta de pesadumbre parece ahogar esta isla una vez famosa por su encanto ambiental, el hechizo de su alegría caribeña y su famoso sentido de humor. Esto lo ha logrado la implacable represión del régimen que la semana pasada volvió a saltar a la vista con la redada de opositores activistas de derechos humanos y periodistas independientes. El veterano disidente cubano Elizardo Sánchez considera que se trata de la “peor ola represiva contra la oposición” ocurrida desde el triunfo de la revolución en 1959. “Nunca antes en la historia de Cuba habían tenido lugar tantos juicios contra tantos acusados por delitos de opinión”.
“Históricamente, Castro ha actuado con contundencia y sin contemplaciones cuando observa que algún sector social saca pecho contra las políticas oficiales porque las percibe débiles”, escribe Juan Jesús Aznares, especialista sobre asuntos latinoamericanos de El País de Madrid.
Si algo hemos aprendido del sicoanálisis es que personajes de un claro carácter narcisista como Fidel Castro pueden ser notablemente seductores. Así es como Oliver Stone, director de películas como “JFK”, sobre Kennedy; y “Platoon”, una película antibélica sobre Vietnam, acaba de pasar una temporada en Cuba donde logró rodar un documental con Fidel llamado “Comandante”, que lo dejó “encantado” con el líder cubano. Dudo que enfocara la cara represiva del régimen tanto como lo que aún queda de “pintoresco” de la personalidad de su líder, que aparte de una barba grisácea y echada a menos, no es mucha cosa.
¿Que no se puede hacer este tipo de programa? Experimentemos, hagamos un caso piloto, consultemos con los residentes de las casas condenadas. Si realmente queremos eliminar las casas condenadas, debemos crear un programa especial para ese propósito específico, sin descontinuar los programas normales del Ministerio de Vivienda. Tenemos que enfrentar esta realidad y trabajar con la gente en soluciones prácticas y viables dentro de su realidad socioeconómica, para mejorar el ambiente de estos barrios y proteger la salud individual y ambiental de estos humildes panameños.
¿Que de dónde saldrá el dinero para subsidiar la construcción de estos edificios especiales de renovación urbana social? Con los ahorros que se producirían con evitar incendios, reparaciones de las viejas estructuras, mantenimiento temporal de los damnificados, atención medica de heridos por derrumbes, y atención médica y hospitalaria de enfermedades de niños y adultos infestados por el ambiente malsano de estas casas. Este fondo podría ser reforzado con dineros provenientes de los aportes anuales del Canal o del Fondo Fiduciario.
Seamos creativos, tanto en la búsqueda de soluciones como en la búsqueda de fondos. Sólo con los millones que anualmente se despilfarran en miles de otras cosas superfluas, tendríamos para enfrentar este problema. Lo que no podemos hacer, ahora que nuestra República cumple cien años de existencia, es quedarnos con los brazos cruzados.