¡La cárcel es para los pobres!
NO COMPARTO el pesimismo del tango "Cambalache", aquel que comienza: "Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé", y que a lo largo de sus versos destila amargura, frustración y pérdida de toda esperanza; y, tampoco, la sentencia fatídica que cantaba el boricua Daniel Santos: "Cuatro puertas hay abiertas para el que no tiene dinero: El hospital y la cárcel; la iglesia o el cementerio".
Mensajes fatalistas como los del "Cambalache" o del preso de Daniel Santos, no son, desde luego, el retrato de nuestras sociedades; si lo fueran, seríamos pueblos irredentos sin ninguna esperanza de un futuro mejor para nosotros y para nuestros descendientes. Pero, mientras, por un lado, somos muchos los ciudadanos y ciudadanas decentes que apostamos a que la lúgubre sombra de inequidades que nos envuelve no empañará por mucho tiempo nuestro horizonte, por el otro, a diario vemos, las manifestaciones de una campaña siniestra, salida de las entrañas del poder, concebida y diseñada para inculcar, especialmente, a las nuevas generaciones, la desesperanza, y los antivalores que corrompen el tejido social. Tal pareciera que quisieran convencernos de que la moral pública no existe o que "el que no llora no mama y el que no afana es un gil"; que debemos aceptar, como si nada pasara, todos los excesos y bellaquerías, que nos caen como catarata inagotable desde las más altas esferas oficiales.
Las recientes alharacas gubernamentales, para encubrir su incompetencia e incapacidad para cumplir su promesa electoral de "más seguridad", que terminó con el circo publicitario en el que se anunció, como siempre, con bombos y platillos, "un nuevo plan integral" para garantizar la seguridad pública, fueron acompañadas, en paralelo, por la fanfarria de los despliegues de fuerza y la detención indiscriminada de cientos de adultos y menores, considerados "sospechosos". Todos fueron a parar con sus huesos a la cárcel, por el hecho de vivir en "lugares comprometidos"; es decir, los barrios paupérrimos de los marginados por la pobreza y la miseria. Después, como no existía nada que sustentara "la sospecha", casi todos debieron ser puestos en libertad, al no encontrárseles armas ni drogas.
Para justificar el fracaso de "las redadas", se recurrió a la pueril excusa de que no se habían encontrado "evidencias de culpabilidad", porque alguien, "había filtrado" la información sobre los lugares que se asaltarían por sorpresa. En otras palabras, que "de adentro" habían alertado a "los maleantes del área", sobre los lugares que serían "peinados" en las redadas, que debían ser sorpresivas, de los que ahora, con otras de esas frases absurdas de nuevo cuño a que son tan dados nuestros gobernantes, se denominan "los estamentos de seguridad".
Como también es tradicional que nuestras autoridades, consumadas practicantes "del síndrome de la incompetencia escapista", siempre insistan en culpar a otros de sus fracasos o que, por su comprobada incapacidad y proclividad a la improvisación, busquen "la causa de la fiebre en las sábanas", para la sorpresa de nadie, a tambor batiente, como es también su costumbre (con velocidad opuesta a la que aplican en el caso de la legislación sobre el transporte) aprobaron el incremento de las penas para los menores; pero patalearon hasta lo último para no aumentar las aplicables a quienes se apropian de los fondos públicos.
Y como si las anteriores muestras de inconsistencia no fueran suficientes, mientras, por un lado, se endurecen, selectivamente, ciertas penalidades, por el otro, "se suaviza" el cumplimiento de sentencias ejecutoriadas para favorecer a algunos que, por años e impunemente, se burlaron de nuestro sistema judicial.
La delincuencia y su aumento en nuestro país tienen diferentes orígenes que deben analizarse, según su diferente naturaleza y yendo a la investigación, sería y exhaustiva de sus causas. No es lo mismo el que roba por hambre o empujado por la marginalidad que le cierra toda posibilidad de salir de la miseria, que aquel que se aprovecha de un alto cargo del Estado, para enriquecerse y enriquecer a sus compinches a costa del erario público. Tampoco puede ser "medida con la misma vara" la conducta delictiva de un menor de 12 años que la de uno de 17, aunque ambos, por ejemplo, hayan matado, usando un arma de fuego. Considerar solamente el hecho estricto del crimen, sin atención a las motivaciones o a la capacidad de discernimiento del comitente, es ignorar todas las tendencias actuales sobre la investigación delito y los delincuentes; pero, además, desconocer que, como el país civilizado que pretendemos ser, tenemos compromisos internacionales que debemos cumplir en el marco de los tratados y convenios que hemos firmado y ratificado.
Las cárceles, por mandato constitucional, deben contribuir a la conversión de los delincuentes en ciudadanos útiles. En Panamá, son precisamente lo opuesto. Por sus condiciones infrahumanas son centros para acelerar la degradación de los recluidos; verdaderas universidades del crimen. Por tanto, ¿qué esperan nuestra autoridades obtener con el aumento de las penas a los menores que terminarían forzando su paso de los llamados "centros de cumplimiento y rehabilitación de menores" a las cárceles regulares?
Por donde se miren, las últimas conductas oficiales y su empeño por resolver el aumento de la inseguridad y la delincuencia con medidas de fuerza y el aumento de los castigos, ignorando los factores que la fomentan y las diferentes clases de delitos y de delincuentes no resolverá el problema sino que lo agravará. Y si algo pone en evidencia, no es precisamente a que nuestros gobernantes los motive un sano propósito de hacer bien las cosas, sino que en ese aspecto, como en muchos otros, "la patria nueva", simplemente no da la talla.
Las ventanas francesas que se instalaron conservan la forma, dimensión, tipo de cerradura y coloración de las piezas originales.
Son de aluminio con un horneado especial.
Estas nuevas ventanas poseen en la mitad, una pieza de mármol blanco original de Carrara, Italia.
Esta piedra tiene renombre internacional y le da al ambiente un estilo muy distinguido.
El granito que reviste el edificio es fundido en sitio y lo mismo ocurre en las entradas, donde hay mármol con ese procedimiento.
Esto, según el arquitecto restaurador Sued, requirió de un proceso de conservación para que la pieza volviera a brillar.
El mármol se pulió, pues estaba deteriorado por el paso de los estudiantes.
Los materiales del vestíbulo principal variaron, pues se colocó mármol en el área central, pero enmarcado con un cintón de granito.
Varias piezas de una columna del vestíbulo se trabajaron con un bisturí hasta encontrar la coloración original.
El arquitecto restaurador de Ingeniería del MEDUCA informó que las columnas fueron decoradas con ornamentos de flores tropicales.
Se observó que la cabeza de un cerdo en la pared contrasta armónicamente con la vegetación y fauna tropical.
Mientras que a las puertas de caoba nacional, instaladas a principio de siglo, se les hicieron algunos arreglos. Otras, por el deterioro, fueron sustituidas.
Ahora todos los salones del colegio tienen acondicionadores de aire. Se instaló uno digital que permite graduar la temperatura del aula.
Pero, los trabajos van más allá de la simple restauración.
Se conoció que contarán con un moderno sistema para conectarse a internet.
Por otro lado, los baños interiores fueron modernizados y se incorporaron unos para discapacitados.
El sistema de iluminación es nuevo.
El arquitecto Sued explicó que fue difícil restaurar el cielo raso decorativo del Aula Máxima, por un desnivel que presentaba.
Con el tiempo, la estructura que sostenía las maderas cedió 13 centímetros, por lo que se cambió a acero.
Gran parte del cielo raso del edificio es de metal pintado de blanco, pero curiosamente, por muchos años se creyó que era de yeso.
Lo que se hizo fue detallado y se contó con estudios de la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP), que le garantizarán unos 75 años más.
Mensajes fatalistas como los del "Cambalache" o del preso de Daniel Santos, no son, desde luego, el retrato de nuestras sociedades; si lo fueran, seríamos pueblos irredentos sin ninguna esperanza de un futuro mejor para nosotros y para nuestros descendientes. Pero, mientras, por un lado, somos muchos los ciudadanos y ciudadanas decentes que apostamos a que la lúgubre sombra de inequidades que nos envuelve no empañará por mucho tiempo nuestro horizonte, por el otro, a diario vemos, las manifestaciones de una campaña siniestra, salida de las entrañas del poder, concebida y diseñada para inculcar, especialmente, a las nuevas generaciones, la desesperanza, y los antivalores que corrompen el tejido social. Tal pareciera que quisieran convencernos de que la moral pública no existe o que "el que no llora no mama y el que no afana es un gil"; que debemos aceptar, como si nada pasara, todos los excesos y bellaquerías, que nos caen como catarata inagotable desde las más altas esferas oficiales.
Las recientes alharacas gubernamentales, para encubrir su incompetencia e incapacidad para cumplir su promesa electoral de "más seguridad", que terminó con el circo publicitario en el que se anunció, como siempre, con bombos y platillos, "un nuevo plan integral" para garantizar la seguridad pública, fueron acompañadas, en paralelo, por la fanfarria de los despliegues de fuerza y la detención indiscriminada de cientos de adultos y menores, considerados "sospechosos". Todos fueron a parar con sus huesos a la cárcel, por el hecho de vivir en "lugares comprometidos"; es decir, los barrios paupérrimos de los marginados por la pobreza y la miseria. Después, como no existía nada que sustentara "la sospecha", casi todos debieron ser puestos en libertad, al no encontrárseles armas ni drogas.
Para justificar el fracaso de "las redadas", se recurrió a la pueril excusa de que no se habían encontrado "evidencias de culpabilidad", porque alguien, "había filtrado" la información sobre los lugares que se asaltarían por sorpresa. En otras palabras, que "de adentro" habían alertado a "los maleantes del área", sobre los lugares que serían "peinados" en las redadas, que debían ser sorpresivas, de los que ahora, con otras de esas frases absurdas de nuevo cuño a que son tan dados nuestros gobernantes, se denominan "los estamentos de seguridad".
Como también es tradicional que nuestras autoridades, consumadas practicantes "del síndrome de la incompetencia escapista", siempre insistan en culpar a otros de sus fracasos o que, por su comprobada incapacidad y proclividad a la improvisación, busquen "la causa de la fiebre en las sábanas", para la sorpresa de nadie, a tambor batiente, como es también su costumbre (con velocidad opuesta a la que aplican en el caso de la legislación sobre el transporte) aprobaron el incremento de las penas para los menores; pero patalearon hasta lo último para no aumentar las aplicables a quienes se apropian de los fondos públicos.
Y como si las anteriores muestras de inconsistencia no fueran suficientes, mientras, por un lado, se endurecen, selectivamente, ciertas penalidades, por el otro, "se suaviza" el cumplimiento de sentencias ejecutoriadas para favorecer a algunos que, por años e impunemente, se burlaron de nuestro sistema judicial.
La delincuencia y su aumento en nuestro país tienen diferentes orígenes que deben analizarse, según su diferente naturaleza y yendo a la investigación, sería y exhaustiva de sus causas. No es lo mismo el que roba por hambre o empujado por la marginalidad que le cierra toda posibilidad de salir de la miseria, que aquel que se aprovecha de un alto cargo del Estado, para enriquecerse y enriquecer a sus compinches a costa del erario público. Tampoco puede ser "medida con la misma vara" la conducta delictiva de un menor de 12 años que la de uno de 17, aunque ambos, por ejemplo, hayan matado, usando un arma de fuego. Considerar solamente el hecho estricto del crimen, sin atención a las motivaciones o a la capacidad de discernimiento del comitente, es ignorar todas las tendencias actuales sobre la investigación delito y los delincuentes; pero, además, desconocer que, como el país civilizado que pretendemos ser, tenemos compromisos internacionales que debemos cumplir en el marco de los tratados y convenios que hemos firmado y ratificado.
Las cárceles, por mandato constitucional, deben contribuir a la conversión de los delincuentes en ciudadanos útiles. En Panamá, son precisamente lo opuesto. Por sus condiciones infrahumanas son centros para acelerar la degradación de los recluidos; verdaderas universidades del crimen. Por tanto, ¿qué esperan nuestra autoridades obtener con el aumento de las penas a los menores que terminarían forzando su paso de los llamados "centros de cumplimiento y rehabilitación de menores" a las cárceles regulares?
Por donde se miren, las últimas conductas oficiales y su empeño por resolver el aumento de la inseguridad y la delincuencia con medidas de fuerza y el aumento de los castigos, ignorando los factores que la fomentan y las diferentes clases de delitos y de delincuentes no resolverá el problema sino que lo agravará. Y si algo pone en evidencia, no es precisamente a que nuestros gobernantes los motive un sano propósito de hacer bien las cosas, sino que en ese aspecto, como en muchos otros, "la patria nueva", simplemente no da la talla.
Las ventanas francesas que se instalaron conservan la forma, dimensión, tipo de cerradura y coloración de las piezas originales.
Son de aluminio con un horneado especial.
Estas nuevas ventanas poseen en la mitad, una pieza de mármol blanco original de Carrara, Italia.
Esta piedra tiene renombre internacional y le da al ambiente un estilo muy distinguido.
El granito que reviste el edificio es fundido en sitio y lo mismo ocurre en las entradas, donde hay mármol con ese procedimiento.
Esto, según el arquitecto restaurador Sued, requirió de un proceso de conservación para que la pieza volviera a brillar.
El mármol se pulió, pues estaba deteriorado por el paso de los estudiantes.
Los materiales del vestíbulo principal variaron, pues se colocó mármol en el área central, pero enmarcado con un cintón de granito.
Varias piezas de una columna del vestíbulo se trabajaron con un bisturí hasta encontrar la coloración original.
El arquitecto restaurador de Ingeniería del MEDUCA informó que las columnas fueron decoradas con ornamentos de flores tropicales.
Se observó que la cabeza de un cerdo en la pared contrasta armónicamente con la vegetación y fauna tropical.
Mientras que a las puertas de caoba nacional, instaladas a principio de siglo, se les hicieron algunos arreglos. Otras, por el deterioro, fueron sustituidas.
Ahora todos los salones del colegio tienen acondicionadores de aire. Se instaló uno digital que permite graduar la temperatura del aula.
Pero, los trabajos van más allá de la simple restauración.
Se conoció que contarán con un moderno sistema para conectarse a internet.
Por otro lado, los baños interiores fueron modernizados y se incorporaron unos para discapacitados.
El sistema de iluminación es nuevo.
El arquitecto Sued explicó que fue difícil restaurar el cielo raso decorativo del Aula Máxima, por un desnivel que presentaba.
Con el tiempo, la estructura que sostenía las maderas cedió 13 centímetros, por lo que se cambió a acero.
Gran parte del cielo raso del edificio es de metal pintado de blanco, pero curiosamente, por muchos años se creyó que era de yeso.
Lo que se hizo fue detallado y se contó con estudios de la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP), que le garantizarán unos 75 años más.