La Cárcel Rehabilitadora : una utopía necesaria
La democracia del país, a no dudarlo, nunca será efectiva en realidad, si a ella no se incorporan los segmentos de población que, en los hechos, margina la dinámica social. Los indigentes, los privados de salud y los internos en la red penitenciaria local, son componentes de la sociedad y deben ser incorporados al torrente de expresión de la vida ciudadana, algo que en el caso de los últimos, debe ser concretado más que por su exclusivo beneficio, por el de la comunidad : a todos nos conviene que la población detenida se reincorpore sanamente al proceso social.
Si bien por años, en las prisiones, bajo la conducción de la Dirección de Corrección, dependencia del Ministerio de Gobierno y Justicia, ha imperado un criterio de reclusión y no una política de rehabilitación de los internos e internas; esta visión no puede seguir regulando la dinámica del sistema penitenciario.
La modernización que ha empezado a impulsarse en los distintos ámbitos del sector público, debe extenderse al campo del sistema penitenciario, tan requerido de enfoques y estrategias cónsonos con la necesidad de humanizar y tomar más solidaria la convivencia social.
En tal sentido, son imprescindibles acciones como las siguientes :
Una reestructuración integral del sistema de rehabilitación, la que además de estar inducida por una visión estratégica que tenga como desiderátum ser una real herramienta de cambio y al servicio de sus destinatarios, debe ser conformada con la participación de toda la sociedad y considerando los diagnósticos y propuestas ya realizados.
El gasto social en este campo debe verse como una inversión, dado que el futuro del país es inconcebible sin una política global de readaptación de la población concentrada en los distintos penales del país.
Los penales deben funcionar como centro de reeducación y no como depósitos de excluidos. Y no bastan las buenas intenciones, es impostergables tener éxito en este empeño : los cuadros negativos se deterioran aceleradamente y, a veces, de manera irreversible.
Las políticas y estrategias de readaptación social de los detenidos deben apoyarse en las posibilidades de todo el país : centros educativos, fábricas, medios de comunicación, familiares, Organo Judicial, iglesias, clubes cívicos, partidos políticos y otras piezas de la sociedad civil y política.
Las cárceles deben funcionar al igual que una Escuela para Adultos y deben ser aplicados los modernos conceptos de la Andragogía : no debe haber tiempo de ocio entre rejas. La educación, la producción, la creatividad, el deporte y una activa vida intramuros, deben caracterizar a esos centros. Naturalmente, para ello será menester clasificar a los internos y desarrollar con ellos un apropiado manejo de sus casos. Lo que no debe ocurrir es que recluidos, incomunicados y pasivos, se vean contaminados por la atmósfera de violencia y desesperanza que crea en las personas un universo sin propósito y concentracionario.
En los penales deben proliferar las bibliotecas, los talleres y los medios de información. Entre más culta es la gente, es dable esperar una elevación de su autoestima y, por ende, un proceder más positivo. No hay nada que envilezca más una cárcel que un clima irracional, resentido y autoritario. La violencia institucional, crecientemente, en todas sus formas, irá generando reacciones violentas entre los reclusos.
Los penales no tienen por qué ser regímenes totalitarios y desentendidos de la opinión de los internos. El sistema debe ser tan sólido, inteligente e interactivo que pueda sondear y considerar las opiniones y sugerencias de sus usuarios sin sentirse desafiado o puesto en cuestión. Total, la cárcel debiera generar formas de participación que preparen su posterior reincorporación a la sociedad. Dicho en otras palabras, un sistema penitenciario arbitrario y unilateral jamás podrá preparar ciudadanos aptos para la vida participativa, la tolerancia, la inteligencia y el debate.
La vida productiva del penal, incluso, podría propiciar si no la autogestión, sí un aporte considerable a la sustentación de los centros. Al fin y al cabo, los casi 3,000 internos del Centro de Rehabilitación La Joya, por mencionar un caso, salvo contadas excepciones, son una fuerza laboral en receso : deberían buscarse fórmulas que permitan su conversión en obreros y técnicos. Tras superar los aspectos logísticos de este proceso, cada quien debería aportar su energía y talento al funcionamiento del sistema. En el caso de los internos de mayor peligrosidad, por ejemplo, se podrían generar oportunidades laborales más vigiladas: cultivo de huertos, limpieza y pintura de muebles, artesanías, encuadernación, fotocopiado.
La vieja utopía de que los penales sean reales medios de regeneración y productiva reinserción social, es menester hacerla realidad viviente en nuestro país. Los índices de violencia y de falta de equidad que reinan por todo el territorio nacional así lo exigen.
Si bien por años, en las prisiones, bajo la conducción de la Dirección de Corrección, dependencia del Ministerio de Gobierno y Justicia, ha imperado un criterio de reclusión y no una política de rehabilitación de los internos e internas; esta visión no puede seguir regulando la dinámica del sistema penitenciario.
La modernización que ha empezado a impulsarse en los distintos ámbitos del sector público, debe extenderse al campo del sistema penitenciario, tan requerido de enfoques y estrategias cónsonos con la necesidad de humanizar y tomar más solidaria la convivencia social.
En tal sentido, son imprescindibles acciones como las siguientes :
Una reestructuración integral del sistema de rehabilitación, la que además de estar inducida por una visión estratégica que tenga como desiderátum ser una real herramienta de cambio y al servicio de sus destinatarios, debe ser conformada con la participación de toda la sociedad y considerando los diagnósticos y propuestas ya realizados.
El gasto social en este campo debe verse como una inversión, dado que el futuro del país es inconcebible sin una política global de readaptación de la población concentrada en los distintos penales del país.
Los penales deben funcionar como centro de reeducación y no como depósitos de excluidos. Y no bastan las buenas intenciones, es impostergables tener éxito en este empeño : los cuadros negativos se deterioran aceleradamente y, a veces, de manera irreversible.
Las políticas y estrategias de readaptación social de los detenidos deben apoyarse en las posibilidades de todo el país : centros educativos, fábricas, medios de comunicación, familiares, Organo Judicial, iglesias, clubes cívicos, partidos políticos y otras piezas de la sociedad civil y política.
Las cárceles deben funcionar al igual que una Escuela para Adultos y deben ser aplicados los modernos conceptos de la Andragogía : no debe haber tiempo de ocio entre rejas. La educación, la producción, la creatividad, el deporte y una activa vida intramuros, deben caracterizar a esos centros. Naturalmente, para ello será menester clasificar a los internos y desarrollar con ellos un apropiado manejo de sus casos. Lo que no debe ocurrir es que recluidos, incomunicados y pasivos, se vean contaminados por la atmósfera de violencia y desesperanza que crea en las personas un universo sin propósito y concentracionario.
En los penales deben proliferar las bibliotecas, los talleres y los medios de información. Entre más culta es la gente, es dable esperar una elevación de su autoestima y, por ende, un proceder más positivo. No hay nada que envilezca más una cárcel que un clima irracional, resentido y autoritario. La violencia institucional, crecientemente, en todas sus formas, irá generando reacciones violentas entre los reclusos.
Los penales no tienen por qué ser regímenes totalitarios y desentendidos de la opinión de los internos. El sistema debe ser tan sólido, inteligente e interactivo que pueda sondear y considerar las opiniones y sugerencias de sus usuarios sin sentirse desafiado o puesto en cuestión. Total, la cárcel debiera generar formas de participación que preparen su posterior reincorporación a la sociedad. Dicho en otras palabras, un sistema penitenciario arbitrario y unilateral jamás podrá preparar ciudadanos aptos para la vida participativa, la tolerancia, la inteligencia y el debate.
La vida productiva del penal, incluso, podría propiciar si no la autogestión, sí un aporte considerable a la sustentación de los centros. Al fin y al cabo, los casi 3,000 internos del Centro de Rehabilitación La Joya, por mencionar un caso, salvo contadas excepciones, son una fuerza laboral en receso : deberían buscarse fórmulas que permitan su conversión en obreros y técnicos. Tras superar los aspectos logísticos de este proceso, cada quien debería aportar su energía y talento al funcionamiento del sistema. En el caso de los internos de mayor peligrosidad, por ejemplo, se podrían generar oportunidades laborales más vigiladas: cultivo de huertos, limpieza y pintura de muebles, artesanías, encuadernación, fotocopiado.
La vieja utopía de que los penales sean reales medios de regeneración y productiva reinserción social, es menester hacerla realidad viviente en nuestro país. Los índices de violencia y de falta de equidad que reinan por todo el territorio nacional así lo exigen.