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La carreta primero; después los bueyes


LOS TRES últimos gobiernos panameños, incluyendo el que recién se estrena, han bordeado los mismos y conocidos caminos de las improvisaciones que han determinado una marcha caótica en el delicado aspecto del funcionamiento general de la cosa pública. Y ello ha traído por consecuencia que los problemas nacionales se agravan, se ahondan, se profundizan, y todo el país marcha a la deriva. La práctica de los agrupamientos que llegan al poder sigue el mismo rumbo partidocrático, como si se tratara de hermanos siameses, de trillizos y hasta de cuatrillizos, en la corriente del tiempo, según se va contando quinquenio tras quinquenio. Una meditación imparcial y realista sobre la marcha del Estado panameño no puede eludir la conclusión de que el país continúa un mismo ritmo sin soluciones adecuadas, salvo escasas diferencias, sobre todo en los 50 últimos años, y de tumbo en tumbo, con el resultado manido de una acumulación de plurales déficits enormemente negativos.
El balance de hoy, como el de ayer inmediato o lejano, se concreta en que no hay ningún aspecto de la existencia nacional que marche siquiera medianamente, según algunas veces lo hemos destacado. Es suficiente pensar en el hecho aterrador de que nuestro pueblo vegeta dolorosamente con un 40% de pobreza generalizada y con un 25% de pobreza extrema. ¿Es floreciente nuestra economía? ¿Es nuestra salud pública eficaz? ¿La educación pública arroja cifras y resultados alentadores? No se requieren más preguntas, porque cualesquiera que se formulen llegan al mismo resultado deplorable, francamente de horror.
La fementida democracia quinquenal panameña nos hace recordar los planes quinquenales estalinianos, siempre con fracasos acumulativos, que explotaron inconteniblemente en 1981, con el derrumbe de la Unión Soviética y la fractura de las repúblicas unidas, que regresaron, más o menos, a su división político-territorial de 1917, cuando la Revolución Bolchevique hizo el "milagro" de la integración de los soviets, que terminó con el sabido naufragio final y definitivo.
Volviendo a nosotros, ya somos expertos en modificar y emparchar las leyes anteriores, porque las vigentes se caen al no dar resultados aceptables. No olvidemos cuál está siendo el final de las privatizaciones eléctricas y telefónicas. Sabemos igualmente que la Ley de la Carrera Administrativa es una burla peripatética, por la extravagante catalepsia que la inmoviliza. El último estremecimiento lo está sufriendo el país, a consecuencia de la misma crisis fiscal que se agudizó en los dos años últimos del régimen que terminó hace unos días, en este bendito 2004, y que el Gobierno de hoy quiere superar con la vieja práctica de incrementar los impuestos, con el socorrido nombre de "reforma tributaria". ¿Acaso no se arguyó en el 2002 que el manotón impositivo salvaría el déficit? Es la misma película que en estos días se está repitiendo, con simples maquillajes, pues no se cuenta, en verdad, con otra fórmula, por el mismo trillo. ¿Sabemos cuál es el mejor modelo económico que le conviene a Panamá? Tenemos muy capaces economistas, como también muy capaces profesionales en todas las esferas de la problemática nacional. ¿Pero quiénes de ellos se han reunido (y nos referimos a todos, sin excepción), alumbrados por las luces de sus cerebros, para exponerle al país cuáles son las mejores soluciones frente a la crisis general bien conocida que padecemos? La de estos días es la misma sábana negra del déficit fiscal, con su arrastre de una deuda externa que acaba de llegar a los diez mil millones, cuando en 1968 sólo era de 600 millones de dólares. La del 2002 no era tan grave como la que rápidamente se ha precipitado sobre nuestras cabezas. Pero el remedio es el consabido: aumentar los impuestos, porque de todos modos algo más se cobrará, para empujar la paralización que hace tiempo está a la orden del día. ¿Acaso los aumentos fiscales anteriores, desde mil novecientos setenta y tanto para acá, han curado nuestros vicios fiscales repetitivos? Esa terapia no convenció y no convence a nadie, por sus ineficaces resultados. Mas deseamos hacer obra de gobierno que satisfaga, y todo naufraga en la buena voluntad.
Ha sido y es responsabilidad de todos los gobiernos panameños coordinar los expertos nacionales y los extranjeros que se deben utilizar, para que un plazo razonable y sin postergaciones, con el estudio de las peculiaridades de la economía panameña, que tiene un Canal en sus manos, y que es un punto geográfica y económicamente estratégico, nos expongan los planes inmediatos, a medianos y a largos plazos, que debemos poner en marcha, para salvar al país de la postración cada día más grave que ha vivido en la mayor parte del sigo XX, y que ha comenzado a repetir en el primer quinquenio del siglo XXI. No es lo más aconsejable hacer lo que otros gobiernos hicieron, y que sabemos sólo rindió los frutos amargos que conocemos: un Fisco nacional con las arcas vacías. Hacer únicamente lo mismo, equivale a darle validez a la denominación de este artículo: la carreta primero; los bueyes después, y el país que continúe por la misma senda, que en el argot popular se conoce como "irse a los infiernos".
Y por los predios del Canal estamos enfrentando idéntica situación de improvisaciones, con la experiencia y la propaganda de que "todo está allí consultado", por lo cual demostraremos próximamente que en cuanto a la esclusas canaleras también habrá carretas y bueyes.

101 años de Panamá América

 
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