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La Carta de Lima y la tragedia de Nueva York y Washington


Fuimos a Lima acompañando al canciller José Miguel Alemán para atender a la invitación del gobierno del presidente Alejandro Toledo, y participar en el vigésimo octavo período extraordinario de sesiones de la Asamblea General de la OEA. Todo estaba planeado para celebrar una fiesta democrática con motivo de la aprobación de la Carta Democrática Interamericana. Pero los trágicos sucesos de la mañana del día 11 de septiembre, ocurridos poco antes de que se iniciara la sesión plenaria de la asamblea interamericana, cambiaron todos los planes y marcaron permanentemente nuestro recuerdo de esa reunión.
El Secretario de Estado, Collin Powell, desayunaba con el presidente Toledo y el ministro de Relaciones Exteriores de Perú, Diego García Sayán. Los delegados a la reunión nos aprestábamos a concurrir al centro de convenciones del hotel Los Delfines, cuando todos recibimos por diferentes vías la devastadora noticia de las tragedias ocurridas en Nueva York y Washington. La primera reacción fue de incredulidad. Y no porque dudáramos de la veracidad de la información sino porque nuestro subconsciente rechazaba aceptar que pudiera haber ocurrido semejante monstruosidad.
Contrariando los rumores que circulaban el Sr. Powell concurrió a la sesión de instalación de la asamblea, cuya apertura como presidente provisional correspondió al canciller Alemán, quien solicitó guardar un minuto de silencio por las víctimas. Inmediatamente después de elegido el canciller peruano como presidente titular de la asamblea, a solicitud del Secretario de Estado, quien expresó su deseo de participar de la aprobación de la Carta Democrática, originalmente prevista para la sesión de la tarde, antes de partir de vuelta hacia los Estados Unidos, por el acuerdo unánime de todos los delegados se alteró el orden previsto.
Los medios de comunicación han dado cuenta de lo ocurrido en Lima. Se aprobó por aclamación la Carta Democrática y como primer orador hizo uso de la palabra el Sr. Powell, que después se retiró para emprender el regreso a su país.
La decisión del Sr. Powell de participar en la aprobación de la Carta Democrática obedeció, así lo explicó, a su deseo de ser, personalmente, protagonista de la adopción de la Carta Democrática con la que todos los estados americanos hemos ratificado nuestro compromiso de promover la democracia y los valores que ella representa.
Los valores de la democracia que comprenden el respeto a los derechos esenciales y a las garantías fundamentales de todos los seres humanos fueron violados por los actos criminales de Nueva York y Washington.
Los representantes de muchas nacionalidades estaban en los edificios destruidos por la barbarie desencadenada por los autores del crimen terrorista del 11 de septiembre, pero aunque las víctimas sólo hubieran sido estadounidenses, igualmente estamos ante un crimen de lesa humanidad que debe ser condenado y combatido por todos.
Los Estados Unidos con su capacidad de respuesta y con la decisión expresada por su presidente, están en condiciones de responder al ataque de que han sido víctimas, pero frente a un crimen de la magnitud del perpetrado contra ellos, que es una crimen contra la humanidad, ningún estado debe escatimar el apoyo que pueda prestarles. El terrorismo, en esta nueva expresión insensata y fanatizada, representa un peligro para todas las naciones. Por ello, todos debemos responder inmediatamente y positivamente a la iniciativa lanzada por el presidente Bush de crear una alianza mundial contra el terrorismo. Cada estado, según sus posibilidades, podrá hacer aportes decisivos, para perseguir las acciones terroristas, mediante mecanismos de cooperación que aseguren que no habrá santuarios para quienes sean capaces de concebir y ejecutar actos terroristas, y también para formar parte de una red mundial de información y cooperación que ayude a prevenirlos.
La lucha contra el terrorismo debe ser una cruzada mundial de la que debemos participar, sin excepciones. Se lo debemos a todas las víctimas y, especialmente, a las de las tragedias de Nueva York y Washington.

101 años de Panamá América

 
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