La CIA e Iraq
Esta semana en un artículo de Tim Weiner publicado ayer en The New York Times se revelan propuestas preliminares de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) para en forma subversiva intentar desestabilizar el gobierno de Saddam Hussein. El hecho de que se hayan divulgado estos programas mientras están en consideración y estudio, inclusive sin haber sido formalmente presentados y aprobados por el presidente Bill Clinton, reflejan el estado de división que prevalece en los Estados Unidos frente al problema iraquí, especialmente después del acuerdo alcanzado el fin de semana pasado entre Hussein y el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan.
Según ese reportaje, al menos cuatro operaciones encubiertas anteriores no han logrado remover al líder iraquí, quien se mantiene testarudamente en el poder, con el apoyo de un importante segmento de la población de su país y a pesar de los decididos esfuerzos de las principales potencias del mundo.
Esas operaciones fracasadas incluían desde propagandas de radio hasta complots paramilitares (con un costo de más de cien millones de dólares), así como el uso de bombas inteligentes, misiles de largo alcance durante la Guerra del Golfo y las sanciones económicas auspiciadas por las Naciones Unidas después del cese de hostilidades.
El nuevo plan en consideración incluiría reclutar agentes kurdos y shiítas para destruir o causar daño a los más importantes estamentos de poder del gobierno de Saddam, así como a plantas de energía eléctrica y estaciones de televisión y radio. Sin embargo, todos reconocen que ambos grupos étnicos están severamente divididos internamente y la oposición en exilio tampoco tiene un frente común.
Pero la presión en la agencia se ha intensificado durante las últimas semanas, al punto que algunos miembros del Congreso americano están haciendo un llamado para que tome cartas en el asunto. Sin embargo, asesores claves de Clinton continúan escépticos de la viabilidad y posibilidades de éxito de dicho tipo de operación. El hecho que la misma CIA haya revelado la información a un medio de comunicación confirma inclusive que existe un grupo dentro de la misma institución de inteligencia que tiene sus dudas sobre la efectividad del plan.
Lo anterior demuestra que la división de la opinión pública en los Estados Unidos también prevalece en el gobierno, ya que existe un importante e influyente grupo en la administración Clinton que prefiere mantener la presión militar y a la vez permitir que la diplomacia resuelva el problema de Iraq.
La situación iraquí es extremadamente compleja y, de optar los Estados Unidos por incrementar las medidas unilaterales que ha tomado hasta ahora, podría rápidamente degenerar en un problema mayor para su gobierno.
Aunque el acuerdo Annan-Hussein podría ser interpretado como inconsistente con las posiciones adoptadas por el gobierno de Clinton vis- a-vis este problema, al mismo se le debe dar oportunidad para alcanzar el objetivo principal: que hay que recordar no es neutralizar a Hussein sino su capacidad de causarle daño al resto de la comunidad internacional con sus armas de destrucción masiva.
Según ese reportaje, al menos cuatro operaciones encubiertas anteriores no han logrado remover al líder iraquí, quien se mantiene testarudamente en el poder, con el apoyo de un importante segmento de la población de su país y a pesar de los decididos esfuerzos de las principales potencias del mundo.
Esas operaciones fracasadas incluían desde propagandas de radio hasta complots paramilitares (con un costo de más de cien millones de dólares), así como el uso de bombas inteligentes, misiles de largo alcance durante la Guerra del Golfo y las sanciones económicas auspiciadas por las Naciones Unidas después del cese de hostilidades.
El nuevo plan en consideración incluiría reclutar agentes kurdos y shiítas para destruir o causar daño a los más importantes estamentos de poder del gobierno de Saddam, así como a plantas de energía eléctrica y estaciones de televisión y radio. Sin embargo, todos reconocen que ambos grupos étnicos están severamente divididos internamente y la oposición en exilio tampoco tiene un frente común.
Pero la presión en la agencia se ha intensificado durante las últimas semanas, al punto que algunos miembros del Congreso americano están haciendo un llamado para que tome cartas en el asunto. Sin embargo, asesores claves de Clinton continúan escépticos de la viabilidad y posibilidades de éxito de dicho tipo de operación. El hecho que la misma CIA haya revelado la información a un medio de comunicación confirma inclusive que existe un grupo dentro de la misma institución de inteligencia que tiene sus dudas sobre la efectividad del plan.
Lo anterior demuestra que la división de la opinión pública en los Estados Unidos también prevalece en el gobierno, ya que existe un importante e influyente grupo en la administración Clinton que prefiere mantener la presión militar y a la vez permitir que la diplomacia resuelva el problema de Iraq.
La situación iraquí es extremadamente compleja y, de optar los Estados Unidos por incrementar las medidas unilaterales que ha tomado hasta ahora, podría rápidamente degenerar en un problema mayor para su gobierno.
Aunque el acuerdo Annan-Hussein podría ser interpretado como inconsistente con las posiciones adoptadas por el gobierno de Clinton vis- a-vis este problema, al mismo se le debe dar oportunidad para alcanzar el objetivo principal: que hay que recordar no es neutralizar a Hussein sino su capacidad de causarle daño al resto de la comunidad internacional con sus armas de destrucción masiva.