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La ciudad visible


Para quienes, en términos turfísticos, estamos entrando a doblar el último codo y hemos visto crecer la ciudad, no tengo más que repetir lo que dice mi madre. A punto de ser nonagenaria, el ajetreado estuche que la contiene no acompaña su proverbial lucidez y su vitalidad inagotable. Durante los paseos por esta ciudad de pájaros y mariposas ausentes, no deja de maravillarse.

¿Te acordás cuando llegamos? Dice con su inalterado acento. La ciudad apenas llegaba a las orillas del Parque Urraca. Estaban terminando el edificio más alto, el de la Lotería de Beneficencia. Más allá de Vía Argentina, en el despoblado Cangrejo, quedaba el arrabal de madera de Río Abajo, el de los humildes trabajadores antillanos del Canal y de alguna que otra casa non sancta. Había pocos buses. La mayoría eran “chivitas”, con sus asientos de madera que en cada curva dejaba a alguna señora tendida en el suelo. Los taxis eran autos americanos gigantes, donde uno terminaba perdido en el espacio. Recuerdo haber dormido perfectamente acostado en el asiento durante el trayecto de Panamá a Colón.

Cuando se inauguró la Cinta Costosa -aunque necesaria y útil- salimos a pasear por allí. Sus ojos revoloteaban tanto como sus exclamaciones de admiración. Parece un milagro, me dijo, es como si una hada madrina hubiera pasado por Panamá y con su varita mágica hizo de aquella ciudad chata, una metrópoli enjoyada de luces y edificios modernos. Como Miami, repetía una y otra vez.

Al caer la noche fuimos a cenar por San Felipe. Entre las ruinas de lo que fue el antiguo Club Unión y la calzada que bordea a un costado del Teatro Nacional, hay una pequeña plaza o parque con un mirador hacia la bahía. Ayudada por su bastón de cuatro patas y sostenida del brazo de su hijo, con esfuerzo, contempló en silencio un paisaje recién salido de un comercial para atrapar turistas.

Las luces multicolores se reflejaban en el agua, que nos devolvía la imagen de otra luminosa ciudad inversa. La luz de la luna permitía ver con claridad las nubes y el contorno de los rascacielos en construcción. Semejaban esculturas apocalípticas, con sus puertas y ventanas abiertas que, como cuencas vacías de un esqueleto inmóvil, nos contemplaban desde la penumbra. Sólo sus lágrimas contenidas brillaron con mayor esplendor que las luces lejanas. Fue entonces que comenzó a canturrear: “Ya adivino el parpadeo de la luces que a lo lejos van marcando mi retorno…”.

La ciudad visible no es la misma por la que transitamos diariamente. Como sucede con una mujer hermosa, pero insoportable, convivir es una tarea ardua y deprimente. Con un diseño urbanístico a criterio del mejor postor; un tránsito anárquico con aceras insuficientes y en mal estado, utilizadas también como estacionamiento, sin vigilancia ni control alguno y peatones carentes de las más elementales normas de urbanidad, la van convirtiendo en una hermosa ciudad huraña.

En Las ciudades invisibles, Ítalo Calvino dice: “Por eso los habitantes creen vivir siempre en la ciudad de Aglaura, que crece sólo con el nombre de Aglaura y no ven la Aglaura que crece en tierra”.

101 años de Panamá América

 
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