La clase media creó la democracia
Es a todas luces indudable que, por varias centurias, casi toda la historia la modeló la clase media, merced a su espíritu de empresa y de inventiva. Su perspectiva ha sido concluyente. Una vez que la clase media pierde el liderazgo exclusivo, su principal creación (la actual Era Moderna oficial), también toca a su fin. En algunos países la clase media ha salido derrotada en cataclismos apocalípticos, debido a que no trató de resolver problemas políticos y sociales; en otros, poco a poco perdió su influencia merced a que trató de resolverlos; ésta es la lógica del flujo y reflujo de la historia.
Sin embargo, es bueno dejar bien claro que fue la clase media la que creó la democracia, el instrumento con el que, andando el tiempo, fue restringida. Resultaba imposible introducir el sufragio universal sin esperar las consecuencias. Por eso, en las naciones democráticas las masas- seguras de sí mismas- han adquirido una influencia directa sobre los actos de los gobiernos, como nunca antes la tuvieron en la historia.
Por otra parte, tenemos que aceptar que la transición de una época a otra posee la virtud del destino: pero siempre se halla preñada de peligros.
Cuando de viejo orden de cosas se apaga y el nuevo aún no se estabiliza; cuando las costumbres, el cemento de la sociedad, se desgasta; cuando la disciplina tradicional, las lealtades añejas y las ligaduras se debilitan, y las nuevas relaciones sociales se encuentran únicamente en el proceso de formación, la mente liberada puede moverse con mayor facilidad en cualquier dirección, incluso la del mal. Las mismas sacudidas provienen tanto de las fuerzas del mal como de las del bien. Cuando todo parece haberse fusionado, nunca falta alguien quien llega a la conclusión de que nada es válido y todo está permitido. Naturalmente, el cambio es inevitable; pero su curso es confundido por algunos apóstoles ruidosos del cambio, con quienes es imposible hacer causa común debido a sus crímenes.
Tenemos que reconocer que la historia de todas las sociedades conocidas hasta hoy es a historia de las acciones humanas que emanan, en circunstancias determinadas, de las necesidades, de las ideas y de las capacidades humanas. Es la historia de la totalidad del hombre, no sólo de algunas de sus partes. El hombre crea la historia en su intento por satisfacer sus intereses- materiales y no materiales- clara y vagamente comprendidos.
Es, asimismo, la historia de luchas, incluso aquellas entre clases y grupos: los siervos luchaban contra los señores, el señor combatía contra el señor, el general contra el general, el sacerdote contra el sacerdote. Es decir, a lo largo de la historia tumultuosa de estas luchas fluye la historia más silenciosa del pensamiento y del trabajo humanos, de la cooperación y de la ayuda mutua. La corriente de la historia contiene, sin duda, necesidades y anhelos, razones y sentimientos, propósitos y embellecimientos, excitaciones que brotan de las huelgas y excitaciones que surgen de los libros.
No es difícil establecer, pues, que dentro de un espacio pequeño, se enfoca la relación que existe entre el hombre y la materia. La historia ofrece abundantes pruebas en el sentido de que la inteligencia humana no quedará satisfecha con nada que no sea un orden racional, constructivo y humano, en todas las regiones del mundo. Porque la historia es, en suma, un diálogo entre la voluntad y las condiciones objetivas. Sin embargo, las condiciones por sí solas no son suficientes para sepultar por completo al hombre o levantarlo a las alturas.
Finalmente, la historia nos informa que la clase media, con su importantes aporte (político y social) de crear la democracia, contribuyó no sólo a facilitar la educación popular; para la vida del trabajo, que supone toda ocupación intelectual; también ha disciplinado la voluntad y ha ejercitado el criterio de los jóvenes ciudadanos de nuestros países.
Sin embargo, es bueno dejar bien claro que fue la clase media la que creó la democracia, el instrumento con el que, andando el tiempo, fue restringida. Resultaba imposible introducir el sufragio universal sin esperar las consecuencias. Por eso, en las naciones democráticas las masas- seguras de sí mismas- han adquirido una influencia directa sobre los actos de los gobiernos, como nunca antes la tuvieron en la historia.
Por otra parte, tenemos que aceptar que la transición de una época a otra posee la virtud del destino: pero siempre se halla preñada de peligros.
Cuando de viejo orden de cosas se apaga y el nuevo aún no se estabiliza; cuando las costumbres, el cemento de la sociedad, se desgasta; cuando la disciplina tradicional, las lealtades añejas y las ligaduras se debilitan, y las nuevas relaciones sociales se encuentran únicamente en el proceso de formación, la mente liberada puede moverse con mayor facilidad en cualquier dirección, incluso la del mal. Las mismas sacudidas provienen tanto de las fuerzas del mal como de las del bien. Cuando todo parece haberse fusionado, nunca falta alguien quien llega a la conclusión de que nada es válido y todo está permitido. Naturalmente, el cambio es inevitable; pero su curso es confundido por algunos apóstoles ruidosos del cambio, con quienes es imposible hacer causa común debido a sus crímenes.
Tenemos que reconocer que la historia de todas las sociedades conocidas hasta hoy es a historia de las acciones humanas que emanan, en circunstancias determinadas, de las necesidades, de las ideas y de las capacidades humanas. Es la historia de la totalidad del hombre, no sólo de algunas de sus partes. El hombre crea la historia en su intento por satisfacer sus intereses- materiales y no materiales- clara y vagamente comprendidos.
Es, asimismo, la historia de luchas, incluso aquellas entre clases y grupos: los siervos luchaban contra los señores, el señor combatía contra el señor, el general contra el general, el sacerdote contra el sacerdote. Es decir, a lo largo de la historia tumultuosa de estas luchas fluye la historia más silenciosa del pensamiento y del trabajo humanos, de la cooperación y de la ayuda mutua. La corriente de la historia contiene, sin duda, necesidades y anhelos, razones y sentimientos, propósitos y embellecimientos, excitaciones que brotan de las huelgas y excitaciones que surgen de los libros.
No es difícil establecer, pues, que dentro de un espacio pequeño, se enfoca la relación que existe entre el hombre y la materia. La historia ofrece abundantes pruebas en el sentido de que la inteligencia humana no quedará satisfecha con nada que no sea un orden racional, constructivo y humano, en todas las regiones del mundo. Porque la historia es, en suma, un diálogo entre la voluntad y las condiciones objetivas. Sin embargo, las condiciones por sí solas no son suficientes para sepultar por completo al hombre o levantarlo a las alturas.
Finalmente, la historia nos informa que la clase media, con su importantes aporte (político y social) de crear la democracia, contribuyó no sólo a facilitar la educación popular; para la vida del trabajo, que supone toda ocupación intelectual; también ha disciplinado la voluntad y ha ejercitado el criterio de los jóvenes ciudadanos de nuestros países.