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La clave para enfrentar el futuro


Todo indica que la economía mundial va a proseguir de manera inexorable su proceso de globalización. Ha habido teorías, hasta hace no mucho tiempo, que en alguna medida cuestionaban la interrelación entre el comercio exterior y el bienestar económico, y que defendían políticas de sustitución de importaciones como la vía para promover el crecimiento económico.
Estas teorías interpretaban el atraso de los países subdesarrollados en términos de su "dependencia" en el comercio exterior en relación con los países industrializados. En base a planteamientos nacionalistas se adoptaron políticas frente a las inversiones extranjeras que estaban más basadas en el recelo que en las ventajas que suponía la absorción de aquéllas. De ahí que se establecieran limitaciones a la participación del capital extranjero, que se prohibiera su presencia en numerosos sectores, etcétera.
Afortunadamente, éste tipo de planteamientos ha quedado obsoleto. Hoy en día, la competitividad internacional es considerada requisito imprescindible para promover de forma sostenida el crecimiento y el bienestar económico.
Entre el período de los años sesenta y el de los ochenta, en Latinoamérica ejercieron una influencia considerable las doctrinas proteccionistas, que preconizaban la sustitución de importaciones como vía hacia la industrialización. Mientras, al otro lado del Pacífico, los países de Asia adoptaban modernos modelos de crecimiento en los que la apertura al exterior, la exportación, la integración en la economía internacional en suma, constituían un elemento básico. Esa diferencia de políticas es una de las explicaciones de la diferente evolución económica entre una y otra zona del mundo: mientras que en el período 1980-1990 la tasa media anual de crecimiento del PIB fue en Latinoamérica de un 1.6 por ciento, en Asia Oriental fue de un 7.8 por ciento.
El mundo avanza con firmeza por el camino de la globalización, hacia una situación en la que poco a poco, van desapareciendo las fronteras para las empresas, y los mercados nacionales dejan de ser la referencia básica para la actuación de éstas. Las cifras son contundentes. Entre 1987 y 1997 el grado de apertura económica (medida como el porcentaje que importaciones y exportaciones representan en relación con el PIB) pasó de 27 a un 39 por ciento en los países industrializados, y de un 10 a un 17 por ciento en los países en vías de desarrollo.
Entre las causas por las que el proceso de globalización ha adquirido la fuerza que tiene, cabe destacar el respaldo institucional de gobiernos responsables de los organismos internacionales y de economistas del ámbito académico, que han asumido las ventajas del comercio y de la globalización. Además, los avances en el transporte y las comunicaciones, así como el mayor acceso a las tecnologías, ha mejorado notablemente el desplazamiento de mercancías y la capacidad para transmitir información entre los países.
Favorecido por los aspectos ya mencionados, el grado de internacionalización del capital ha registrado una gran expansión. La inversión directa extranjera en el mundo se ha multiplicado por más de tres en el período comprendido entre los años 1988 y 1998, pasando de 200 mil a 700 mil millones de dólares.
Pero, ¿qué podemos esperar de esta nueva arquitectura comercial internacional? Mi opinión es que la globalización es el mecanismo por medio del cual los países pobres pueden vencer la pobreza. Ha sido frecuente escuchar ataques contra los efectos de la globalización sobre crecimiento económico de los países más pobres. Según un tipo de crítica, la globalización no beneficia a los países pobres, ni les ayudará a salir de la pobreza; y de acuerdo a otro, la globalización beneficia a los más ricos y contribuirá a agrandar las diferencias económicas en el mundo.
Sin embargo, la información disponible y los datos económicos que publican las naciones del mundo no parecen sostener este tipo de afirmaciones. En lo subsiguiente, trataré de compartir con ustedes cómo ha evolucionado en las últimas décadas, para el grupo de países más pobres del planeta, el grado de apertura al exterior de sus economías. Esta se mide, repito, por lo que representan las importaciones más las exportaciones como porcentaje del PIB. Si comparamos dos períodos, el de 1970-74 y el de 1994-1998, y si dividimos los países pobres en cuatro grupos según la tasa de crecimiento que han mantenido entre los dos períodos, puede analizarse que existe una clara correlación entre el aumento del grado de apertura exterior de las economías y la magnitud de las tasas de crecimiento económico.
Así, en los países que han tenido una tasa de crecimiento negativo (entre los que se encuentran Angola, Etiopía, Liberia, Nicaragua, entre un total de una veintena), el grado de apertura ha descendido del 23 al 18 por ciento. En los países con bajo crecimiento económico y con tasas entre el 0 y 2 por ciento (otra veintena entre los cuales se encuentra Bangladesh, Honduras, Mauritania, Mozambique y Nigeria), el grado de apertura también ha bajado pero menos que en el grupo anterior; el comercio exterior ha pasado de representar el 24 por ciento del PIB al 21 por ciento.
Por el contrario, los países de los otros dos grupos (tasas de crecimiento económico apreciables o altas) han visto aumentar su grado de interrelación económica con el exterior. Para los países con tasas de crecimiento del 2 al 4 por ciento, el grado de apertura aumentó de 17 por ciento al 20 por ciento. El grupo con una mayor tasa de crecimiento (superior al 4 por ciento y en el que se encuentra China e Indonesia) es el que más ha aumentado su apertura, pasando su comercio exterior del 8 al 14 por ciento del PIB. En el caso de los países industrializados, la tendencia hacia la globalización es de una abrumadora claridad, habiendo crecido su grado de apertura desde el 44 hasta el 75 por ciento.
Esta panorámica histórica mundial nos permite reflexionar sobre lo siguiente. La economía panameña hace un año parecía tener un porvenir despejado, tanto por lo que se refería a la marcha de la situación, dominada por realidades interiores, como por lo que respecta a la evolución de la economía mundial en relación con Panamá. Algunos economistas hablaban de una tasa de crecimiento económico superior al 5 por ciento anual para el período 1999-2004. A mediados del 2000, las cosas ya no son iguales. Es evidente que la política económica del "modelo Chapman", enfocada en la desregulación, privatización y liberalización del mercado, ha sido ahora reemplazada por un nuevo fenómeno del cual aún no se conoce nada pero que debe ser reforzado cuanto antes. Como consecuencia de esto, los indicadores económicos no apuntan ahora hacia un crecimiento sólido sino más bien hacia una contracción, desaceleración o recesión. La pregunta del milenio es, ¿qué pasó y qué cambio?
Como suele suceder en política, de lo que se carece ahora mismo es de ideas. Así es como se explica que en los últimos meses se haya alterado de forma sustancial el marco de referencia con que el país observa la apertura. Y si la apertura no se encara con seriedad de frente hacia una visión de futuro, no podrán asumirse los sacrificios iniciales con que debe abordarse este tema. Y al combinarse ese desatino con las referidas subidas en los precios mundiales de hidrocarburos, tasas de interés y precios al consumidor de alimentos, embarca Panamá una jornada no muy esperanzadora. Si aumentamos los sueldos o salarios en la proporción de estos incrementos, entraríamos en una inflación inercial que pronto generaría un paro a la economía. Si rebajamos los impuestos sobre el consumo, perturbaríamos el alcanzar equilibrio presupuestario y la reacción sería frenar el empleo. En resumidas cuentas, la forma en que Panamá se ha mudado de los linderos de la apertura económica hacia el abismo del proteccionismo, ajena al problema central y urgente que ahora tiene el país, más parece una frivolidad que algo serio.
Restablecer políticas proteccionistas, sin consideración del nivel de ineficiencia del sector productor o sin el compromiso de un plan de reconversión tecnológico, es igual que decir, "pan para hoy y hambre para mañana". La clave para frenar la pobreza no la vamos a encontrar en los discursos de campaña ni en los caminos que conducen al 2004. La respuesta se encuentra en el ejemplo que nos dan los países que, habiendo adoptado mecanismos de apertura, han visto sus tasas de crecimiento económico y de desarrollo humano ascender a niveles sin precedentes.

101 años de Panamá América

 
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