default

La codicia rompe el saco


Nuestros hermanos colonenses parecieran estar condenados a padecer los dolores y amarguras de un eterno vía crucis que se agrava cada día por la desidia de quienes, teniendo el poder, aún les regatean a estos compatriotas hasta medidas paliativas para mitigar, aunque sea en parte, la profunda crisis económica que los castiga día a día, y de sol a sol. Y, como es de esperar, a medida que transcurre el tiempo sin que nuestros compatriotas colonenses tengan siquiera la visión de una tenue luz a la salida del oscuro túnel por donde transitan, sin esperanzas de un mejor mañana, la postración moral y social los habrá de conducir a situaciones desesperadas cuyo desenlace habremos de lamentar todos los panameños por igual.
Sabemos que la solución al problema colonense no es nada fácil, ni podemos esperar milagros instantáneos, porque habrá de transcurrir mucho tiempo antes de que podamos corregir las causas del mismo en forma integral. Sin embargo, también sabemos que la raíz principal de esta situación desesperada está en que el colonense, residente en la ciudad terminal del Canal, se acostumbró, desde los tiempos del coloniaje cuando los españoles escogieron Portobelo como puerta de entrada para los productos que llegaban a Europa para suplir a sus colonias, y puerta de salida para las riquezas, producto del despojo despiadado de nuestros recursos naturales y de la mano de obra esclava de nuestros aborígenes, a vender servicios. Y luego, con la Construcción del ferrocarril transístmico y el Canal, la ciudad de Colón y toda la provincia atlántica, se conocieron como la Costa de Oro, por razón de los ingresos que producían las actividades comerciales, la venta de servicios.
Pero toda comunidad que vende servicios está expuesta a los vaivenes del comercio internacional y, cuando la crisis azota a los países altamente industrializados, o cuando los precios de sus productos suben en forma inmoderada, las comunidades dedicadas a la venta de servicios sufren con mayor rigor sus consecuencias.
Pero nadie, a través de los casi dos siglos de nuestra historia más reciente, se interesó por cambiar las costumbres del colonense y educarlo en otras actividades, para que no fuera exclusivamente dependiente de condiciones foráneas, enteramente fuera de su control. Y ese cambio no podemos lograrlo a corto ni mediano plazo, ni vamos a enseñarle al colonense a no comer mientras se produzca ese cambio, porque va a morir de hambre antes de que se acostumbre del todo, a no comer!.
El pueblo colonense viene clamando desde hace varias décadas, cuando la crisis actual ya se vislumbraba en el horizonte, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, porque Colón se convirtiera en Zona Franca y aprovechar el millonario mercado de los cruceros turísticos del Caribe. A Colón se le dio, en cambio, el paliativo de una pequeña Zona Libre que ha ido creciendo con el tiempo para beneficio y enriquecimiento de unos cuantos, y las estadísticas del movimiento de dicha zona así lo demuestran. Mientras tanto, el colonense común, que no tiene cabida dentro de esa Zona Libre, sigue cargando la pesada cruz de su miseria económica, con el agravante de que ahora se le ha clavado en sus sienes la corona de espinas de su deterioro moral y social, cuya explosión hará estremecer los cimientos de nuestra imberbe democracia a todo lo largo y ancho del territorio nacional.
Y, cuando todos los que no somos panameñistas arnulfistas "re-encauchados" ni oportunistas de nuevo cuño, esperábamos que, con el ascenso al poder de un gobierno que se dice panameñista-arnulfista, la provincia de Colón, y en especial la ciudad terminal, recibirían un nuevo trato, un trato justo, ahora se pretende bloquear la ley "Colón: Puerto Libre".
Tal como lo hemos dicho, los arnulfistas panameñistas de verdad, los que conocemos la historia de nuestro glorioso partido, porque hemos vivido medio siglo de ella, sabemos que, sin el concurso de los colonenses, y de la ciudad de Colón, la doctrina panameñista de nuestro líder habría muerto en su cuna. Porque fue en la ciudad de Colón en donde se afianzó de verdad el movimiento revolucionario reivindicador del dos de enero de mil novecientos treinta y uno. Y si el Dr. Arnulfo Arias no decide viajar hacia la Costa Atlántica, aún con el riesgo de su vida, el movimiento iniciado por él habría recibido certificado de defunción allí mismo. Y allí en Colón, en donde el Dr. Arnulfo Arias regó con su sangre generosa la semilla del panameñismo fue que tuvo su génesis el glorioso partido que el destino quiso escoger como el verdadero defensor de las causas populares, el partido que habría de librar cruentas batallas en favor de nuestro pueblo, el partido que habría de sufrir los embates de los codiciosos, porque la codicia rompe el saco.
Y ese es el dilema de Colón. La codicia ya ha hecho acto de presencia dentro de este cuadro de miseria y desesperación. Los poderosos, los opulentos, los que mueren de empacho, de congestión, mientras el pueblo colonense muere de hambre, ya han hecho oír sus voces agoreras y han escogido como voceros a altos personeros de un régimen que se dice panameñista arnulfista, para, en forma no tan sutil, continuar negándole soluciones al pueblo colonense, que sí ha dado muestras de ser panameñista y arnulfista porque no es "re-encauchado" ni oportunista.
"Alea, jacta est". La suerte está echada. Colón, Puerto Libre no será la solución final y definitivamente del problema colonense. Pero sí puede llevar un poco de tranquilidad y esperanza a nuestros hermanos de la Costa Atlántica. Y el plan se ajusta al modo actual de vida del colonense como vendedor de servicios. Con él, los colonenses podrán comer tres veces al día mientras se logra una solución integral del cúmulo de problemas generados por la crisis económica. Porque el colonense no va a morir de hambre, mientras se acostumbra a no comer del todo. El colonense, como pueblo digno y luchador, va a pelear por sus legítimos derechos, entre ellos el derecho a la vida. En manos del próximo gobierno y de todos los panameños de buena voluntad está el impedir que haga explosión el barril de pólvora. Porque todos sufriremos por igual. Podemos predecir el comienzo del caos. No podemos predecir el final.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América