La Colombia del Presidente Uribe
La analogía que muchas veces, en el pasado, se hizo de Bogotá como la Atenas de América, resultaría hoy extraña, singularmente para los jóvenes poco imbuidos por el interés de ver el presente alumbrado por la luz del pretérito y mucho menos por la luz de la Antigüedad. Por mi parte, mientras miraba al nuevo Presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, pronunciar su discurso de toma de posesión, recordé a Alcibíades, el primo de Pericles y discípulo de Sócrates, que reunía en su persona talentos de político, de orador, de estratega. También recordé la frase lapidaria de Bolívar: “Caracas el cuartel, Quito el convento, Bogotá el Ateneo”.
Uribe Vélez en su discurso programático se pronunció contra la ineficacia del Estado frente a la corrupción y contra el déficit en la inversión social. Como remedio a estos males tratará de buscar que los recursos y las acciones lleguen al pueblo, con transparencia, mediante la creciente participación popular en la ejecución y vigilancia de las tareas públicas. Censuró la dilapidación de recursos por las altas esferas y se comprometió a impulsar reformas ejemplares en pensiones, salarios y eliminación de prebendas, empezando por la Presidencia de la República y el Congreso de la Nación. También adujo Uribe Vélez que la democracia es su oferta para que los fusiles sean sustituidos por la política y la seguridad democrática el instrumento para que se haga política sin armas y con el derecho de no ser asesinados.
Sobre el Plan Colombia, Uribe Vélez dijo que “Mantendremos la senda recorrida con los Estados Unidos, tocaremos las puertas de Europa y Asia y afianzaremos la unidad de propósitos con los vecinos”. En su búsqueda de “soluciones no convencionales, transparentes, imaginativas” se ha agenciado de los buenos oficios de las Naciones Unidas para procurar el inicio de un diálogo útil que conduzca desde sus inicios al cese de hostilidades.
Álvaro Uribe Vélez es un intelectual que ha conjugado en su tierra -Antioquia—, la experiencia de la política y del gobierno. A través de su discurso inaugural, de su hermosa alusión a Bolívar y a Santander, se aprecia que es un intelectual sensible a los grandes hechos de los grandes hombres de nuestra historia, sensible a la contingencia de que en su país las cosas pueden mejorar gracias a los esfuerzos futuros, sensible igualmente a la superación de las dificultades, que deberá afrontar para realizar sus planes de gobierno.
El planteamiento que hizo el Presidente Uribe de lo que pasa en Colombia, de lo que le pasa a los colombianos, no es recibido por los panameños como si se tratara de una realidad lejana y extraña. Colombia es una tierra legendaria, es una tierra de héroes, en donde como signo de su grandeza, los panameños sentimos que aún está fresca en las calles de Bogotá la sangre del General Tomás Herrera, abatido por una bala artera cuando entraba a esa capital, a la cabeza de la vanguardia del ejército constitucionalista que puso fin a la dictadura de Melo y porque aún percibimos el eco de las palabras admonitivas de nuestro ilustre compatriota Justo Arosemena al asumir la Presidencia de la Convención Constituyente de Río Negro. En mi caso no puedo dejar de recordar que en 1981 recibí la Llave de la Ciudad de Santa Fé de Bogotá y que se me hizo también uno de los custodios de los ideales de los Libertadores, al imponérseme en la Cancillería de San Carlos, la Gran Cruz de la Orden de Boyacá.
Los panameños tenemos genuinos afectos por Colombia y la porosidad de nuestras fronteras no se da sólo en el tránsito de colombianos hacia territorio panameño. También se da en la forma de una gran permeabilidad espiritual. Nos alienta saber que el Presidente Uribe está armado con excelentes instrumentos intelectuales y con una enorme fe en el potencial de sus esfuerzos y en los logros esperados. Nos anima saber que el Presidente Uribe desea tener con los vecinos de Colombia “fronteras abiertas y cerradas, abiertas para el tránsito de artículos y personas de bien, cerradas para la delincuencia”. En la dimensión de la cultura, de la moral, de la política y de la economía, Panamá y Colombia comparten criterios fundamentales que se afirman en los principios de la libertad, la igualdad, la independencia y el desarrollo económico. Nuestros pueblos no pueden continuar hipotecados al pasado, ni aceptar ser en el presente instrumentos pasivos del destino o juguetes de la voluntad de intereses ajenos al bienestar de nuestros núcleos humanos.
Cada vez que me he referido a la situación en Colombia, he puesto el acento en las preocupaciones que se derivan del Plan Colombia (El Panamá América, “El Plan Colombia y el Drama Latinoamericano” 4 de septiembre de 2000, “El alevoso ataque a Nazaret” 23 de octubre de 2000, “El Plan Colombia y los Conflictos de Competencia” 4 de diciembre de 2000, “Diálogo: El Plan Colombia” 5 de marzo de 2001, “Uribe Vélez, Panamá y El Plan Colombia” 3 de enero de 2002) En esas crónicas expresé mis preocupaciones por los efectos que las decisiones tomadas en el marco del Plan Colombia pudieran causar en los países vecinos. Señalé que los panameños estamos dispuestos a mostrar solidaridad por Colombia, deseosos de contribuir a la paz colombiana y apesadumbrados porque los colombianos siguen pagando el precio de un conflicto largo y hasta ahora insoluble.
Cuando mis reflexiones me conducen a pensar en el problema colombiano, una cantidad de elementos se superponen en mi mente. Uno de ellos se refiere al papel que juega la política, entendida ésta como el arte de lo posible, en un conflicto de tanta complejidad. Me ha parecido que cualquiera que sea la política que los dirigentes colombianos decidan optar, siempre habrá en esa política una concepción maniquea: los buenos de un lado y los malos del otro. En los últimos años se ha dicho y repetido que en el conflicto colombiano no pueden salir victoriosos ni los unos ni los otros. De ese aserto se deriva que en Colombia, mientras no ocurran los diálogos sinceros y confiables con sus acuerdos correlativos, la paz parece tornarse imposible y la guerra total parece resultar improbable.
El Presidente Uribe en su discurso inaugural ha dicho que “Nuestros esfuerzos de autoridad velarán para que la droga y la violencia no se trasladen al territorio fronterizo. Con la ayuda del gobierno del respectivo país hermano lo lograremos, para tranquilidad de Colombia y de todos, porque este conflicto o se para o tiene el potencial de desestabilizar la Región”.
Las declaraciones del nuevo Presidente colombiano confirman la necesidad de que exista una fluida consulta entre el Gobierno de Colombia y los gobiernos de los países vecinos acerca de la mejor manera de cooperar. Asimismo me confirman en mis temores de que por falta de información o por falta de consulta y concertación multilateral, los países vecinos de Colombia tengan que sumar, a la conciencia de que el conflicto colombiano es un problema interno, la impresión de que el único remedio contra el contagio o los efectos externos de ese conflicto es la actitud de “cada uno para sí mismo” con el agravante de que nuestras inconsistencias y carencias nos expongan a toda suerte de desastres.
En las raíces de nuestra historia está la clave de la conquista de nuestro futuro. Salgamos al reencuentro de nuestras tradiciones cívicas cimentadas durante la gesta emancipadora por los esfuerzos generosos de hombres y mujeres surgidos de todos los confines de la América Latina y El Caribe.
No tengo dudas acerca de la importancia de una Colombia pacificada para impulsar la formación de una Patria Grande latinoamericana.
En el discurso del Presidente Uribe Vélez he celebrado que la preocupación y la aspiración a esa Patria Grande ocupa un lugar importante en el pensamiento del nuevo gobernante colombiano.
Uribe Vélez en su discurso programático se pronunció contra la ineficacia del Estado frente a la corrupción y contra el déficit en la inversión social. Como remedio a estos males tratará de buscar que los recursos y las acciones lleguen al pueblo, con transparencia, mediante la creciente participación popular en la ejecución y vigilancia de las tareas públicas. Censuró la dilapidación de recursos por las altas esferas y se comprometió a impulsar reformas ejemplares en pensiones, salarios y eliminación de prebendas, empezando por la Presidencia de la República y el Congreso de la Nación. También adujo Uribe Vélez que la democracia es su oferta para que los fusiles sean sustituidos por la política y la seguridad democrática el instrumento para que se haga política sin armas y con el derecho de no ser asesinados.
Sobre el Plan Colombia, Uribe Vélez dijo que “Mantendremos la senda recorrida con los Estados Unidos, tocaremos las puertas de Europa y Asia y afianzaremos la unidad de propósitos con los vecinos”. En su búsqueda de “soluciones no convencionales, transparentes, imaginativas” se ha agenciado de los buenos oficios de las Naciones Unidas para procurar el inicio de un diálogo útil que conduzca desde sus inicios al cese de hostilidades.
Álvaro Uribe Vélez es un intelectual que ha conjugado en su tierra -Antioquia—, la experiencia de la política y del gobierno. A través de su discurso inaugural, de su hermosa alusión a Bolívar y a Santander, se aprecia que es un intelectual sensible a los grandes hechos de los grandes hombres de nuestra historia, sensible a la contingencia de que en su país las cosas pueden mejorar gracias a los esfuerzos futuros, sensible igualmente a la superación de las dificultades, que deberá afrontar para realizar sus planes de gobierno.
El planteamiento que hizo el Presidente Uribe de lo que pasa en Colombia, de lo que le pasa a los colombianos, no es recibido por los panameños como si se tratara de una realidad lejana y extraña. Colombia es una tierra legendaria, es una tierra de héroes, en donde como signo de su grandeza, los panameños sentimos que aún está fresca en las calles de Bogotá la sangre del General Tomás Herrera, abatido por una bala artera cuando entraba a esa capital, a la cabeza de la vanguardia del ejército constitucionalista que puso fin a la dictadura de Melo y porque aún percibimos el eco de las palabras admonitivas de nuestro ilustre compatriota Justo Arosemena al asumir la Presidencia de la Convención Constituyente de Río Negro. En mi caso no puedo dejar de recordar que en 1981 recibí la Llave de la Ciudad de Santa Fé de Bogotá y que se me hizo también uno de los custodios de los ideales de los Libertadores, al imponérseme en la Cancillería de San Carlos, la Gran Cruz de la Orden de Boyacá.
Los panameños tenemos genuinos afectos por Colombia y la porosidad de nuestras fronteras no se da sólo en el tránsito de colombianos hacia territorio panameño. También se da en la forma de una gran permeabilidad espiritual. Nos alienta saber que el Presidente Uribe está armado con excelentes instrumentos intelectuales y con una enorme fe en el potencial de sus esfuerzos y en los logros esperados. Nos anima saber que el Presidente Uribe desea tener con los vecinos de Colombia “fronteras abiertas y cerradas, abiertas para el tránsito de artículos y personas de bien, cerradas para la delincuencia”. En la dimensión de la cultura, de la moral, de la política y de la economía, Panamá y Colombia comparten criterios fundamentales que se afirman en los principios de la libertad, la igualdad, la independencia y el desarrollo económico. Nuestros pueblos no pueden continuar hipotecados al pasado, ni aceptar ser en el presente instrumentos pasivos del destino o juguetes de la voluntad de intereses ajenos al bienestar de nuestros núcleos humanos.
Cada vez que me he referido a la situación en Colombia, he puesto el acento en las preocupaciones que se derivan del Plan Colombia (El Panamá América, “El Plan Colombia y el Drama Latinoamericano” 4 de septiembre de 2000, “El alevoso ataque a Nazaret” 23 de octubre de 2000, “El Plan Colombia y los Conflictos de Competencia” 4 de diciembre de 2000, “Diálogo: El Plan Colombia” 5 de marzo de 2001, “Uribe Vélez, Panamá y El Plan Colombia” 3 de enero de 2002) En esas crónicas expresé mis preocupaciones por los efectos que las decisiones tomadas en el marco del Plan Colombia pudieran causar en los países vecinos. Señalé que los panameños estamos dispuestos a mostrar solidaridad por Colombia, deseosos de contribuir a la paz colombiana y apesadumbrados porque los colombianos siguen pagando el precio de un conflicto largo y hasta ahora insoluble.
Cuando mis reflexiones me conducen a pensar en el problema colombiano, una cantidad de elementos se superponen en mi mente. Uno de ellos se refiere al papel que juega la política, entendida ésta como el arte de lo posible, en un conflicto de tanta complejidad. Me ha parecido que cualquiera que sea la política que los dirigentes colombianos decidan optar, siempre habrá en esa política una concepción maniquea: los buenos de un lado y los malos del otro. En los últimos años se ha dicho y repetido que en el conflicto colombiano no pueden salir victoriosos ni los unos ni los otros. De ese aserto se deriva que en Colombia, mientras no ocurran los diálogos sinceros y confiables con sus acuerdos correlativos, la paz parece tornarse imposible y la guerra total parece resultar improbable.
El Presidente Uribe en su discurso inaugural ha dicho que “Nuestros esfuerzos de autoridad velarán para que la droga y la violencia no se trasladen al territorio fronterizo. Con la ayuda del gobierno del respectivo país hermano lo lograremos, para tranquilidad de Colombia y de todos, porque este conflicto o se para o tiene el potencial de desestabilizar la Región”.
Las declaraciones del nuevo Presidente colombiano confirman la necesidad de que exista una fluida consulta entre el Gobierno de Colombia y los gobiernos de los países vecinos acerca de la mejor manera de cooperar. Asimismo me confirman en mis temores de que por falta de información o por falta de consulta y concertación multilateral, los países vecinos de Colombia tengan que sumar, a la conciencia de que el conflicto colombiano es un problema interno, la impresión de que el único remedio contra el contagio o los efectos externos de ese conflicto es la actitud de “cada uno para sí mismo” con el agravante de que nuestras inconsistencias y carencias nos expongan a toda suerte de desastres.
En las raíces de nuestra historia está la clave de la conquista de nuestro futuro. Salgamos al reencuentro de nuestras tradiciones cívicas cimentadas durante la gesta emancipadora por los esfuerzos generosos de hombres y mujeres surgidos de todos los confines de la América Latina y El Caribe.
No tengo dudas acerca de la importancia de una Colombia pacificada para impulsar la formación de una Patria Grande latinoamericana.
En el discurso del Presidente Uribe Vélez he celebrado que la preocupación y la aspiración a esa Patria Grande ocupa un lugar importante en el pensamiento del nuevo gobernante colombiano.