La concertación nacional y la "Enfermedad Holandesa"
EL REFERÉNDUM sobre la ampliación del Canal nos vino en buena hora. Nos dio a los panameños, quizás por primera vez en nuestra historia, la oportunidad y la responsabilidad de discutir amplia y abiertamente, entre nosotros y sin interferencias extranjeras, un asunto de trascendencia histórica para nosotros.
Así que el ejercicio fue positivo, no sólo porque la decisión tomada fue buena, sino porque nos obligó a pensar, analizar y actuar, permitiéndonos dar un paso más como nación en nuestro proceso de maduración democrática. Me inquietaba que algunas veces me parecía adivinar en ciertos conciudadanos la inseguridad propia de los adolescentes que en su transición a adultos añoran la seguridad de autoridad paterna. Es decir, parecían clamar: ¿cuándo vendrán los norteamericanos, o los organismos internacionales, o alguien a decirnos qué hacer? Qué bueno que nadie vino. Tuvimos que madurar.
Otra consecuencia del referéndum fue que nos hizo darnos cuenta que como país no podemos pretender seguir adelante alegremente, sin una estrategia nacional de desarrollo, o por lo menos sin discutir seriamente sobre ella. Y los panameños, no sólo los dirigentes sino también los sectores populares, sintieron esta necesidad y muchos exigieron una concertación para elaborar entre todos, un plan o una estrategia para el desarrollo, y estamos iniciando ese diálogo. Otro paso adelante en nuestro desarrollo democrático.
Ahora, ya a punto de iniciar esta tarea, lo primero que tenemos que discutir es qué clase de sociedad queremos ser y cuál no queremos ser, o en qué situación no queremos caer como país. Seguramente podríamos debatir mucho hasta qué punto nos deberemos acercar al "humanismo cristiano", de los social cristianos, donde la persona humana es lo primordial, o al liberalismo extremo que confía más en que el mercado por si solo es capaz de resolver casi todos los problemas de la sociedad, o al populismo socialista en boga. Y esta discusión es muy importante, pues el consenso al que se llegue sobre este punto, si se llega, seguramente condicionaría los planes y políticas de desarrollo futuros.
Sin embargo, mientras discutimos eso, también tenemos que estar conscientes de que en la dirección que hemos llevado en estos últimos años, corremos el grave riesgo de caer en un terrible fenómeno que los economistas han llamado "la Enfermedad Holandesa". Este término lo acuñó la revista "The Economist", después del descubrimiento de gas natural en el Mar del Norte, en la década del ´60, que, aparentemente, "enriqueció" a Holanda en una primera instancia, pero que después la perjudicó muy seriamente. Ya le había ocurrido a la España del siglo 16, y a varias otras naciones.
La "Enfermedad Holandesa" se refiere al fenómeno que produce una seria destrucción de la iniciativa y la capacidad productiva de un país, principalmente de los sectores básicos, cuando este país adquiere una cuantiosa renta externa, y aún peor, cuando ésta va parar principalmente al sector gubernamental. En este caso se produce además, el fenómeno de gobiernos ricos y pueblos pobres. Se forman sociedades dependientes de los puestos y favores gubernamentales, y sigue la declinación de la agricultura y la industria y el empobrecimiento de quienes dependen de estos sectores.
Hay muchos ejemplos, que incluyen principalmente a los países petroleros, y, por supuesto, a la Venezuela de hoy, donde ese mismo fenómeno ha creado tensiones sociales y desigualdades tan grandes, que la sociedad venezolana ha elegido, peligrosamente, la vía autoritaria para tratar de resolver sus problemas sociopolíticos.
También sería fácil imaginarnos la posibilidad de un Panamá futuro donde las grandes rentas gubernamentales que vendrán del canal ampliado, de los megapuertos y de las otras grandes obras gubernamentales en planeación, se conviertan en el principal foco de atención y esperanza de nuestra juventud, llevándolos, quizás, a limitar sus aspiraciones desde que son estudiantes, a sólo un futuro puesto burocrático en el gobierno, porque las demás vías de desarrollo personal probablemente se hayan cerrado.
En adición, si nuestro sector privado continuara evolucionando para derivar sus ingresos, principalmente de la exportación de servicios, incluyendo el turismo recreativo o residencial, que es también una forma de exportación de servicios, nuestra economía sería crecientemente vulnerable y dependiente de los fenómenos aleatorios internacionales. La disminución de nuestra industria y agricultura podría verse agravada por los embates simultáneos de, por ejemplo, recesiones externas.
Todo esto quiere decir que, aún lo muy bueno, como es la gran renta que nos dejará el Canal y los ingresos de nuestras crecientes exportaciones de servicios, nos pueden dañar, como le sucedió a España, Holanda, Inglaterra, Australia, Venezuela y tantos otros países, si no sabemos manejar esta bonanza adecuadamente.
El camino más sensato para evitar este peligro parece que es fomentar un desarrollo nacional más integral y decisivo, que sólo puede ser sustentado en el fortalecimiento simultáneo de los tres factores que son imprescindibles para cualquier desarrollo sostenible: el capital humano, el capital social y el capital económico; es decir, el fortalecimiento de la educación y la formación integral de actitudes y valores, el efectivo estado de derecho, el fortalecimiento de la institucionalidad y la eficaz administración de la justicia, y las condiciones y políticas adecuadas para el desarrollo de la actividad empresarial.
Este desarrollo integral que queremos requiere, primordialmente, un mayor desarrollo de todos los sectores productivos, aunque sólo fuera por el derecho innato que todos los ciudadanos tenemos de contar con la seguridad de poder acceder a ocupaciones dignamente remuneradas. Sólo así podremos evitar la "Enfermedad Holandesa", y además, a la vez, comenzar a cerrar la creciente brecha de oportunidades de desarrollo personal que existe, y por lo tanto, de oportunidades de un más equitativo usufructo de la riqueza nacional.
Ante la ausencia que hemos tenido ya por demasiados años, de políticas realmente efectivas para el fomento a la producción nacional, que nos ha llevado inclusive a algunos retrocesos, parece que ahora, con esta Concertación Nacional, nos ha llegado la oportunidad de crear una nueva conciencia para rectificar el rumbo y evitar la "Enfermedad Holandesa" en nuestro país, que, según algún autor, puede hasta llegar a "matar el alma de las naciones".
"Lamentable ese es el procedimiento que se utiliza en las corregidurías y en la justicia administrativa en todo el país", añadió.
Aclaró que cuando se trata de apuñalados, y de acuerdo con las lesiones y la incapacidad del médico forense, los casos los atienden las corregidurías y los tribunales ordinarios.
Si la incapacidad del afectado no pasa de 30 días el trámite se ventila en la corregiduría del sector. "No es tan sencillo como ella lo plantea", dijo.
Informó que hay casos donde los corregidores pueden condenar por delitos de hurto, apropiación indebida, estafa y lesiones personales hasta por un (1) año de cárcel.
Curiosamente eso equivale a B/. 365 de multa.
Así que el ejercicio fue positivo, no sólo porque la decisión tomada fue buena, sino porque nos obligó a pensar, analizar y actuar, permitiéndonos dar un paso más como nación en nuestro proceso de maduración democrática. Me inquietaba que algunas veces me parecía adivinar en ciertos conciudadanos la inseguridad propia de los adolescentes que en su transición a adultos añoran la seguridad de autoridad paterna. Es decir, parecían clamar: ¿cuándo vendrán los norteamericanos, o los organismos internacionales, o alguien a decirnos qué hacer? Qué bueno que nadie vino. Tuvimos que madurar.
Otra consecuencia del referéndum fue que nos hizo darnos cuenta que como país no podemos pretender seguir adelante alegremente, sin una estrategia nacional de desarrollo, o por lo menos sin discutir seriamente sobre ella. Y los panameños, no sólo los dirigentes sino también los sectores populares, sintieron esta necesidad y muchos exigieron una concertación para elaborar entre todos, un plan o una estrategia para el desarrollo, y estamos iniciando ese diálogo. Otro paso adelante en nuestro desarrollo democrático.
Ahora, ya a punto de iniciar esta tarea, lo primero que tenemos que discutir es qué clase de sociedad queremos ser y cuál no queremos ser, o en qué situación no queremos caer como país. Seguramente podríamos debatir mucho hasta qué punto nos deberemos acercar al "humanismo cristiano", de los social cristianos, donde la persona humana es lo primordial, o al liberalismo extremo que confía más en que el mercado por si solo es capaz de resolver casi todos los problemas de la sociedad, o al populismo socialista en boga. Y esta discusión es muy importante, pues el consenso al que se llegue sobre este punto, si se llega, seguramente condicionaría los planes y políticas de desarrollo futuros.
Sin embargo, mientras discutimos eso, también tenemos que estar conscientes de que en la dirección que hemos llevado en estos últimos años, corremos el grave riesgo de caer en un terrible fenómeno que los economistas han llamado "la Enfermedad Holandesa". Este término lo acuñó la revista "The Economist", después del descubrimiento de gas natural en el Mar del Norte, en la década del ´60, que, aparentemente, "enriqueció" a Holanda en una primera instancia, pero que después la perjudicó muy seriamente. Ya le había ocurrido a la España del siglo 16, y a varias otras naciones.
La "Enfermedad Holandesa" se refiere al fenómeno que produce una seria destrucción de la iniciativa y la capacidad productiva de un país, principalmente de los sectores básicos, cuando este país adquiere una cuantiosa renta externa, y aún peor, cuando ésta va parar principalmente al sector gubernamental. En este caso se produce además, el fenómeno de gobiernos ricos y pueblos pobres. Se forman sociedades dependientes de los puestos y favores gubernamentales, y sigue la declinación de la agricultura y la industria y el empobrecimiento de quienes dependen de estos sectores.
Hay muchos ejemplos, que incluyen principalmente a los países petroleros, y, por supuesto, a la Venezuela de hoy, donde ese mismo fenómeno ha creado tensiones sociales y desigualdades tan grandes, que la sociedad venezolana ha elegido, peligrosamente, la vía autoritaria para tratar de resolver sus problemas sociopolíticos.
También sería fácil imaginarnos la posibilidad de un Panamá futuro donde las grandes rentas gubernamentales que vendrán del canal ampliado, de los megapuertos y de las otras grandes obras gubernamentales en planeación, se conviertan en el principal foco de atención y esperanza de nuestra juventud, llevándolos, quizás, a limitar sus aspiraciones desde que son estudiantes, a sólo un futuro puesto burocrático en el gobierno, porque las demás vías de desarrollo personal probablemente se hayan cerrado.
En adición, si nuestro sector privado continuara evolucionando para derivar sus ingresos, principalmente de la exportación de servicios, incluyendo el turismo recreativo o residencial, que es también una forma de exportación de servicios, nuestra economía sería crecientemente vulnerable y dependiente de los fenómenos aleatorios internacionales. La disminución de nuestra industria y agricultura podría verse agravada por los embates simultáneos de, por ejemplo, recesiones externas.
Todo esto quiere decir que, aún lo muy bueno, como es la gran renta que nos dejará el Canal y los ingresos de nuestras crecientes exportaciones de servicios, nos pueden dañar, como le sucedió a España, Holanda, Inglaterra, Australia, Venezuela y tantos otros países, si no sabemos manejar esta bonanza adecuadamente.
El camino más sensato para evitar este peligro parece que es fomentar un desarrollo nacional más integral y decisivo, que sólo puede ser sustentado en el fortalecimiento simultáneo de los tres factores que son imprescindibles para cualquier desarrollo sostenible: el capital humano, el capital social y el capital económico; es decir, el fortalecimiento de la educación y la formación integral de actitudes y valores, el efectivo estado de derecho, el fortalecimiento de la institucionalidad y la eficaz administración de la justicia, y las condiciones y políticas adecuadas para el desarrollo de la actividad empresarial.
Este desarrollo integral que queremos requiere, primordialmente, un mayor desarrollo de todos los sectores productivos, aunque sólo fuera por el derecho innato que todos los ciudadanos tenemos de contar con la seguridad de poder acceder a ocupaciones dignamente remuneradas. Sólo así podremos evitar la "Enfermedad Holandesa", y además, a la vez, comenzar a cerrar la creciente brecha de oportunidades de desarrollo personal que existe, y por lo tanto, de oportunidades de un más equitativo usufructo de la riqueza nacional.
Ante la ausencia que hemos tenido ya por demasiados años, de políticas realmente efectivas para el fomento a la producción nacional, que nos ha llevado inclusive a algunos retrocesos, parece que ahora, con esta Concertación Nacional, nos ha llegado la oportunidad de crear una nueva conciencia para rectificar el rumbo y evitar la "Enfermedad Holandesa" en nuestro país, que, según algún autor, puede hasta llegar a "matar el alma de las naciones".
"Lamentable ese es el procedimiento que se utiliza en las corregidurías y en la justicia administrativa en todo el país", añadió.
Aclaró que cuando se trata de apuñalados, y de acuerdo con las lesiones y la incapacidad del médico forense, los casos los atienden las corregidurías y los tribunales ordinarios.
Si la incapacidad del afectado no pasa de 30 días el trámite se ventila en la corregiduría del sector. "No es tan sencillo como ella lo plantea", dijo.
Informó que hay casos donde los corregidores pueden condenar por delitos de hurto, apropiación indebida, estafa y lesiones personales hasta por un (1) año de cárcel.
Curiosamente eso equivale a B/. 365 de multa.