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La condena


Cuando un tribunal no hace justicia, en nuestras manos queda la tarea. Y la sentencia ya se escucha desde el fondo del océano y de los ríos, desde el desierto de Calama y los hornos de Lonquén. ¿Escuchas las voces de los muertos, general? ¿Oyes el lamento de los torturados? Desde Villa Grimaldi y Pisagua, desde Tres y Cuatro Alamos, desde el lecho del Mapocho y las alturas de Chena, el rumor se hace viento, se hace ola, se hace lluvia de julio proclamando tu condena.
Te condenamos a la prisión del miedo, a vivir blindado de acero y guardaespaldas, a imaginar que una bala silenciosa surca el aire, a la pesadilla de una bomba en el camino. Te condenamos a la perpetua cadena del temor, a los vidrios anti-balas y los techos anti-bombas, a los subterráneos reforzados y a tus guardias carceleros. Te condenamos al infierno del encierro en la celda invisible del miedo, a vivir cercado de barrotes que fundimos con las balas, con las parrillas y con los pau de arara de tus cárceles secretas.
Te condenamos a imaginar que mañana otro como tú ordena la tortura de tu nieto más amado, que otro como tú ordena la desaparición de tu hija más querida, que otro como tú sumerge tu cabeza en el agua, que otro como tú condena a tus descendientes al exilio. Te condenamos a saber cada día de nuestra porfiada memoria y nuestra lealtad sin quebrantos. A saber, general, que nosotros sí podemos caminar solos en la playa, subir solos la montaña y recorrer solos la foresta, porque estamos libres de temores y acechanzas. Te condenamos al juicio largo de la historia que contarán nuestras plumas y pintarán nuestros pinceles, a la herencia del relato que remontará el oleaje de los siglos para que el horror de tus crímenes jamás se olvide.
*La autora es Premio Nacional de Periodismo 1997 en Chile y obtuvo el más importante galardón a un periodista extranjero en Estados Unidos. El premio María Moros Cabot 1993 (Columbia University).

101 años de Panamá América

 
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