La Constituyente y la vergüenza de desnudarse en público (I)
El debate -ya públicamente formalizado- sobre la necesidad y conveniencia de abrir paso a un proceso político que culmine con la convocatoria y realización de unas elecciones democráticas de las que surja una Asamblea Nacional Constituyente (ANC), tiene defensores y detractores de todo signo y condición. Eso es normal y conveniente, puesto que dicho debate forma parte medular de la reflexión y el contraste de opiniones necesarias para esclarecer, cara al conjunto de la ciudadanía, qué país queremos. La sola existencia del debate en curso pone en evidencia que nos encontramos ya inmersos, nos percatemos o no, les guste o les disguste a algunos, en el proceso político que nos conduce necesariamente a un verdadero cambio constitucional. De ahí que los detractores, conscientes de lo inevitable, se preocupen no de impedirlo sino de controlarlo, castrándolo desde los inicios de sus profundos efectos renovadores. Se trata de la vieja fórmula, tan queridas par algunos, del "cambio para que nada cambie".
Como se sabe, el proceso político constituyente responde a una situación de crisis excepcional que se pretende superar mediante la refundación que significa la convocatoria de una ANC. Por ello, todo debate en torno a la misma parte necesariamente de caracterizar previamente la naturaleza de la crisis. Y dependiendo de la respuesta a ello, unos y otros tomarán posición al respecto. Llama la atención, entre el sinnúmero de contribuciones al debate público del tema, la caracterización de la crisis que hace uno de los detractores de la ANC. Según él se trata, en lo fundamental, de una crisis de moral pública que, por ello, amerita reformas parciales de la Constitución, con la finalidad de establecer un mejor equilibrio entre los órganos del Estado.
¡ Asombroso! Cuando el país se nos cae a pedazos como producto de un régimen político que ha generado cerca del 20% de desempleo, por no hablar del desempleo encubierto, el subempleo y el empleo informal; cuando nos encontramos con una de las deudas externas per capitas más altas del continente y una desigual distribución de la riqueza que nos sitúa entre los países punteros de esa vergüenza internacional; cuando, para asombro del mundo, nos situamos entre los países que más periodistas están llamados a juicio como resultado del ejercicio de su profesión; cuando nuestro sistema de seguridad social amenaza con colapsar como resultado del desgobierno de los depredadores que habitan en el actual régimen político; cuando nuestro sistema educativo ha fracasado estrepitosamente, mostrándose incapaz de garantizarle a nuestra juventud los mínimos básicos para insertarse como hombres y mujeres libres y críticos en el mercado laboral y en la convivencia social; cuando cada 30 horas se comete un asesinato y nuestras calles están plagadas de pedigüeños por carecer de futuro y condiciones de vida dignas; cuando el Estado mismo ha sido convertido en una máquina de acumulación económica privada; este detractor de la Constituyente nos diagnostica que lo que ocurre es que nos encontramos ante una "crisis de moral pública". Pero, ¿ en qué paraíso perdido vivirá este detractor? Cerca del 80% de los ciudadanos manifiestan, encuesta tras encuesta, que han perdido su confianza en los tres órganos del Estado, y que por tanto en las próximas elecciones no votarían por ninguno de los candidatos o partidos beneficiarios del actual régimen político, este señalado detractor nos anuncia que lo único que se requiere es una reforma para establecer un mejor equilibrio entre los órganos del Estado...rechazados por corruptos e inoperantes por la inmensa mayoría de los ciudadanos.
¿Y qué nos propone el detractor para materializar esas "reformas" constitucionales? Ni más ni menos que la actual Asamblea Legislativa proceda mediante los dos mecanismos contemplados en el artículo 308 de la actual Constitución. ¡ Qué vergüenza! Se aferran a lo que el país desprecia. En palabras nunca más atinadas del Dr. Cesar Quintero, " eso sería como decirles a los mosquitos aedes aegypti que resuelvan el problema del dengue hemorrágico".
Lo que el detractor no ignora es que la crisis es de representatividad e institucionalidad democrática. Que los órganos del Estado están deslegitimados y que por ello mismo no puede salir de su seno solución alguna a la grave crisis por la que atraviesa la nación. Que el sistema bipartidista antidemocrático vigente, pata fundamental del actual régimen político, mantenido y consolidado irresponsablemente por los gobernantes posteriores a la invasión, ha entrado en una crisis irreversible provocada por el rechazo ciudadano. Pero, ¿cómo entender que lo evidente sea negado con tanto ahínco? El detractor, político saltimbanqui de profesión, primero estuvo con el arnulfismo, luego con el candidato que tomó prestado su partido, luego nuevamente con el arnulfismo y ahora con el PRD. Y siempre con elaboradas justificaciones "teóricas" o "ideológicas" para hacer de satélite beneficiado de uno de los dos grandes soles con los que se alumbra el actual régimen político. El problema radica en que ahora, cuando se han creado las condiciones para ofertarse políticamente al de más posibilidades de éxito en el 2004, tal como lo han declarado sus pocos adeptos, emerge amenazante la voluntad constituyente del pueblo, poniendo así en peligro que pueda continuar depredando políticamente en el paraíso que ha encontrado en el régimen político vigente.
Y lo anterior tiene que ver, efectivamente, con el resultado que arrojarían unas elecciones democráticas para conformar una ANC. Con los votos prestados del arnulfismo obtuvo una riada de legisladores, en circunstancias que él sabe irrepetibles. Como se engañó a sí mismo y se creyó que esos votos eran suyos, lo intentó en solitario y obtuvo el descalabro más grande de nuestra historia política republicana. Posteriormente, dando en préstamo a su partido, obtuvo otro descalabro que le ha advertido de su próxima e inevitable desaparición electoral, no importa la meta que se proponga para el 2004. ¿Cómo no oponerse a sangre y fuego a la Constituyente que los expulsaría definitivamente del paraíso? De ahí la debilidad de su argumentación y la falsedad de los consejos impartidos a ingenuos estudiantes.
Lo que está en juego para el detractor no son los intereses del país y de sus sufridos ciudadanos. A lo que juega, como siempre, es a ver cómo trepa y sobrevive en las espaldas de otros. Y para ello le es imprescindible mantener en pie al régimen que se desmorona, impidiendo como sea la posibilidad de que el pueblo se dicte su propia norma fundamental, esta vez sin la ayuda de los responsables directos de la catastrófica situación en la que se encuentra el país.
(continuará mañana sábado en segunda y última entrega).
Como se sabe, el proceso político constituyente responde a una situación de crisis excepcional que se pretende superar mediante la refundación que significa la convocatoria de una ANC. Por ello, todo debate en torno a la misma parte necesariamente de caracterizar previamente la naturaleza de la crisis. Y dependiendo de la respuesta a ello, unos y otros tomarán posición al respecto. Llama la atención, entre el sinnúmero de contribuciones al debate público del tema, la caracterización de la crisis que hace uno de los detractores de la ANC. Según él se trata, en lo fundamental, de una crisis de moral pública que, por ello, amerita reformas parciales de la Constitución, con la finalidad de establecer un mejor equilibrio entre los órganos del Estado.
¡ Asombroso! Cuando el país se nos cae a pedazos como producto de un régimen político que ha generado cerca del 20% de desempleo, por no hablar del desempleo encubierto, el subempleo y el empleo informal; cuando nos encontramos con una de las deudas externas per capitas más altas del continente y una desigual distribución de la riqueza que nos sitúa entre los países punteros de esa vergüenza internacional; cuando, para asombro del mundo, nos situamos entre los países que más periodistas están llamados a juicio como resultado del ejercicio de su profesión; cuando nuestro sistema de seguridad social amenaza con colapsar como resultado del desgobierno de los depredadores que habitan en el actual régimen político; cuando nuestro sistema educativo ha fracasado estrepitosamente, mostrándose incapaz de garantizarle a nuestra juventud los mínimos básicos para insertarse como hombres y mujeres libres y críticos en el mercado laboral y en la convivencia social; cuando cada 30 horas se comete un asesinato y nuestras calles están plagadas de pedigüeños por carecer de futuro y condiciones de vida dignas; cuando el Estado mismo ha sido convertido en una máquina de acumulación económica privada; este detractor de la Constituyente nos diagnostica que lo que ocurre es que nos encontramos ante una "crisis de moral pública". Pero, ¿ en qué paraíso perdido vivirá este detractor? Cerca del 80% de los ciudadanos manifiestan, encuesta tras encuesta, que han perdido su confianza en los tres órganos del Estado, y que por tanto en las próximas elecciones no votarían por ninguno de los candidatos o partidos beneficiarios del actual régimen político, este señalado detractor nos anuncia que lo único que se requiere es una reforma para establecer un mejor equilibrio entre los órganos del Estado...rechazados por corruptos e inoperantes por la inmensa mayoría de los ciudadanos.
¿Y qué nos propone el detractor para materializar esas "reformas" constitucionales? Ni más ni menos que la actual Asamblea Legislativa proceda mediante los dos mecanismos contemplados en el artículo 308 de la actual Constitución. ¡ Qué vergüenza! Se aferran a lo que el país desprecia. En palabras nunca más atinadas del Dr. Cesar Quintero, " eso sería como decirles a los mosquitos aedes aegypti que resuelvan el problema del dengue hemorrágico".
Lo que el detractor no ignora es que la crisis es de representatividad e institucionalidad democrática. Que los órganos del Estado están deslegitimados y que por ello mismo no puede salir de su seno solución alguna a la grave crisis por la que atraviesa la nación. Que el sistema bipartidista antidemocrático vigente, pata fundamental del actual régimen político, mantenido y consolidado irresponsablemente por los gobernantes posteriores a la invasión, ha entrado en una crisis irreversible provocada por el rechazo ciudadano. Pero, ¿cómo entender que lo evidente sea negado con tanto ahínco? El detractor, político saltimbanqui de profesión, primero estuvo con el arnulfismo, luego con el candidato que tomó prestado su partido, luego nuevamente con el arnulfismo y ahora con el PRD. Y siempre con elaboradas justificaciones "teóricas" o "ideológicas" para hacer de satélite beneficiado de uno de los dos grandes soles con los que se alumbra el actual régimen político. El problema radica en que ahora, cuando se han creado las condiciones para ofertarse políticamente al de más posibilidades de éxito en el 2004, tal como lo han declarado sus pocos adeptos, emerge amenazante la voluntad constituyente del pueblo, poniendo así en peligro que pueda continuar depredando políticamente en el paraíso que ha encontrado en el régimen político vigente.
Y lo anterior tiene que ver, efectivamente, con el resultado que arrojarían unas elecciones democráticas para conformar una ANC. Con los votos prestados del arnulfismo obtuvo una riada de legisladores, en circunstancias que él sabe irrepetibles. Como se engañó a sí mismo y se creyó que esos votos eran suyos, lo intentó en solitario y obtuvo el descalabro más grande de nuestra historia política republicana. Posteriormente, dando en préstamo a su partido, obtuvo otro descalabro que le ha advertido de su próxima e inevitable desaparición electoral, no importa la meta que se proponga para el 2004. ¿Cómo no oponerse a sangre y fuego a la Constituyente que los expulsaría definitivamente del paraíso? De ahí la debilidad de su argumentación y la falsedad de los consejos impartidos a ingenuos estudiantes.
Lo que está en juego para el detractor no son los intereses del país y de sus sufridos ciudadanos. A lo que juega, como siempre, es a ver cómo trepa y sobrevive en las espaldas de otros. Y para ello le es imprescindible mantener en pie al régimen que se desmorona, impidiendo como sea la posibilidad de que el pueblo se dicte su propia norma fundamental, esta vez sin la ayuda de los responsables directos de la catastrófica situación en la que se encuentra el país.
(continuará mañana sábado en segunda y última entrega).