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La contradicción del CMA


Recuerdo muy bien que durante el anterior periodo de elecciones, preparé un artículo que salió publicado en un medio de la localidad y cuyo tema deseo comentar en esta ocasión, precisamente por la palpitante vigencia que tiene el mismo en la actualidad. Ahora bien, a pesar de su coincidencia con el asunto que nos vincula en el presente, debo reconocer que no tuve la suficiente agudeza, entiéndase capacidad, como para poder anticipar la manera como se perfeccionaría la continuidad de la presencia militar norteamericana en nuestro territorio al que algunos contumazmente insisten en llamarlo soberano.
Sin embargo, si hay algo que vale la pena destacar en este tema del Centro Multilateral Antidrogas es que habrá que reconocerle al precursor de la idea, el beneficio del ingenio, al haberse inventado una modalidad de base militar que bajo el eufemismo laborioso de multilateral, oculta sin resabios la obcecada pretensión de la clase política en funciones de gobierno de desconocer pérfidamente los más sagrados ideales de la nación panameña por ser libre e independiente. Y estos que hoy se erigen en los más vehementes propugnadores del establecimiento de ese nuevo enclave colonial, son para asombro de los más cándidos, pues para otros como el que suscribe no hay sorpresas, los que ayer se autoproclamaban prosélitos de un nacionalismo verdadero. Por mi parte no creo que tenga mucho que disputarle a Philippe Buneau Varilla, para mi concepto el verdadero padre de la patria, quien no hizo otra cosa que convertir en realidad los sueños de la burguesía nacional de la época quienes a su vez veían en la separación de Colombia una manera de desafectarse del conservadurismo centralista proveniente de más allá del Atrato el cual impedía la materialización y florecimiento de sus anhelos de poder oligárquico, que han sabido conservar mediante transmisión dinástica.
Al parecer estamos irremediablemente condenados a vivir bajo la égida protectora de la Nación que nos parió e ineluctablemente compelidos a desarrollar nuestras políticas de Estado en función de los intereses que más convengan al Tío Sam. Este Karma nacional impurgable que gravita a perpetuidad sobre nuestra soberanía como consecuencia de nuestro pecado original de no haber germinado autónomamente al concierto de naciones, es desafortunadamente en nuestros días, profundizado por quienes se han impuesto la entusiasta misión de abolir cualquier ensayo por subsanar el inobjetable error histórico de no haber tenido la capacidad de habernos gestado nuestra propia concepción como Estado, error este del cual se han derivado todos nuestros males. A quienes han actuado así impidiendo a las nuevas generaciones disfrutar de la alborada de un nuevo amanecer, les cabrá la responsabilidad histórica de hacernos entrar en un nuevo milenio con una nueva forma de dependencia política y por supuesto económica.
Al panameño consciente de nuestro destino como Nación, le queda oponerse a la institucionalización de la mitomanía nacionalista desenmascarando a algunos de los que cegados por el deslumbrante brillo del espejismo económico o mareados por el embriagante interés de vanidoso protagonismo han mancillado la integridad de la Patria y arrebatado la última oportunidad que nos quedaba a ésta y a las próximas generaciones, de espiar definitivamente ese pecado original al que le imputamos una serie de imperfecciones de las que adolece nuestro sentido de identidad nacional.
Por otro lado resulta igualmente bochornoso que se haya utilizado el estandarte de una lucha que concita la simpatía universal y con la cual obviamente todos nos encontramos comprometidos, como lo es el combate contra ese flagelo que afecta a la humanidad entera, para ocultar las verdaderas intenciones de extender el acantonamiento de tropas extranjeras más allá del año dos mil en nuestro territorio, mediante la celebración de un acuerdo cuyo concepto de multilateralidad lo tiene por accesión y no por vocación pues, el mismo tiene un carácter bilateral inferido del hecho de haber sido negociado por dos países de lo cual se colige, que el resto de los otros Estados que dicen integrarán el Centro, lo harán por adhesión, ya que estos no constituyeron parte de las negociaciones, lo cual deja entrever claramente que el contenido de lo convenido sólo satisface las expectativas de las partes negociantes, restándole participabilidad y por ende consensualidad a un acuerdo que por su naturaleza debía contar en la etapa negociadora con la participación de todos los que se dicen formarán parte de él.
La clase política gobernante no tiene derecho a comprometer la majestad soberana de la Nación bajo ningún pretexto. Esa falta de dignidad y entereza moral que caracteriza a los que hoy dirigen de manera capichosa los destinos de este país, constituye un funesto mensaje a las nuevas generaciones que varía ese ejemplo y haciendo gala de la cultura del juega vivo, que subyace en la epidermis del panameño común, tenderán a creer que no en la labor dignificante de mantener los principios de independencia, que no en la postura edificante de labrarnos nuestro propio destino haciendo uso de nuestras propias iniciativas, que no en el trabajo tenaz y el empeño en proveernos nuestra propia riqueza doméstica, sino en la cómoda posición de esperar que la solución venga de afuera, de enaltecer los valores culturales foráneos o de hacer apología de aquel que practica la corrupción, se encuentra la manera correcta de alcanzar el éxito que en una sociedad como la nuestra se identifica para desdicha de todos con el Panamá vanal e intranscendente.

101 años de Panamá América

 
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