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La corrupción


Todos los aspirantes a la Presidencia de la República en las elecciones próximas han adoptado poses moralizadoras y se han comprometido a reprimir la corrupción, así como castigar sin contemplaciones a los que incurran en esos vicios. No obstante, recibir estas declaraciones primera plana en los medios, la reacción del pueblo es abrumadoramente escéptica. Este derrotismo es la reacción ante la corrupción cada vez más profunda en Panamá. La corrupción es una realidad reinante. Se ha convertido en un modo de vida sistemático.
Cualesquiera que sean el tamaño y el papel del Estado que consideremos apropiado para nuestro país, éste encontrará la amenaza de soborno, extorsión, tráfico de influencias, comisiones, fraude y otras actividades ilícitas.
La lucha contra la corrupción figura en los primeros lugares de la agenda de muchos países, pero cuando examinamos lo que se ha logrado para reprimirla nos encontramos que es muy poco lo que se ha avanzado.
Los libros que se escriben sobre la materia están dedicados a destacar su efecto devastador, pero no nos dicen cómo combatirla; a lo sumo, proporcionan una lista de ideas vagas y poco útiles.
Por su naturaleza, la corrupción es difícil de ser detectada. Es una actividad inherentemente secreta de la cual nadie se siente orgulloso para divulgarla. Las medidas que se adoptan muchas veces van en detrimento de derechos individuales, como el de la privacidad y de la presunción de inocencia. Prácticas como las de utilizar agentes encubiertos e intervenir líneas telefónicas, se prestan al abuso.
En mi opinión, lo que más puede desalentar los actos de corrupción son los castigos severos que pueden incluir despidos, multas y prisión, como también la denuncia pública que impacte en la reputación y el nombre de la persona. Importante en todo esto es agilizar los trámites que se requieren desde la investigación hasta el juicio y la imposición del castigo.
Lo que más alienta a la corrupción es ver por las calles, en actitud desafiante, a sinvergüenzas y abusadores que con su "éxito" parecieran demostrar que el observar los principios éticos y morales es sólo para las monjas y los boy scout, y que el nombre del juego es el oportunismo.
Algunas medidas que se pueden tomar son la simplificación de los trámites burocráticos, reforzar las funciones de auditoría y de supervisión, crear nuevas unidades como la del inspector general; alentar la denuncia de actividades impropias ofreciendo recompensas; establecimiento de un código de conducta con dientes. Una forma es la de exigir explicación por cambios bruscos en el status financiero de una persona sin que se le conozcan fuentes de ingresos que justifiquen esos signos exteriores de riqueza. Tenemos que demostrar en este país que el crimen no paga, aunque la evidencia no sea ésa.
Los argentinos conocen y han tenido pruebas del apoyo de Panamá a su reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas. Tuve la satisfacción y el honor de apoyar y sustentar la posición argentina como Ministro de Relaciones Exteriores de Panamá en distintos foros y singularmente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en abril y mayo de 1982, así como en la Vigésima Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores de la Organización de Estados Americanos.
Creo que los panameños nunca abandonaremos la disposición que hemos demostrado de acompañar a nuestros hermanos argentinos en esa reivindicación. Estoy seguro que el día que los argentinos recuperen la soberanía sobre las Islas Malvinas, los panameños celebraremos ese logro como si fuera nuestro, como igualmente celebraremos la realización del sueño que propuso el Presidente Kirchner en su discurso sobre una Argentina unida que transite por el camino que la levante a la faz de la tierra como una nueva gloriosa nación.

101 años de Panamá América

 
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