La corrupción
La corrupción es el más deleznable de todos los flagelos. Vive inmersa en las reconditeces más profundas del género humano. Es comparable con un monstruo de mil cabezas, la hidra o de una metástasis galopante, el cáncer. Para exterminar la hidra es imperioso acabar con todas sus cabezas, de no ser así, al extirpársele parcialmente, nacerán otras más numerosas, fortificadas, inmunizadas contra aquello que hizo posible la amputación parcial. En lo referente al cáncer, estamos frente a un problema semejante. Urge extirpar el cáncer en su totalidad, porque de no ser así, habrá brotes más numerosos por todas las partes del cuerpo.
La corrupción, en un cuerpo social, es exactamente igual, hay que extirparla totalmente. Si se hace como cosas y casos aislados, indefectiblemente, el o los sujetos generadores siempre estarán a la espera de una posibilidad para introducir sus ponzoñas y así desarrollar sus tentáculos hasta aniquilar todo el cuerpo social.
Durante la última mitad del siglo XIX, el Dr. Justo Arosemena escribió su obra "Catecismo de Etica y Moral", estamos hablando de poco más de siglo y medio. Esa obra fue motivada por la apreciación del momento donde ya se estaba sintiendo la corrupción, no porque el cuerpo social vivía momentos de excelsa moral. Durante los primeros 50 años de vida republicana, debemos aceptar con claridad meridiana que Panamá vivía momentos de corrupción colectiva en muchos aspectos; sin embargo, del año 1968 en adelante, la corrupción registró grados extremos de voracidad. La corrupción se institucionalizó, se convirtió en un sistema, había que ser corrupto, para participar del halago del poder. Si no se era corrupto, se le corrompía primero, para luego utilizarlo, porque había que tener su voluntad dentro de un puño.
En los estrados gubernamentales y en términos generales, la corrupción ha sido notoriamente pública en dos direcciones: La fiscal y la política.
En el pasado hubo gobernantes inmaculados desde el punto de vista del manejo de la cosa pública, pero corruptos, de corrupción absoluta desde el punto de vista político. Pero la corrupción que como dije antes está inmersa en el género humano, invade muchos otros campos, porque surge con irracional fuerza la acción del corruptor para corromper a quien acecha para tenerlo a buen recaudo.
El niño ve la corrupción desde la cuna, se tropieza nuevamente en las aulas escolares, la palpa en la calle, y hasta en la Iglesia misma se ve a cada instante casos de corrupción y no es porque sea la escuela, ni la calle, ni la iglesia, sino porque es consustancial con el género humano. Está en todas partes, en todas partes nace, crece y se desarrolla.
Impulsar un proyecto fundamentándose en las coimas es un acto de corrupción, pero bloquear un proyecto bueno por motivos políticos, también es un acto de corrupción y este caso es uno de los más generalizados, porque postergan el bien común y anteponen el ego personal.
¿Qué se puede hacer ante esta situación tan compleja y desafortunada? Claro que la respuesta sería erradicarla. ¿Pero cómo se podría lograr? Es la respuesta más difícil del mundo, porque el cuerpo social se desarrolla tan diversamente y en tantas direcciones que para lograrlo se tendría que comenzar con un mea culpa, después un acuerdo nacional en donde estén todos los integrantes del cuerpo social para estar dispuestos a exhibir públicamente a quien lo incumpla. Sería un proceso remoralizador, resocializador, sea del partido que sea y venga de donde venga. No importa que sea de cuello y corbata. Cuando eso se haga así, el cuerpo social volverá por los caminos de la integridad, del honor, de la verdad y la justicia. Así volverá también la justicia por los senderos para los cuales surgió y desaparecerá todo vestigio de falta de fe y desde luego se volverá a creer en la justicia, en los hombres y en los partidos.
La corrupción, en un cuerpo social, es exactamente igual, hay que extirparla totalmente. Si se hace como cosas y casos aislados, indefectiblemente, el o los sujetos generadores siempre estarán a la espera de una posibilidad para introducir sus ponzoñas y así desarrollar sus tentáculos hasta aniquilar todo el cuerpo social.
Durante la última mitad del siglo XIX, el Dr. Justo Arosemena escribió su obra "Catecismo de Etica y Moral", estamos hablando de poco más de siglo y medio. Esa obra fue motivada por la apreciación del momento donde ya se estaba sintiendo la corrupción, no porque el cuerpo social vivía momentos de excelsa moral. Durante los primeros 50 años de vida republicana, debemos aceptar con claridad meridiana que Panamá vivía momentos de corrupción colectiva en muchos aspectos; sin embargo, del año 1968 en adelante, la corrupción registró grados extremos de voracidad. La corrupción se institucionalizó, se convirtió en un sistema, había que ser corrupto, para participar del halago del poder. Si no se era corrupto, se le corrompía primero, para luego utilizarlo, porque había que tener su voluntad dentro de un puño.
En los estrados gubernamentales y en términos generales, la corrupción ha sido notoriamente pública en dos direcciones: La fiscal y la política.
En el pasado hubo gobernantes inmaculados desde el punto de vista del manejo de la cosa pública, pero corruptos, de corrupción absoluta desde el punto de vista político. Pero la corrupción que como dije antes está inmersa en el género humano, invade muchos otros campos, porque surge con irracional fuerza la acción del corruptor para corromper a quien acecha para tenerlo a buen recaudo.
El niño ve la corrupción desde la cuna, se tropieza nuevamente en las aulas escolares, la palpa en la calle, y hasta en la Iglesia misma se ve a cada instante casos de corrupción y no es porque sea la escuela, ni la calle, ni la iglesia, sino porque es consustancial con el género humano. Está en todas partes, en todas partes nace, crece y se desarrolla.
Impulsar un proyecto fundamentándose en las coimas es un acto de corrupción, pero bloquear un proyecto bueno por motivos políticos, también es un acto de corrupción y este caso es uno de los más generalizados, porque postergan el bien común y anteponen el ego personal.
¿Qué se puede hacer ante esta situación tan compleja y desafortunada? Claro que la respuesta sería erradicarla. ¿Pero cómo se podría lograr? Es la respuesta más difícil del mundo, porque el cuerpo social se desarrolla tan diversamente y en tantas direcciones que para lograrlo se tendría que comenzar con un mea culpa, después un acuerdo nacional en donde estén todos los integrantes del cuerpo social para estar dispuestos a exhibir públicamente a quien lo incumpla. Sería un proceso remoralizador, resocializador, sea del partido que sea y venga de donde venga. No importa que sea de cuello y corbata. Cuando eso se haga así, el cuerpo social volverá por los caminos de la integridad, del honor, de la verdad y la justicia. Así volverá también la justicia por los senderos para los cuales surgió y desaparecerá todo vestigio de falta de fe y desde luego se volverá a creer en la justicia, en los hombres y en los partidos.