La coyuntura histórica de la OMC
La era del libre comercio internacional, aunque alentada por Gran Bretaña en el siglo XIX, nació al final de la Segunda Guerra Mundial. En su famosa historia de la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill reflexionó sobre los errores cometidos por los poderes victoriosos de la Primera Guerra Mundial y aconsejó a los victoriosos de la Segunda, que fueran magnánimos con los vencidos. Ese sabio consejo fue seguido por la administración Truman, la cual implementó el Plan Marshall que hizo posible la reconstrucción de la Europa Occidental devastada. Los aliados de la Segunda Guerra Mundial también crearon tres instituciones que favorecieron el libre comercio y el desarrollo internacional: el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial que quedaron a cargo de preservar la estabilidad de los sistemas financieros del mundo y cooperar con la expansión económica de las naciones en desarrollo. A la Organización Mundial del Comercio (OMC) se le encomendó la tarea de eliminar las barreras al libre comercio internacional.
La OMC casi que murió al nacer, víctima de un abandono creciente en el Senado de los Estados Unidos. Por otra parte, el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio) creado en 1947 como un conjunto de reglas que sirvió durante 48 años como fuente de las normas más influyentes en el comercio internacional. Desde un punto de vista cuantitativo, el GATT logró mucho: redujo significativamente los aranceles y las barreras no arancelarias incrementó drásticamente el número y el volumen de las mercancías libremente comerciadas, y trajo cambios importantes en los estándares de equidad y justicia que gobiernan el comercio internacional.
En mi opinión, el GATT, además de ser el primer acuerdo multinacional que transformó en derecho viviente las antiguas aspiraciones del comercio a una equidad universal y a un trato justo, devolvió la vida a la OMC.
El historiador R. Ohrenstein, en un profundo ensayo sobre la historia del pensamiento económico, apuntó el paralelismo obvio entre el pensamiento económico liberal y la moral filosófica. La famosa sátira de Bernard de Madevilles "La fábula de las abejas", de considerable influencia sobre "La Riqueza de las naciones" de Adam Smith, señala la paradoja de que las "partes directamente opuestas se asisten mutuamente como por despecho". Para Adam Smith, cuando el individuo "persigue su propio interés, frecuentemente promueve el de la sociedad".
El mensaje común de los filósofos morales y economistas es que existe la posibilidad de que hay bien en el mal y mal en el bien. Con la mejor de las intenciones, muchos de nosotros tratamos de hacer el bien otorgando libertades o privilegios cuando una prohibición hubiera efectuado lo mejor. El tribalismo y el globalismo no son necesariamente fuerzas contradictorias. El antiguo dilema del sabio pensador judío "Si yo no me beneficio a mi mismo ¿quién lo hará por mí? y si yo sólo me beneficio a mi mismo, ¿quién soy yo?", está presente en cada decisión de ceder posesiones individuales o nacionales. Sin embargo, este dilema desaparece una vez que uno adquiere un interés significativo en el bienestar del vecino o viceversa porque, a partir de ese momento, el interés individual o nacional requerirá que yo me preocupe por mi vecino y lo beneficie, y viceversa.
El modelo de globalización que busca la OVC supone que cada nación retiene su libertad de perseguir sus propios intereses nacionales. No obstante, está sujeto a las restricciones impuestas por el bien común sobre comercio, inversiones, servicios y uso del medio ambiente.
En el nuevo mundo de un mercado global altamente competitivo, las naciones individuales, viejas y nuevas, tienen su mejor oportunidad de competir efectivamente mediante la adhesión a tratados regionales de comercio que aprovechen los recursos existentes en su propia región. El comercio siempre ha sido mejor alternativa para la supervivencia del hombre que la guerra. Es bastante posible que la fórmula de libre comercio comprendida en los acuerdos de la OMC, pueda ser la llave hacia un futuro más pacífico y próspero para toda la humanidad.
El libre comercio, admitámoslo, es un logro menos dramático que la libertad política y religiosa proclamada en el siglo XIX. No obstante, nosotros quizá estamos atestiguando una callada revolución de igual impacto en la historia de la humanidad. Si esta revolución tiene éxito, podrá proveer a la humanidad de la primera y más realista oportunidad de un desarrollo económico sin necesidad de guerras ni de violencia social.
La OMC casi que murió al nacer, víctima de un abandono creciente en el Senado de los Estados Unidos. Por otra parte, el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio) creado en 1947 como un conjunto de reglas que sirvió durante 48 años como fuente de las normas más influyentes en el comercio internacional. Desde un punto de vista cuantitativo, el GATT logró mucho: redujo significativamente los aranceles y las barreras no arancelarias incrementó drásticamente el número y el volumen de las mercancías libremente comerciadas, y trajo cambios importantes en los estándares de equidad y justicia que gobiernan el comercio internacional.
En mi opinión, el GATT, además de ser el primer acuerdo multinacional que transformó en derecho viviente las antiguas aspiraciones del comercio a una equidad universal y a un trato justo, devolvió la vida a la OMC.
El historiador R. Ohrenstein, en un profundo ensayo sobre la historia del pensamiento económico, apuntó el paralelismo obvio entre el pensamiento económico liberal y la moral filosófica. La famosa sátira de Bernard de Madevilles "La fábula de las abejas", de considerable influencia sobre "La Riqueza de las naciones" de Adam Smith, señala la paradoja de que las "partes directamente opuestas se asisten mutuamente como por despecho". Para Adam Smith, cuando el individuo "persigue su propio interés, frecuentemente promueve el de la sociedad".
El mensaje común de los filósofos morales y economistas es que existe la posibilidad de que hay bien en el mal y mal en el bien. Con la mejor de las intenciones, muchos de nosotros tratamos de hacer el bien otorgando libertades o privilegios cuando una prohibición hubiera efectuado lo mejor. El tribalismo y el globalismo no son necesariamente fuerzas contradictorias. El antiguo dilema del sabio pensador judío "Si yo no me beneficio a mi mismo ¿quién lo hará por mí? y si yo sólo me beneficio a mi mismo, ¿quién soy yo?", está presente en cada decisión de ceder posesiones individuales o nacionales. Sin embargo, este dilema desaparece una vez que uno adquiere un interés significativo en el bienestar del vecino o viceversa porque, a partir de ese momento, el interés individual o nacional requerirá que yo me preocupe por mi vecino y lo beneficie, y viceversa.
El modelo de globalización que busca la OVC supone que cada nación retiene su libertad de perseguir sus propios intereses nacionales. No obstante, está sujeto a las restricciones impuestas por el bien común sobre comercio, inversiones, servicios y uso del medio ambiente.
En el nuevo mundo de un mercado global altamente competitivo, las naciones individuales, viejas y nuevas, tienen su mejor oportunidad de competir efectivamente mediante la adhesión a tratados regionales de comercio que aprovechen los recursos existentes en su propia región. El comercio siempre ha sido mejor alternativa para la supervivencia del hombre que la guerra. Es bastante posible que la fórmula de libre comercio comprendida en los acuerdos de la OMC, pueda ser la llave hacia un futuro más pacífico y próspero para toda la humanidad.
El libre comercio, admitámoslo, es un logro menos dramático que la libertad política y religiosa proclamada en el siglo XIX. No obstante, nosotros quizá estamos atestiguando una callada revolución de igual impacto en la historia de la humanidad. Si esta revolución tiene éxito, podrá proveer a la humanidad de la primera y más realista oportunidad de un desarrollo económico sin necesidad de guerras ni de violencia social.