La crisis actual representa un desafío urgente
No hay margen ni espacio alguno para las especulaciones o las aspiraciones meramente sectoriales. Se trata de garantizar lo esencial, que es la democracia y la paz social, y de empezar a reconstruir un país que hoy está virtualmente desacreditado por las constantes pugnas entre los diferentes sectores políticos.
La tarea es enorme. Y requiere respuestas urgentes. Es un desafío para todos, porque de la habilidad con la que se enfrente depende nada menos que el presente y el futuro del país. Es absolutamente fundamental que se encuentren los mecanismos institucionales adecuados para regenerar la autoridad y poner manos a la obra. Debe hacerse con toda celeridad, pero también con la prudencia y la mesura que exige una hora tan difícil. Es necesario que se comprenda que los atajos demagógicos no conducen a ningún lado. Hace falta un gran acuerdo nacional para empezar a remontar la cuesta. Se necesita una fuerte dosis de compromiso, y a la vez de flexibilidad, para encontrar coincidencias esenciales, más allá del sano diseño en un sistema democrático que se debe preservar y reforzar a toda costa.
La ciudadanía panameña ha dado sobradas muestras de saturación y hartazgo. Sería una simplificación definir ese estado de ánimo como una reacción exclusivamente apuntada contra el gobierno nacional, ya que hay un reproche total contra toda la clase política. El país está en un punto de inflexión. Las cosas pueden cambiar, pero para ello hace falta decisión, comprensión de la gravedad de la crisis, consenso, liderazgo, capacidad y sacrificio de la dirigencia en su conjunto.
Se ha llegado hasta aquí por una combinación de múltiples factores. Quizá no sea la oportunidad de ensayar juicios históricos, pero sí debe advertirse que en la crisis inciden errores actuales y pretéritos y que ningún diagnóstico puede reducirse a simplificaciones ni miradas unívocas. Lo que está en juego, como se dijo, es el destino del país. No es una definición grandilocuente sino apenas una descripción de la situación que se vive.
El tema es que ello sea comprendido así y que se asuman las actitudes que hacen falta para construir un futuro mejor.
La tarea es enorme. Y requiere respuestas urgentes. Es un desafío para todos, porque de la habilidad con la que se enfrente depende nada menos que el presente y el futuro del país. Es absolutamente fundamental que se encuentren los mecanismos institucionales adecuados para regenerar la autoridad y poner manos a la obra. Debe hacerse con toda celeridad, pero también con la prudencia y la mesura que exige una hora tan difícil. Es necesario que se comprenda que los atajos demagógicos no conducen a ningún lado. Hace falta un gran acuerdo nacional para empezar a remontar la cuesta. Se necesita una fuerte dosis de compromiso, y a la vez de flexibilidad, para encontrar coincidencias esenciales, más allá del sano diseño en un sistema democrático que se debe preservar y reforzar a toda costa.
La ciudadanía panameña ha dado sobradas muestras de saturación y hartazgo. Sería una simplificación definir ese estado de ánimo como una reacción exclusivamente apuntada contra el gobierno nacional, ya que hay un reproche total contra toda la clase política. El país está en un punto de inflexión. Las cosas pueden cambiar, pero para ello hace falta decisión, comprensión de la gravedad de la crisis, consenso, liderazgo, capacidad y sacrificio de la dirigencia en su conjunto.
Se ha llegado hasta aquí por una combinación de múltiples factores. Quizá no sea la oportunidad de ensayar juicios históricos, pero sí debe advertirse que en la crisis inciden errores actuales y pretéritos y que ningún diagnóstico puede reducirse a simplificaciones ni miradas unívocas. Lo que está en juego, como se dijo, es el destino del país. No es una definición grandilocuente sino apenas una descripción de la situación que se vive.
El tema es que ello sea comprendido así y que se asuman las actitudes que hacen falta para construir un futuro mejor.