La crisis de Honduras
No hay la menor duda de que en Honduras existe una gran polarización en su población.
En lo interno del país centroamericano existen muchas dudas en cuanto a la legitimidad de Zelaya, así como del ocupante del Poder Ejecutivo. Frente a las acusaciones de que Zelaya había violado la Constitución se actuó con gran torpeza. No contando él con la simpatía de la Corte (que lo halló violador de la Constitución), la Asamblea, el ejército, la empresa privada y la Iglesia católica, entre otros, bien pudo ser juzgado por las autoridades competentes; y, en el caso de ser encontrado culpable de los delitos imputados, haberlo condenado sin haber tenido que expulsarlo violentamente del país. La comunidad internacional, con razón, censuró acremente el despojo y le brindó total respaldo a Zelaya.
Cuando hay un conflicto, por lo regular, siempre se busca una salida para superarlo, alguien con autoridad. En este caso nos parece que el señor Insulza, secretario general de la OEA se dejó llevar por la presión de los países populistas y se ubicó en una posición con muy escaso margen de negociación como un posible mediador.
Ante el panorama que se presenta por la intolerancia de ambas partes y el señor Insulza descalificado por la actitud que asumió al hacerse parte del problema y no de su solución, sólo queda un país y ese es Panamá, que puede servir de mediador entre las fuerzas en pugna.
Pareciera ser que la salida para lograr la paz hondureña pudiera ser:
1. Nombrar una Junta Provisional que tenga la simpatía y el respeto del país y que sea garantía tanto para Zelaya como para todas las instituciones.
2. Adelantar las elecciones generales para fines de agosto o principios de septiembre.
3. La renuncia del actual Presidente y de la cúpula militar.
Podrían ser estas las bases, a mi juicio, que pudieran llevar a buscar una salida democrática ante esta grave situación.
Si por otro lado, el presidente Zelaya volviera al poder, no tendría el respaldo de las distintas instituciones en su país, lo cual lo haría ingobernable. Tendría, pues, que convertirse en un dictador acabando con todas las fuerzas organizadas, que le son adversas y que representan, según observadores imparciales, no del secretariado de la OEA, cerca del 60% de la población.
La OEA, lamentablemente, como en otras ocasiones, no ha servido para nada (no ha logrado una solución a la crisis); su defensa de la democracia ha sido un fracaso. Siempre ha actuado ella por cálculo y por presiones.