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La crisis de los partidos en el Perú


Invariablemente, la crisis peruana se analiza desde una perspectiva que sólo enfrenta la dicotomía autoritarismo - democracia, como nociones políticas excluyentes. Con el objeto de ofrecer una visión integral de la crisis, intentemos examinar la crisis desde otra vertiente, incluyendo también la responsabilidad que incumbe a los partidos políticos históricos en el génesis del escenario iniciado en 1990.
En 1929, después del derrocamiento del presidente Augusto B. Leguía, el Perú inició un profundo proceso de reconstrucción política. Desaparecieron los viejos partidos políticos y surgieron nuevos. Verbigratia, murió de muerte natural el partido civilista, representativo de la derecha histórica, que instauró la "república aristocrática". Aparecieron el Partido Aprista en 1926, y el Partido Comunista, llamado socialista por táctica de Mariátegui. Y luego otras formaciones después de los cincuenta.
Mutatis mutandis, el Perú de 2000 tiene similitudes con el Perú de l929. Los partidos históricos, el Apra, Acción Popular, las ramas de la Izquierda Unida y la democracia cristiana, son como aquellos grupos que perecieron con el leguismo. Su defunción tiene el epitafio de su votación liliputiense. Mientras cambia el mundo, los partidos peruanos siguen anclados en el pasado y no aciertan en encontrar la fórmula de su aggionarmiento ideológico y programático. No han emprendido una autocrítica; fueron arrollados por el desborde popular; han perdido credibilidad ante las masas. . Por todo eso los reemplazan los políticos sin partido.
Esta inercia fue aprovechada a partir de 1990 por dirigentes desideologizados como Alberto Fujimori, Alberto Andrade, Luis Castañeda y Alejandro Toledo. De esta manera, la carencia de mensajes ideológicos, la improvisación de programas, exacerban la soledad política del Perú.
Si los partidos históricos se hubieran reubicado a principios de los 90, con una doctrina actualizada y un programa a la altura de las nuevas realidades económico- sociales, no existirían los caudillos procreados por el vacío ideológico. Los caudillos empíricos son generados por la atonía de los partidos; los caudillos empíricos aprovechan el desfase de los partidos, tal como acontece en Perú y Venezuela. El derrumbe del Apra y Acción Democrática, engendraron las antítesis Fujimori y Chávez.
Avasallados por el empirismo antipartido, los partidos históricos siguen persistiendo en tácticas electoralistas en vez de plantearse autocríticamente dónde fue que fallaron y qué deben hacer para recuperar la credibilidad popular. En todas partes, los partidos encaran crisis cíclicas. Pero en Europa Occidental, los partidos social demócratas de Alemania, Francia y España y el laborismo británico arrojaron por la borda sus lastres ideológicos y programáticos y renovaron sus cuadros. La mayoría de partidos latinoamericanos tienen posiciones de la primera revolución industrial. Haya de la Torre preparó bases flexibles para el cambio doctrinario adhiriendo al principio del relativismo, pero los dirigentes apristan carecen de creatividad ideológica. Izquierda Unida no se recupera, después del descalabro mundial del comunismo soviético. Acción Popular no encuentra entre los relevos generacionales un dirigente con el carisma político de Fernando Belaúnde Terry. La democracia cristiana fue y seguirá siendo una élite política. El Perú es un páramo político, huérfano de organizaciones cohesionadas, por el fracaso de los partidos en satisfacer las demandas económicas y sociales. Fujimori ya agotó el modelo económico de privatizaciones y de inversiones extranjeras, con un saldo final de recesión y desempleo. Por la vía de la ortodoxia económica no llega a cubrir el hoyo negro de la recesión que tiene a los bancos agobiados por préstamos que no recuperan porque no hay compradores para la producción de bienes de consumo. Le quedan vías populistas, de inversión estatal en obras públicas, que no le agradan al FMI.
Ante el fracaso de la mediación de la OEA, la crisis peruana regresará a sus fuentes internas; sin embargo hay que tomar en cuenta que la crispación de las frustraciones sociales, podría recrear el caldo de cultivo subversivo, con agregados inéditos de inestabilidad política, si no se adoptan medidas audaces de recomposición económica. Don Nicolás de Piérola, el Califa, el legendario jefe de las montoneras peruanas, dijo una frase que ahora podría repetirse fatídicamente: " Cuando se cierran las puertas de la legalidad, se abren las puertas de la violencia"

101 años de Panamá América

 
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