La crisis de los partidos políticos
Es un hecho que no escapa a la atención hasta del observador más desprevenido que las organizaciones partidarias contemporáneas están experimentando una profunda crisis de legitimidad, que en ocasiones se erige como un obstáculo a la consolidación del sistema democrático.
El fenómeno apuntado es ciertamente preocupante puesto que no se concibe un régimen democrático sin la activa y espontánea presencia de los partidos políticos, los cuales tienen la suprema responsabilidad de expresar el pluralismo ideológico, a la vez que servir de vehículo para la formación y manifestación de la voluntad ciudadana.
Sin devaluar el apreciable y necesario concurso que tienen los componentes de la sociedad civil en el manejo de los asuntos que interesan al bien común, es claro que a las organizaciones partidarias les corresponde cumplir un rol fundamental en el fortalecimiento de la democracia.
Las manifestaciones de desarraigo que afectan a los partidos políticos han dado ocasión para que, de cuando en cuando, aparezcan mensajes que promueven la antipolítica como bandera. Es innegable que dentro del desconcierto que se da en el seno de la sociedad moderna, las posiciones que promueven el ataque a las organizaciones políticas despierta fugaces encantos, debido a que lamentablemente los partidos, en su praxis, con cierta frecuencia son teatros de ambiciones desmedidas y oportunistas que dejan a un lado los verdaderos intereses nacionales.
La antipolítica es comprensible como expresión crítica hacia la actuación de la partidocracia. Empero, desde un punto de vista institucional las corrientes que promueven su difusión en lugar de edificar y robustecer la democracia la debilitan peligrosamente, ya que contribuyen a alejar valiosos elementos que con su participación en los partidos políticos pueden contribuir a dotar a éstos de entusiasmo y novedad en las ideas.
La preservación del régimen democrático reclama la presencia de organizaciones partidistas fuertes para aglutinar la participación creativa de los ciudadanos en los asuntos públicos. Por ello es que resulta imperativo que las estructuras de los partidos políticos reconozcan la necesidad de conservar un ambiente de permeabilidad con la sociedad civil que brinde oportunidades reales de incorporación de nuevos activistas.
El elevado número de personas no afiliadas a los partidos políticos lejos de constituir un símbolo del cual nos podamos enorgullecer, representa realmente la dramática expresión de esta crisis que nos compromete a todos, y en especial a quienes participan en la vida política, en la urgente tarea de construir espacios de participación, pues, no cabe duda que en la Democracia la lucha se desarrolla dentro del sistema y no fuera de él.
El fenómeno apuntado es ciertamente preocupante puesto que no se concibe un régimen democrático sin la activa y espontánea presencia de los partidos políticos, los cuales tienen la suprema responsabilidad de expresar el pluralismo ideológico, a la vez que servir de vehículo para la formación y manifestación de la voluntad ciudadana.
Sin devaluar el apreciable y necesario concurso que tienen los componentes de la sociedad civil en el manejo de los asuntos que interesan al bien común, es claro que a las organizaciones partidarias les corresponde cumplir un rol fundamental en el fortalecimiento de la democracia.
Las manifestaciones de desarraigo que afectan a los partidos políticos han dado ocasión para que, de cuando en cuando, aparezcan mensajes que promueven la antipolítica como bandera. Es innegable que dentro del desconcierto que se da en el seno de la sociedad moderna, las posiciones que promueven el ataque a las organizaciones políticas despierta fugaces encantos, debido a que lamentablemente los partidos, en su praxis, con cierta frecuencia son teatros de ambiciones desmedidas y oportunistas que dejan a un lado los verdaderos intereses nacionales.
La antipolítica es comprensible como expresión crítica hacia la actuación de la partidocracia. Empero, desde un punto de vista institucional las corrientes que promueven su difusión en lugar de edificar y robustecer la democracia la debilitan peligrosamente, ya que contribuyen a alejar valiosos elementos que con su participación en los partidos políticos pueden contribuir a dotar a éstos de entusiasmo y novedad en las ideas.
La preservación del régimen democrático reclama la presencia de organizaciones partidistas fuertes para aglutinar la participación creativa de los ciudadanos en los asuntos públicos. Por ello es que resulta imperativo que las estructuras de los partidos políticos reconozcan la necesidad de conservar un ambiente de permeabilidad con la sociedad civil que brinde oportunidades reales de incorporación de nuevos activistas.
El elevado número de personas no afiliadas a los partidos políticos lejos de constituir un símbolo del cual nos podamos enorgullecer, representa realmente la dramática expresión de esta crisis que nos compromete a todos, y en especial a quienes participan en la vida política, en la urgente tarea de construir espacios de participación, pues, no cabe duda que en la Democracia la lucha se desarrolla dentro del sistema y no fuera de él.