La crisis de Panamá es estratégica
Aunque Panamá está sufriendo una crisis coyuntural, lo que en realidad acontece es la expresión de una grave crisis estratégica. (Para los lectores más modestos, el fenómeno coyuntural puede variar en tiempos relativamente cortos, inclusive, de un día para otro, como un cambio de Gabinete de Ministros). Pero lo relacionado con lo estratégico es cuestión de etapas, más o menos largas; son etapas históricas.
Nuestra historia marca, entre otras, la etapa que comienza en 1821, independencia de España y unión a la Gran Colombia. Fue la primera república, la cual culminó en 1903, cuando se abre la etapa de la segunda república -mediatizada por el "Panama-Cede"-. El objetivo estratégico de entonces fue: "Alcanzar por fin la victoria", pero sin enclave colonial y con una sola bandera.
En diciembre de 1999 concluye jurídicamente esa etapa, que además coincide con el siglo 21 y con tremendos cambios mundiales, producidos por la Revolución Tecno-científica, además de la unipolaridad política bélica de EEUU en el mundo, tras la caída del sistema comunista internacional. En esta nueva etapa amanece la tercera república.
Por tanto de lo que se trata en Panamá, no es un asunto coyuntural de cambio de Gabinete, o de alzar o bajar aranceles... En esencia, y en términos socio-políticos e históricos, el problema consiste en la necesidad imperativa de construir la tercera república, sobre la base de todo lo que hemos acumulado desde 1821 y frente a los embates de la denominada globalización, manejada por los enormes conglomerados, de los siete países bendecidos del mundo, por la buena suerte de su capitalismo "salvaje" (ha dicho el Papa).
Pero, ¿qué ocurre? Sencillamente que las fuerzas políticas dominantes de los partidos tradicionales, no fueron las que batallaron por esta nueva independencia, ni por liquidar el enclave colonial, ni la cultura de la dependencia, ni por dar a cada campesino un trozo de tierra, ni a cada indígena su autonomía. Esas fuerzas populares, aquellos sectores revolucionarios, de izquierda y de una intelectualidad progresista, desde los días de la poetisa de la nacionalidad Amelia Denis de Icaza, y del poeta Blásquez de Pedro; ellos no son los que gobiernan.
Desde 1989, los gobiernos patronales han tenido como objetivo real estrechos intereses, y por eso ahora los publicistas destacan que, fruto de ello, Panamá es uno de los países donde el abismo entre ricos y pobres es precisamente más abismal. Desde luego es la naturaleza del actual sistema socioeconómico, agravado por todas las enfermedades del posmodernismo mundial.
Hoy las fuerzas políticas dominantes no tienen la calidad, la voluntad, la sapiencia, la previsión, el genio necesarios para entrar en la nueva etapa histórica. Sus líderes y elites no pudieron formular un plan estratégico general para la nueva etapa, cuando de pronto, Panamá no sólo obtenía su total independencia, sino que se adueñaba del Canal Interoceánico y de todas las infraestructuras y bienes de lo que fue una colonia norteamericana, de cosas del primer mundo, de incalculable valor y precio. Esto nunca había ocurrido en Latinoamérica.
A los sectores dominantes de la economía les sucedió igual que al buhonero pobre, que un viernes se ganó el Gordito del Zodíaco. No supo qué hacer y se emborrachó "estratégicamente"...
Los partidos políticos, en realidad, listas de adherentes, si bien escrituraron programas mágicos, jamás tuvieron una verdadera línea estratégica. Esa línea la recibían de las IFIS, BID y similares. Tampoco se interesaron en la formación de cuadros, sin los cuales no puede haber tampoco planes. Se dedicaron y se dedican a la pura politiquería. Por eso, hoy, Panamá, bajo todas las presiones locales e imperiales, puede correr el riesgo de una involución, una terrible vuelta atrás, frente a los peligros que nos amenazan.
Pero además, ni los partidos y fuerzas patronales, ni los movimientos y fuerzas populares -tenemos que aceptarlo- están en las condiciones de dar respuesta a la presente crisis estratégica, sobre todo, porque la invasión norteamericana de 1989 mató muchas más cosas de las conocidas. Por eso es la crisis.
Esta crisis puede parir una involución política, cultural y ética, pero también ser aprovechada por las variadas y dispersas fuerzas de la izquierda y de los sectores progresistas, que por diversas razones están inmersos en los torrentes de los partidos y corporaciones patronales, para crear un gran movimiento alternativo, que corresponde a las exigencias estratégicas de la nueva etapa. Ya las tradicionales fuerzas políticas han caducado en el mundo.
Nuestra historia marca, entre otras, la etapa que comienza en 1821, independencia de España y unión a la Gran Colombia. Fue la primera república, la cual culminó en 1903, cuando se abre la etapa de la segunda república -mediatizada por el "Panama-Cede"-. El objetivo estratégico de entonces fue: "Alcanzar por fin la victoria", pero sin enclave colonial y con una sola bandera.
En diciembre de 1999 concluye jurídicamente esa etapa, que además coincide con el siglo 21 y con tremendos cambios mundiales, producidos por la Revolución Tecno-científica, además de la unipolaridad política bélica de EEUU en el mundo, tras la caída del sistema comunista internacional. En esta nueva etapa amanece la tercera república.
Por tanto de lo que se trata en Panamá, no es un asunto coyuntural de cambio de Gabinete, o de alzar o bajar aranceles... En esencia, y en términos socio-políticos e históricos, el problema consiste en la necesidad imperativa de construir la tercera república, sobre la base de todo lo que hemos acumulado desde 1821 y frente a los embates de la denominada globalización, manejada por los enormes conglomerados, de los siete países bendecidos del mundo, por la buena suerte de su capitalismo "salvaje" (ha dicho el Papa).
Pero, ¿qué ocurre? Sencillamente que las fuerzas políticas dominantes de los partidos tradicionales, no fueron las que batallaron por esta nueva independencia, ni por liquidar el enclave colonial, ni la cultura de la dependencia, ni por dar a cada campesino un trozo de tierra, ni a cada indígena su autonomía. Esas fuerzas populares, aquellos sectores revolucionarios, de izquierda y de una intelectualidad progresista, desde los días de la poetisa de la nacionalidad Amelia Denis de Icaza, y del poeta Blásquez de Pedro; ellos no son los que gobiernan.
Desde 1989, los gobiernos patronales han tenido como objetivo real estrechos intereses, y por eso ahora los publicistas destacan que, fruto de ello, Panamá es uno de los países donde el abismo entre ricos y pobres es precisamente más abismal. Desde luego es la naturaleza del actual sistema socioeconómico, agravado por todas las enfermedades del posmodernismo mundial.
Hoy las fuerzas políticas dominantes no tienen la calidad, la voluntad, la sapiencia, la previsión, el genio necesarios para entrar en la nueva etapa histórica. Sus líderes y elites no pudieron formular un plan estratégico general para la nueva etapa, cuando de pronto, Panamá no sólo obtenía su total independencia, sino que se adueñaba del Canal Interoceánico y de todas las infraestructuras y bienes de lo que fue una colonia norteamericana, de cosas del primer mundo, de incalculable valor y precio. Esto nunca había ocurrido en Latinoamérica.
A los sectores dominantes de la economía les sucedió igual que al buhonero pobre, que un viernes se ganó el Gordito del Zodíaco. No supo qué hacer y se emborrachó "estratégicamente"...
Los partidos políticos, en realidad, listas de adherentes, si bien escrituraron programas mágicos, jamás tuvieron una verdadera línea estratégica. Esa línea la recibían de las IFIS, BID y similares. Tampoco se interesaron en la formación de cuadros, sin los cuales no puede haber tampoco planes. Se dedicaron y se dedican a la pura politiquería. Por eso, hoy, Panamá, bajo todas las presiones locales e imperiales, puede correr el riesgo de una involución, una terrible vuelta atrás, frente a los peligros que nos amenazan.
Pero además, ni los partidos y fuerzas patronales, ni los movimientos y fuerzas populares -tenemos que aceptarlo- están en las condiciones de dar respuesta a la presente crisis estratégica, sobre todo, porque la invasión norteamericana de 1989 mató muchas más cosas de las conocidas. Por eso es la crisis.
Esta crisis puede parir una involución política, cultural y ética, pero también ser aprovechada por las variadas y dispersas fuerzas de la izquierda y de los sectores progresistas, que por diversas razones están inmersos en los torrentes de los partidos y corporaciones patronales, para crear un gran movimiento alternativo, que corresponde a las exigencias estratégicas de la nueva etapa. Ya las tradicionales fuerzas políticas han caducado en el mundo.