La crisis del sector agropecuario (I)
Desde hace mucho tiempo, el sector agropecuario ha dado muestras de franco decrecimiento al observarse su baja contribución al Producto Interno Bruto (PIB), donde sólo marca alrededor de 7% anual, lo cual indica claramente que algo está pasando en el agro, por lo que requiere urgente un tratamiento adecuado a corto plazo que lo haga reaccionar y alcanzar niveles de producción y desarrollo como en la década del sesenta, que superamos un14%. Eso sí, este crecimiento debe darse dentro de parámetros que impliquen eficiencias y competitividad.
Mucho hemos oído hablar, en una forma folclórica y romántica, a nuestros políticos criollos, quienes vociferan demagógicamente sin fundamento alguno las gestiones que hacen en forma aislada para paliar los problemas que atraviesa el sector, pero nunca hemos escuchado planteamientos que busquen incentivar el sector a un rol protagónico en nuestra economía. Se ha querido mantener esquemas y estructuras tradicionales de producción, las que en estos momentos están haciendo crisis, al no poder dar respuestas, precisamente a las exigencias del mercado interno como externo.
Para hacer que el sector reaccione positivamente ante los nuevos retos que imperan en el mundo moderno, es preciso que existan puntos de coincidencias reales y precisos, tanto de los productores, agroindustriales y el Estado, en los cuales se analicen las ventajas comparativas con que contamos, las facilidades que tenemos, las experiencias y otros elementos necesarios para poder lograr alcanzar metas y propósitos reales en producir aquellos rubros que puedan dinamizar al agro y, al mismo tiempo, le dé a los productores el grado de tranquilidad y sostenibilidad requeridos para su bienestar y el de su familia, manteniendo en un equilibrio saludable todas las partes que intervienen en la producción agropecuaria.
No encontramos planteamientos en esa dirección, lo cual contribuye a los constantes enfrentamientos, estériles en su mayoría, que se dan entre productores, la agroindustria y el Estado, donde sólo se busca la medicina para aliviar el dolor que aflige en el momento, dejando al paciente con la enfermedad que poco a poco lo ha ido agravando.
El círculo vicioso es el mismo en cuanto a los reclamos: Precio, mercado, contrabando, bajo consumo, aranceles, etc., sin que esto permita llegar al fondo del asunto y ver la verdadera génesis de la causa o de los problemas que afloran. Tampoco permite darle al sector una nueva visión.
No sólo basta con hacer diálogos y más diálogos; lo urgente es hacer cambios estructurales dentro del Estado, que le compete la tarea de orientar, normar, fomentar y apoyar al sector a través de políticas coherentes, prácticas y facilitadoras. El otro componente de la producción agropecuaria, le toca a los productores y a la agroindustria.
Antes de la década del "70, el sector agropecuario mantenía una orientación diferente; el mismo estaba orientado hacia una producción con miras a la exportación de productos que tenían ventaja y buena capacidad productiva, sin descuidar los rubros potenciales que a futuro, después de una extensión agropecuaria formal y dinámica, pudieran lograr la calidad y competitividad requerida.
Así, productos como el azúcar, derivados del tomate, carne bovina, café, cítricos, miel de abeja y otros fuera del banano, que ya era un rubro de exportación, alcanzaron mercados foráneos con éxito, lo cual nos indica que íbamos en el camino correcto y, a la postre, podríamos agregar nuevos rubros como: frutas tropicales, maderales, vegetales y otros, dándole al sector una mayor diversidad y capacidad productiva; fuera del fortalecimiento de las asociaciones y cooperativas que florecían con pasos firmes y seguro, como lo fue el Instituto Ganadero, organismo creado para el fortalecimiento de la ganadería nacional. El esfuerzo se hizo, pero no se concluyó al emerger a nuestro suelo patrio la llamada "Revolución Octubrina", que causó gran revuelo en el sector, tanto que a la fecha aún estamos padeciendo sus efectos desastrosos como parte de esta crisis, fuera de otros factores internos y externos que nos afectan. Este trauma se dio más que todo por falta de conocimiento e hija de la improvisación, al llevar las medidas productivas al plano ideológico muy de moda en esa época.
Craso error al pensar que a los problemas del subdesarrollo del agro panameño, se les ponía fin a través de la socialización, creando figuras demagógicas y populistas de corto alcance, pero de grandes costos. Lo cómico de este asunto es que hoy se quiera remembrar los autores de esta hecatombe agraria y considerarlos como salvadores de la Patria. ¿Qué ha quedado? Por un lado, en los que creyeron en estos experimentos, alta frustración; y por otro, contribuyó a mantener un bajo perfil empresarial entre los pequeños y medianos productores.
Al analizar estos hechos, nos obliga a un replanteamiento serio del problema, sin pasionismos ni sentimentalismos de ningún tipo, ni posturas demagógicas, donde sólo debe privar la debida comprensión del sector agropecuario formando parte de una economía de mercado con todos sus pro y contra.
Analizando el alcance de las propuestas que le hacen al Ejecutivo, el "Frente Pro-rescate del Sector Agropecuario", formado por un grupo de productores de diversos rubros, hastiados de sus seudo dirigencias inoperantes y muchas al margen de la ley; notamos que dentro del pliego de 28 puntos se insiste, no sé cuál será el motivo, de que se busquen algunas medidas estatizantes y proteccionistas que en nada van a favorecer al sector, quien pide a gritos el diseño de políticas por rubro, donde se contemplen las fortalezas, debilidades, oportunidades y amenazas a corto, mediano y largo plazo de cada rubro en particular.
Considero que las posturas de nuestros productores reunidos en el frente, es el legado populista de políticas y medidas que nos enclaustraron en un mercado nacional pequeño sin ninguna visión dinamizadora y estimulante; eso sí, grandemente despilfarradoras del erario público. Sólo como ejemplo podemos mencionar la creación de ingenios, los silos del IMA perdidos, y perdiéndose en su gran mayoría la creación de instituciones como el MIDA, IMA, IDIAP, ENDEMA, ISA y otras abandonadas a su suerte, costeadas con el sudor de todos los contribuyentes, ¿en beneficio de quién? Esa es la pregunta valiosa.
Lo preocupante también es que de parte del Ejecutivo no sentimos ni vemos iniciativa alguna que redunde, precisamente, en efectuar los cambios estructurales que se necesitan hacer para brindar una mejor y mayor atención al sector.
Todo se eleva al bendito costo político que acarrearía hacer dichos cambios. El continuismo de políticas y actividades desfasadas, es lo que tiene incómodo a la gran mayoría de los productores de este país, donde cada día que pasa se va cayendo en una gran desesperanza. ¿Qué nos queda? Por una parte, la buena voluntad sin miramientos ni sentimientos adversos al pasado. Unidos, productores, agroindustriales y el Estado, en un mismo haz de voluntades, allanaría, el camino para la configuración de estrategias que converjan a un mismo fin: el mejoramiento y dinamización del sector. Eso sí, deponiendo mezquinos intereses y actitudes defensivas de grupo, los cuales sólo contribuyen a frenar y distorsionar cualquiera buena intención que busque salvar al sector agropecuario.
(continuará en próxima entrega)
Mucho hemos oído hablar, en una forma folclórica y romántica, a nuestros políticos criollos, quienes vociferan demagógicamente sin fundamento alguno las gestiones que hacen en forma aislada para paliar los problemas que atraviesa el sector, pero nunca hemos escuchado planteamientos que busquen incentivar el sector a un rol protagónico en nuestra economía. Se ha querido mantener esquemas y estructuras tradicionales de producción, las que en estos momentos están haciendo crisis, al no poder dar respuestas, precisamente a las exigencias del mercado interno como externo.
Para hacer que el sector reaccione positivamente ante los nuevos retos que imperan en el mundo moderno, es preciso que existan puntos de coincidencias reales y precisos, tanto de los productores, agroindustriales y el Estado, en los cuales se analicen las ventajas comparativas con que contamos, las facilidades que tenemos, las experiencias y otros elementos necesarios para poder lograr alcanzar metas y propósitos reales en producir aquellos rubros que puedan dinamizar al agro y, al mismo tiempo, le dé a los productores el grado de tranquilidad y sostenibilidad requeridos para su bienestar y el de su familia, manteniendo en un equilibrio saludable todas las partes que intervienen en la producción agropecuaria.
No encontramos planteamientos en esa dirección, lo cual contribuye a los constantes enfrentamientos, estériles en su mayoría, que se dan entre productores, la agroindustria y el Estado, donde sólo se busca la medicina para aliviar el dolor que aflige en el momento, dejando al paciente con la enfermedad que poco a poco lo ha ido agravando.
El círculo vicioso es el mismo en cuanto a los reclamos: Precio, mercado, contrabando, bajo consumo, aranceles, etc., sin que esto permita llegar al fondo del asunto y ver la verdadera génesis de la causa o de los problemas que afloran. Tampoco permite darle al sector una nueva visión.
No sólo basta con hacer diálogos y más diálogos; lo urgente es hacer cambios estructurales dentro del Estado, que le compete la tarea de orientar, normar, fomentar y apoyar al sector a través de políticas coherentes, prácticas y facilitadoras. El otro componente de la producción agropecuaria, le toca a los productores y a la agroindustria.
Antes de la década del "70, el sector agropecuario mantenía una orientación diferente; el mismo estaba orientado hacia una producción con miras a la exportación de productos que tenían ventaja y buena capacidad productiva, sin descuidar los rubros potenciales que a futuro, después de una extensión agropecuaria formal y dinámica, pudieran lograr la calidad y competitividad requerida.
Así, productos como el azúcar, derivados del tomate, carne bovina, café, cítricos, miel de abeja y otros fuera del banano, que ya era un rubro de exportación, alcanzaron mercados foráneos con éxito, lo cual nos indica que íbamos en el camino correcto y, a la postre, podríamos agregar nuevos rubros como: frutas tropicales, maderales, vegetales y otros, dándole al sector una mayor diversidad y capacidad productiva; fuera del fortalecimiento de las asociaciones y cooperativas que florecían con pasos firmes y seguro, como lo fue el Instituto Ganadero, organismo creado para el fortalecimiento de la ganadería nacional. El esfuerzo se hizo, pero no se concluyó al emerger a nuestro suelo patrio la llamada "Revolución Octubrina", que causó gran revuelo en el sector, tanto que a la fecha aún estamos padeciendo sus efectos desastrosos como parte de esta crisis, fuera de otros factores internos y externos que nos afectan. Este trauma se dio más que todo por falta de conocimiento e hija de la improvisación, al llevar las medidas productivas al plano ideológico muy de moda en esa época.
Craso error al pensar que a los problemas del subdesarrollo del agro panameño, se les ponía fin a través de la socialización, creando figuras demagógicas y populistas de corto alcance, pero de grandes costos. Lo cómico de este asunto es que hoy se quiera remembrar los autores de esta hecatombe agraria y considerarlos como salvadores de la Patria. ¿Qué ha quedado? Por un lado, en los que creyeron en estos experimentos, alta frustración; y por otro, contribuyó a mantener un bajo perfil empresarial entre los pequeños y medianos productores.
Al analizar estos hechos, nos obliga a un replanteamiento serio del problema, sin pasionismos ni sentimentalismos de ningún tipo, ni posturas demagógicas, donde sólo debe privar la debida comprensión del sector agropecuario formando parte de una economía de mercado con todos sus pro y contra.
Analizando el alcance de las propuestas que le hacen al Ejecutivo, el "Frente Pro-rescate del Sector Agropecuario", formado por un grupo de productores de diversos rubros, hastiados de sus seudo dirigencias inoperantes y muchas al margen de la ley; notamos que dentro del pliego de 28 puntos se insiste, no sé cuál será el motivo, de que se busquen algunas medidas estatizantes y proteccionistas que en nada van a favorecer al sector, quien pide a gritos el diseño de políticas por rubro, donde se contemplen las fortalezas, debilidades, oportunidades y amenazas a corto, mediano y largo plazo de cada rubro en particular.
Considero que las posturas de nuestros productores reunidos en el frente, es el legado populista de políticas y medidas que nos enclaustraron en un mercado nacional pequeño sin ninguna visión dinamizadora y estimulante; eso sí, grandemente despilfarradoras del erario público. Sólo como ejemplo podemos mencionar la creación de ingenios, los silos del IMA perdidos, y perdiéndose en su gran mayoría la creación de instituciones como el MIDA, IMA, IDIAP, ENDEMA, ISA y otras abandonadas a su suerte, costeadas con el sudor de todos los contribuyentes, ¿en beneficio de quién? Esa es la pregunta valiosa.
Lo preocupante también es que de parte del Ejecutivo no sentimos ni vemos iniciativa alguna que redunde, precisamente, en efectuar los cambios estructurales que se necesitan hacer para brindar una mejor y mayor atención al sector.
Todo se eleva al bendito costo político que acarrearía hacer dichos cambios. El continuismo de políticas y actividades desfasadas, es lo que tiene incómodo a la gran mayoría de los productores de este país, donde cada día que pasa se va cayendo en una gran desesperanza. ¿Qué nos queda? Por una parte, la buena voluntad sin miramientos ni sentimientos adversos al pasado. Unidos, productores, agroindustriales y el Estado, en un mismo haz de voluntades, allanaría, el camino para la configuración de estrategias que converjan a un mismo fin: el mejoramiento y dinamización del sector. Eso sí, deponiendo mezquinos intereses y actitudes defensivas de grupo, los cuales sólo contribuyen a frenar y distorsionar cualquiera buena intención que busque salvar al sector agropecuario.
(continuará en próxima entrega)