La crisis en el sindicalismo
El sindicalismo en Panamá tiene una larga trayectoria que ha pasado por diferentes etapas y le han dado a varias de sus organizaciones madurez, aunque lamentablemente no plena en todos. Algunos de los sindicatos tienen una dirigencia mediocre y otras muy pobre que hacen gala de un limitado lenguaje y posee escasa o ninguna visión de los objetivos de su gremio.
Los dirigentes sindicales en otras latitudes son hombres cultos, preparados y, por lo regular, con gran facilidad de expresión y una oratoria convincente. Aquí, salvo pocas excepciones, como apunté en artículo anterior, la norma pareciera ser muy distinta. Apelan, por lo regular, a la dialéctica de la violencia como práctica generalizada y descartan el diálogo y el análisis de los reales problemas de grupo. La grosería en el hablar y la vulgaridad de los gestos pareciera que son algo comunes en ese tipo de dirigentes que algunos sindicatos tienen. En reciente acto público había uno de éstos que gritaba desaforado con descontrol hormonal haciendo gala de una vulgaridad con que su limitado vocabulario le permite expresarse. Las gesticulaciones indecentes de este individuo a gritos eran igualmente muy censurables. En Cuba, cuya ideología política dice profesar, lo hubieran mandado, sin la menor duda, a una escuela de adaptación social.
En sus inicios el sindicalismo istmeño luchó contra la incomprensión de varios empresarios y patronos, y logró con gran esfuerzo muchas conquistas. Después, con Torrijos, se oficializaron estos beneficios. También, en un paternalismo, afortunadamente ya superado, se les dio un nuevo Código de Trabajo por el cual lucharon muy poco. Este código, posteriormente, fue ajustado a nuestra realidad y hoy día regula las relaciones entre la empresa y los trabajadores en un balance que hasta la fecha ha sido exitoso. La última etapa en la evolución del sindicalismo es la de consolidación de sus conquistas. Es aquí donde han fallado varios de los dirigentes que se han dedicado a la demagogia y a la política y no a la defensa de los legítimos intereses de sus agremiados. Allí tenemos el caso de la Caja de Seguro Social donde se trata de desviar la atención hacia los muchos problemas que ella tiene con el "fantasma" de la privatización que sólo está en la mente de ellos.
La escasez de medicinas y las largas filas desde las cuatro de la madrugada -en busca de atención médica en los distintos centros de salud- siguen afectando el buen servicio a los asegurados y esto pareciera no ser problema para ninguna dirigencia sindical. Grupos extremistas todavía gritan "los yankees afuera", como si éstos no se hubieran ido con la aplicación de los Tratados Torrijos-Carter y Panamá no ejerciera su plena y exclusiva soberanía en todo su territorio. Siguen viviendo por ignorancia o conveniencia en el siglo pasado. Buscan con sus actos violentos asustar a los pocos inversionistas que vienen a nuestro suelo con sus políticas anárquicas. Afortunadamente cuentan con escasísimo respaldo.
Para quienes creemos que un sindicalismo fuerte es uno de los pilares básicos de la democracia, es muy preocupante la disminución de la membresía afiliada a los sindicatos. Esta ha venido decayendo progresivamente desde hace muchos años y no puede darse como excusa la disminución de fuentes de trabajo.
Ella es mayor -bastantes veces más- que el desempleo. Se debe a la falta de carisma de un buen número de quienes dirigen, con criterio de beneficios personales, varios sindicatos.
En mis 21 años de Gerente General de Cervecería Nacional, S.A., tuve un sindicato muy lejos de ser amarillo, ni dócil. Sin embargo, pude con éste que tenía mayoría de edad, madurez y gran responsabilidad de resolver muchas de sus aspiraciones sin violencias ni extremismos.
Negocié y firmé cuatro convenciones colectivas situando a la Cervecería Nacional, S.A., en esa época, como un modelo de relaciones obrero-patronales. Era una empresa con alma y no una con mentalidad y caja registradora.
Pienso, ante la situación imperante hoy día, que amerita que la dirigencia muy responsable que tienen varios sindicatos y que han contribuido con sus luchas al engrandecimiento y mejoramiento de las condiciones de vida de sus afiliados y del país, hagan un autoanálisis de dónde estaba el sindicalismo en Panamá años atrás, dónde está hoy y hacia dónde va. Tienen que adoptar posturas más cónsonas con la aspiraciones de la clase trabajadora y con realidad de Panamá. Hay suficientes dirigentes en el obrerismo, serios y responsables para lograrlo.
Por obvias razones, su entorno personal y político se nutre de las opiniones de amigos de una generación que ya es pasado-algunos viven en él- y que no tienen por qué entender la realidad actual.
La experiencia de éstos es de gran valía, pero cuidado con prestarle atención a los viejos métodos, cuando hay una juventud que vota, mucha de la cual no recuerda a Endara, que hay que atraer en función del futuro y de las oportunidades para ellos en ese escenario. En los últimos años hemos dedicado mucho tiempo a pensar y diseñar el tipo de país que un gobierno de Alberto Vallarino le hubiera ofrecido a la Nación.
Muchos sectores contribuyeron desinteresadamente en ello y los resultados están allí para nutrir un proyecto político con igual o similar visión nacional. Guillermo Endara, reitero, aporta honestidad y experiencia política.
Los demás complementos, una vez se comprenda bien que no estamos en 1989, se le pueden adicionar e intentar salvar al país del marasmo en que se encuentra, devolviéndole la fe perdida a todos los que creemos que nos merecemos mejor suerte como electores.
Si esa visión se llega a plasmar como proyecto y el país comprende lo que nos estamos jugando, Guillermo Endara, puede volver a ser Presidente de una transición distinta, la de la renovación del liderazgo político con visión y sentido de Patria. Una gran tarea por delante, mi apreciado Presidente.
Los dirigentes sindicales en otras latitudes son hombres cultos, preparados y, por lo regular, con gran facilidad de expresión y una oratoria convincente. Aquí, salvo pocas excepciones, como apunté en artículo anterior, la norma pareciera ser muy distinta. Apelan, por lo regular, a la dialéctica de la violencia como práctica generalizada y descartan el diálogo y el análisis de los reales problemas de grupo. La grosería en el hablar y la vulgaridad de los gestos pareciera que son algo comunes en ese tipo de dirigentes que algunos sindicatos tienen. En reciente acto público había uno de éstos que gritaba desaforado con descontrol hormonal haciendo gala de una vulgaridad con que su limitado vocabulario le permite expresarse. Las gesticulaciones indecentes de este individuo a gritos eran igualmente muy censurables. En Cuba, cuya ideología política dice profesar, lo hubieran mandado, sin la menor duda, a una escuela de adaptación social.
En sus inicios el sindicalismo istmeño luchó contra la incomprensión de varios empresarios y patronos, y logró con gran esfuerzo muchas conquistas. Después, con Torrijos, se oficializaron estos beneficios. También, en un paternalismo, afortunadamente ya superado, se les dio un nuevo Código de Trabajo por el cual lucharon muy poco. Este código, posteriormente, fue ajustado a nuestra realidad y hoy día regula las relaciones entre la empresa y los trabajadores en un balance que hasta la fecha ha sido exitoso. La última etapa en la evolución del sindicalismo es la de consolidación de sus conquistas. Es aquí donde han fallado varios de los dirigentes que se han dedicado a la demagogia y a la política y no a la defensa de los legítimos intereses de sus agremiados. Allí tenemos el caso de la Caja de Seguro Social donde se trata de desviar la atención hacia los muchos problemas que ella tiene con el "fantasma" de la privatización que sólo está en la mente de ellos.
La escasez de medicinas y las largas filas desde las cuatro de la madrugada -en busca de atención médica en los distintos centros de salud- siguen afectando el buen servicio a los asegurados y esto pareciera no ser problema para ninguna dirigencia sindical. Grupos extremistas todavía gritan "los yankees afuera", como si éstos no se hubieran ido con la aplicación de los Tratados Torrijos-Carter y Panamá no ejerciera su plena y exclusiva soberanía en todo su territorio. Siguen viviendo por ignorancia o conveniencia en el siglo pasado. Buscan con sus actos violentos asustar a los pocos inversionistas que vienen a nuestro suelo con sus políticas anárquicas. Afortunadamente cuentan con escasísimo respaldo.
Para quienes creemos que un sindicalismo fuerte es uno de los pilares básicos de la democracia, es muy preocupante la disminución de la membresía afiliada a los sindicatos. Esta ha venido decayendo progresivamente desde hace muchos años y no puede darse como excusa la disminución de fuentes de trabajo.
Ella es mayor -bastantes veces más- que el desempleo. Se debe a la falta de carisma de un buen número de quienes dirigen, con criterio de beneficios personales, varios sindicatos.
En mis 21 años de Gerente General de Cervecería Nacional, S.A., tuve un sindicato muy lejos de ser amarillo, ni dócil. Sin embargo, pude con éste que tenía mayoría de edad, madurez y gran responsabilidad de resolver muchas de sus aspiraciones sin violencias ni extremismos.
Negocié y firmé cuatro convenciones colectivas situando a la Cervecería Nacional, S.A., en esa época, como un modelo de relaciones obrero-patronales. Era una empresa con alma y no una con mentalidad y caja registradora.
Pienso, ante la situación imperante hoy día, que amerita que la dirigencia muy responsable que tienen varios sindicatos y que han contribuido con sus luchas al engrandecimiento y mejoramiento de las condiciones de vida de sus afiliados y del país, hagan un autoanálisis de dónde estaba el sindicalismo en Panamá años atrás, dónde está hoy y hacia dónde va. Tienen que adoptar posturas más cónsonas con la aspiraciones de la clase trabajadora y con realidad de Panamá. Hay suficientes dirigentes en el obrerismo, serios y responsables para lograrlo.
Por obvias razones, su entorno personal y político se nutre de las opiniones de amigos de una generación que ya es pasado-algunos viven en él- y que no tienen por qué entender la realidad actual.
La experiencia de éstos es de gran valía, pero cuidado con prestarle atención a los viejos métodos, cuando hay una juventud que vota, mucha de la cual no recuerda a Endara, que hay que atraer en función del futuro y de las oportunidades para ellos en ese escenario. En los últimos años hemos dedicado mucho tiempo a pensar y diseñar el tipo de país que un gobierno de Alberto Vallarino le hubiera ofrecido a la Nación.
Muchos sectores contribuyeron desinteresadamente en ello y los resultados están allí para nutrir un proyecto político con igual o similar visión nacional. Guillermo Endara, reitero, aporta honestidad y experiencia política.
Los demás complementos, una vez se comprenda bien que no estamos en 1989, se le pueden adicionar e intentar salvar al país del marasmo en que se encuentra, devolviéndole la fe perdida a todos los que creemos que nos merecemos mejor suerte como electores.
Si esa visión se llega a plasmar como proyecto y el país comprende lo que nos estamos jugando, Guillermo Endara, puede volver a ser Presidente de una transición distinta, la de la renovación del liderazgo político con visión y sentido de Patria. Una gran tarea por delante, mi apreciado Presidente.