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La cuestión humanitaria en la guerra


Los coaligados, encabezados por Estados Unidos, están realizando un encomiable esfuerzo por infligir el menor daño posible a la población civil en la guerra que desarrollan contra el régimen del dictador iraquí Sadam Hussein. No está claro que las tropas del último estén haciendo lo propio en el mismo sentido. Por el contrario, se les acusa de emplazar artillería sobre las azoteas e inmediaciones de centros civiles, incluyendo hospitales y áreas residenciales y de usar civiles como escudo. De confirmarse esto último, sería una práctica despreciable que merece la condena internacional.
El uso de armas de precisión ha ayudado mucho en ese sentido. Sin embargo, hay áreas grises que preocupan. Por ejemplo, llama la atención el esfuerzo inicial coaligado de dirigir misiles cruceros hacia las casas donde presumía estaba el dictador. Es obvio que uno de esos misiles pudo dañar o matar a la familia del tirano que nada tiene que ver con las acciones de Hussein en función de gobernante.
El asesinato mismo, intencionalmente buscado, de un líder enemigo, llama a serio cuestionamiento. Esa no es una práctica usual de guerra, ni siquiera la de matar a comandantes enemigos en batalla. Hay al respecto una especie de pacto de honor no escrito que data de siglos de guerra moderna. Fuera de eso, hay también razones de conveniencia. Con un oficial enemigo se puede parlamentar sobre armisticio, suspensión de fuego, intercambio de prisioneros, reglas básicas de batalla, rendición y otros útiles aspectos sobre los cuales es imposible formalizar acuerdo alguno si fuera muerto o malherido.
Las crónicas de la Guerra de los Mil días en el Istmo, narran infinidad de casos de altos oficiales liberales vencidos en batalla, se les permitía portar pistola y sable, y todo el trato respetuoso que se da a un enemigo leal y noble en batalla. Aún recordamos a una escuadra de aviones británicos lanzar, desde baja altura, una corona fúnebre en honor a su acérrimo enemigo, el célebre Barón Rojo, durante las honras militares que le rendía la aviación alemana en la Primera Guerra Mundial.
Las convenciones de Ginebra sobre el derecho de la guerra imponen a los contendientes no disparar a civiles y a dispensar un trato humano a los prisioneros. Durante las grandes guerras y, en particular, desde la segunda, eso no se ha respetado por ningún bando. Lo de Hiroshima y Nagasaki, en particular, fue horroroso e inconcebible; pero también lo fueron los bombardeos nazis a Londres con cohetes V2.
Lo que hacen los guerrilleros colombianos en su país y también los paramilitares, no es la guerra sino asesinato y delincuencia pura y simple. Las leyes de la guerra, aunque imperfectas, deben respetarse. El tribunal penal internacional y la comunidad de naciones han de estar prestos y velar por ello.

101 años de Panamá América

 
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