La cuestión Naso y la política
Las vistas fotográficas de un nutrido destacamento de cerca de un centenar de miembros de la Policía Nacional, armados con la parafernalia propia del control de multitudes, escudos, bombas lacrimógenas, etc., derrumbando las casas de madera de familias de la etnia Naso en la cuenca del río Teribe, son verdaderamente grotescas por varias razones. Primero, por el uso excesivo de la fuerza, ante una población que carece no sólo de armas, sino de la capacidad de resistir violentamente.
En su mayoría mujeres, niños y ancianos, la etnia Naso ha dado pruebas de que no son proclives al uso de métodos violentos.
Segundo, porque nos hablan de la insensibilidad de las autoridades que, aparentemente, no consideran que tienen una responsabilidad con la etnia Naso, pues la conducta desplegada hasta el momento por el gobierno indica que para el Palacio de las Garzas las familias de San San Druy, en la provincia de Bocas del Toro, son invasores exactamente iguales a los demás. Nadie en la alianza de gobierno osa preguntar cómo habría actuado Omar Torrijos Herrera, aunque sea con el propósito de introducir una figura retórica.
Ningún partido político ha reclamado un tratamiento digno para la causa del pueblo Naso. Sólo organismos no gubernamentales y medios de comunicación han llamado la atención sobre la necesidad de encontrar una solución justa en el conflicto. Después los políticos dicen que no saben por qué la política está tan devaluada.
He aquí una oportunidad para que muestren su interés y solidaridad con la gente que los necesita.