La cuestión palestina
Podría resumirla de la siguiente manera: Israel contra el mundo. Porque, como es obvio, no se trata de un conflicto solamente localizado en el Medio Oriente y que compromete, de manera dramática, al sufrido pueblo palestino. Su onda expansiva, para usar una metáfora pertinente, parece llegar a todo el mundo árabe, a la vieja Europa comunitaria y a la política exterior de los Estados Unidos, cómplice del genocidio palestino. Todos sabemos que el Estado de Israel, creado en 1948, fue asentado en un territorio históricamente disputado, zona de tránsito y de intercambio cultural de diversos pueblos y culturas, asentadas en esa Palestina histórica. Tierra ocupada mayoritariamente, en ese entonces, por el pueblo árabe palestino. Cuando se crea Israel, se establece un Estado judío, gendarme y custodio de los intereses imperialistas tal como lo fue, en su momento, Sudáfrica y, guardadas las proporciones, el Brasil de los militares o Corea del Sur.
Fue su fortaleza militar unida a la dispersión y falta de unidad del mundo árabe, con sus monarquías hereditarias y sus dictaduras, lo que impulsó a Israel a expandir su territorio a costa de territorios de Jordania o de Siria y a llevar la guerra al sur del Líbano. No se trataba ni se trata ahora de una guerra defensiva como pudiera parecer, si tomamos en cuenta las palabras de un terrorista consumado como Ariel Sharón o de su cómplice George W. Bush. Operando ambos con simples dicotomías por lo demás maniqueas, de buenos y malos, los terroristas son otros, es decir, son incapaces de reconocer sus propios actos de terror.
La reacción palestina frente a la agresión sionista, ésta apadrinada por la diplomacia estadounidense, es una reacción no sólo desesperada sino lógica. La revuelta social, la reacción masiva y popular, la llamada Intifada expresa la necesidad del pueblo palestino de construir, para sí, una patria permanente.
La creación de una Autoridad Nacional Palestina es, a pesar de su avance, una patria mediatizada, ocupada y tutelada. La existencia de campos de concentración y de refugiados, de una juventud palestina con futuro incierto, de la ocupación de 6 ciudades palestinas y el cautiverio de la Autoridad Palestina y su confinamiento a un edificio en la ciudad de Ramallah, explican de manera gráfica la situación actual.
No es para extrañarse los efectos que produce la cuestión palestina en el Medio Oriente. En el mundo árabe se empieza a producir una radicalización política. Las masas árabes empiezan a movilizarse, empujando incluso a regímenes pro-occidentales como el de Egipto o el de Jordania, los únicos que tienen relaciones diplomáticas con Israel, a adoptar posiciones más duras. Al parecer, frente a la cuestión palestina pareciera haber unidad en el mundo de las masas árabe. Ellas exigen el reconocimiento del Estado nacional palestino y la desocupación, por Israel, de los territorios ocupados. Y pueden sobrepasar las direcciones políticas formales del mundo árabe.
Para Europa occidental la situación es compleja. Por un lado, el Estado de Israel desconoce la mediación de Europa, incluyendo las súplicas del Papa Juan Pablo II, en el conflicto. El terrorista Sharon ha disparado, aún contra la Iglesia como lo es la Basílica de la Natividad, santuario cristiano custodiado por la orden de los franciscanos, en donde murió asesinado un sacerdote italiano. El desconocimiento de la diplomacia europea es una demostración de su poco peso en la definición de los asuntos mundiales y que son, por decirlo de alguna manera, el furgón de cola de la diplomacia norteamericana. Cuando la Guerra del Golfo, el factor desencadenante fue la ocupación territorial de Kuwait por Irak. Ahora Israel, con métodos terroristas, ocupa territorios palestinos y no se ve una reacción similar. No vemos a los Blair, o a los Aznar, o a los Berlusconi exigir una alianza, ya no militar sino política, para exigir a los terroristas de Israel que cesen el genocidio contra el pueblo palestino y lleven a Sharon al Tribunal Penal Internacional recién creado.
Para los Estados Unidos y su ideológica diplomacia, el problema resulta uno sin salida racional. El intento de Bush de construir una alianza contra Irak, uno de los siete
Países del mal, choca con la oposición del mundo árabe. Si los halcones imperialistas pensaron que su voto favorable a los palestinos en la Resolución 1402 cambiaría la situación a su favor, se equivocaron. Mientras no se resuelva la cuestión palestina de manera favorable a los palestinos no se restaurará la confianza árabe en la diplomacia estadounidense. Y para ello se requiere exigir a Israel el retiro inmediato de los territorios ocupados. Es un verdadero "círculo de hierro" que mentes que operan con simples dicotomías no pueden resolver en todas sus dimensiones.
Finalmente, para Israel lo ideal es mantener con vida y, mejor aún, en el exilio, a Yasser Arafat, a la espera de encontrar un interlocutor y un régimen títere en la Palestina. En tanto eso no ocurra, pareciera que la vida de Arafat está asegurada, aunque no su funcionamiento como autoridad.
¿Y Latinoamérica y Panamá?. El silencio de la OEA cuya política exterior independiente ha desaparecido desde hace mucho tiempo es impresionante. Compárese con la vehemencia cuando lo de Nueva York. Regímenes serviles producen políticas exteriores serviles. Solo Cuba ha exigido parar la mano a Israel. Porque el terrorismo debe ser condenado proceda de donde proceda. Sobre ello volveremos.
Panamá debe romper relaciones contra el régimen fascista y terrorista de Israel, para aislarlo hasta que cese el genocidio del pueblo palestino y hasta que el pueblo de Israel tenga un gobierno tolerante y democrático. A estos últimos les recomendamos una lectura del libro de Isaac Deutcher, El judío no sionista. Creo que les haría muy bien re-encontrarse con el género humano.
Fue su fortaleza militar unida a la dispersión y falta de unidad del mundo árabe, con sus monarquías hereditarias y sus dictaduras, lo que impulsó a Israel a expandir su territorio a costa de territorios de Jordania o de Siria y a llevar la guerra al sur del Líbano. No se trataba ni se trata ahora de una guerra defensiva como pudiera parecer, si tomamos en cuenta las palabras de un terrorista consumado como Ariel Sharón o de su cómplice George W. Bush. Operando ambos con simples dicotomías por lo demás maniqueas, de buenos y malos, los terroristas son otros, es decir, son incapaces de reconocer sus propios actos de terror.
La reacción palestina frente a la agresión sionista, ésta apadrinada por la diplomacia estadounidense, es una reacción no sólo desesperada sino lógica. La revuelta social, la reacción masiva y popular, la llamada Intifada expresa la necesidad del pueblo palestino de construir, para sí, una patria permanente.
La creación de una Autoridad Nacional Palestina es, a pesar de su avance, una patria mediatizada, ocupada y tutelada. La existencia de campos de concentración y de refugiados, de una juventud palestina con futuro incierto, de la ocupación de 6 ciudades palestinas y el cautiverio de la Autoridad Palestina y su confinamiento a un edificio en la ciudad de Ramallah, explican de manera gráfica la situación actual.
No es para extrañarse los efectos que produce la cuestión palestina en el Medio Oriente. En el mundo árabe se empieza a producir una radicalización política. Las masas árabes empiezan a movilizarse, empujando incluso a regímenes pro-occidentales como el de Egipto o el de Jordania, los únicos que tienen relaciones diplomáticas con Israel, a adoptar posiciones más duras. Al parecer, frente a la cuestión palestina pareciera haber unidad en el mundo de las masas árabe. Ellas exigen el reconocimiento del Estado nacional palestino y la desocupación, por Israel, de los territorios ocupados. Y pueden sobrepasar las direcciones políticas formales del mundo árabe.
Para Europa occidental la situación es compleja. Por un lado, el Estado de Israel desconoce la mediación de Europa, incluyendo las súplicas del Papa Juan Pablo II, en el conflicto. El terrorista Sharon ha disparado, aún contra la Iglesia como lo es la Basílica de la Natividad, santuario cristiano custodiado por la orden de los franciscanos, en donde murió asesinado un sacerdote italiano. El desconocimiento de la diplomacia europea es una demostración de su poco peso en la definición de los asuntos mundiales y que son, por decirlo de alguna manera, el furgón de cola de la diplomacia norteamericana. Cuando la Guerra del Golfo, el factor desencadenante fue la ocupación territorial de Kuwait por Irak. Ahora Israel, con métodos terroristas, ocupa territorios palestinos y no se ve una reacción similar. No vemos a los Blair, o a los Aznar, o a los Berlusconi exigir una alianza, ya no militar sino política, para exigir a los terroristas de Israel que cesen el genocidio contra el pueblo palestino y lleven a Sharon al Tribunal Penal Internacional recién creado.
Para los Estados Unidos y su ideológica diplomacia, el problema resulta uno sin salida racional. El intento de Bush de construir una alianza contra Irak, uno de los siete
Países del mal, choca con la oposición del mundo árabe. Si los halcones imperialistas pensaron que su voto favorable a los palestinos en la Resolución 1402 cambiaría la situación a su favor, se equivocaron. Mientras no se resuelva la cuestión palestina de manera favorable a los palestinos no se restaurará la confianza árabe en la diplomacia estadounidense. Y para ello se requiere exigir a Israel el retiro inmediato de los territorios ocupados. Es un verdadero "círculo de hierro" que mentes que operan con simples dicotomías no pueden resolver en todas sus dimensiones.
Finalmente, para Israel lo ideal es mantener con vida y, mejor aún, en el exilio, a Yasser Arafat, a la espera de encontrar un interlocutor y un régimen títere en la Palestina. En tanto eso no ocurra, pareciera que la vida de Arafat está asegurada, aunque no su funcionamiento como autoridad.
¿Y Latinoamérica y Panamá?. El silencio de la OEA cuya política exterior independiente ha desaparecido desde hace mucho tiempo es impresionante. Compárese con la vehemencia cuando lo de Nueva York. Regímenes serviles producen políticas exteriores serviles. Solo Cuba ha exigido parar la mano a Israel. Porque el terrorismo debe ser condenado proceda de donde proceda. Sobre ello volveremos.
Panamá debe romper relaciones contra el régimen fascista y terrorista de Israel, para aislarlo hasta que cese el genocidio del pueblo palestino y hasta que el pueblo de Israel tenga un gobierno tolerante y democrático. A estos últimos les recomendamos una lectura del libro de Isaac Deutcher, El judío no sionista. Creo que les haría muy bien re-encontrarse con el género humano.