La cultra de la pobreza
El discurso sobre la pobreza está estrechamente ligado a la cultura, y se ha convertido en un tema prioritario de la agenda nacional e internacional.
Sin embargo, no todos entienden por "pobres" la misma cosa. En los últimos años en Panamá se observa una creciente tendencia de políticas públicas de ayudas, subsidios económicos y hasta se define la cooperación internacional en base a programas de subvención a los pobres. Pero, ¿están acaso estas prácticas estimulando, o no, una mayor dependencia de los grupos pobres que la reciben?
La preocupación es válida en la medida que muchos de estos programas no han sido explicados, y una buena parte surgen de situaciones coyunturales. Además, la mayoría están sustentados en una reforma profunda de la educación y la competitividad laboral que nos permitiría salir de los umbrales de la pobreza crónica que padecemos. De esta manera se corre el riesgo de acentuar "la cultura de la pobreza" que Oscar Lewis y Paulo Freire trataron el concepto hace décadas, al tiempo que advirtieron que con ello se pueden profundizar la desigualdades a una escala imposible de medir.
Es cierto que muchos de estos grupos sociales manifiestan actitudes generalizadas o patrones comunes, como por ejemplo el fatalismo y la desesperanza que predomina entre los campesinos y los pueblos indígenas en Panamá. O el caso de los jóvenes que viven en zonas sub-urbanas, donde la violencia y el desarraigo familiar comportan lenguajes y símbolos que algunos interpretan como parte de una "cultura". Pero este enfoque es sumamente parcial de un problema multidimensional.
El problema es tan profundo que requiere la participación solidaria de todas las fuerzas sociales, pero no con una visión únicamente asistencial, sino con una responsabilidad colectiva e integral. Lo peor es que no podrá ser resuelto sin una reforma educativa que sea capaz de renovar las esperanzas de grandes sectores que viven condicionados por la pobreza que no se resuelve con limosnas.
Sin embargo, no todos entienden por "pobres" la misma cosa. En los últimos años en Panamá se observa una creciente tendencia de políticas públicas de ayudas, subsidios económicos y hasta se define la cooperación internacional en base a programas de subvención a los pobres. Pero, ¿están acaso estas prácticas estimulando, o no, una mayor dependencia de los grupos pobres que la reciben?
La preocupación es válida en la medida que muchos de estos programas no han sido explicados, y una buena parte surgen de situaciones coyunturales. Además, la mayoría están sustentados en una reforma profunda de la educación y la competitividad laboral que nos permitiría salir de los umbrales de la pobreza crónica que padecemos. De esta manera se corre el riesgo de acentuar "la cultura de la pobreza" que Oscar Lewis y Paulo Freire trataron el concepto hace décadas, al tiempo que advirtieron que con ello se pueden profundizar la desigualdades a una escala imposible de medir.
Es cierto que muchos de estos grupos sociales manifiestan actitudes generalizadas o patrones comunes, como por ejemplo el fatalismo y la desesperanza que predomina entre los campesinos y los pueblos indígenas en Panamá. O el caso de los jóvenes que viven en zonas sub-urbanas, donde la violencia y el desarraigo familiar comportan lenguajes y símbolos que algunos interpretan como parte de una "cultura". Pero este enfoque es sumamente parcial de un problema multidimensional.
El problema es tan profundo que requiere la participación solidaria de todas las fuerzas sociales, pero no con una visión únicamente asistencial, sino con una responsabilidad colectiva e integral. Lo peor es que no podrá ser resuelto sin una reforma educativa que sea capaz de renovar las esperanzas de grandes sectores que viven condicionados por la pobreza que no se resuelve con limosnas.