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La cultura preelectoral en América Latina, &#161Que alguien calle a tiempo!


Corresponsal del Servicio Informativo Iberoamericano
Quito, Ecuador.- Si usted prende el radio o la televisión en época preelectoral, en alguno de los países de América Latina, puede ser martirizado por innumerables propagandas, jingles, proclamas, menciones y referencias a tal o cual candidato que hará del país algo muy lejano al pasado y muy cercano al futuro. Un país modernizado, solidario, científico, tecnológico, sin pobreza y, fundamentalmente, feliz.
Paralelamente a esa publicidad pre-electoral están los programas que se nutren de personalidades de algunos partidos o sectores que concurren a la contienda. Personalidades invitadas para desarrollar expresar-analizar-explicar lo que ya han desarrollado-expresado-analizado cientos de veces.
De todos modos, humano, al fin, usted mantiene la ilusión y deja prendido el receptor. Seguidamente, será presentado el analista político, señor que se gana la vida explicando que, de acuerdo con las encuestas realizadas, resulta evidente que los ganadores de las elecciones serán los más votados, y los que no logren cierta cantidad de votos, no tendrán oportunidad. Quien además tiene la capacidad de afirmar que, según una investigación sobre los resultados de las elecciones anteriores, seguramente el militante del Partido X no dejará de votar por ese partido, siempre y cuando no se sienta tentado a votar otro. Claro está que, a pesar de tantas certezas, no será posible pronunciarse de un modo definitivo, porque, como todo el mundo sabe, "las encuestas no proporcionan resultados definitivos sino aproximados, que sólo son verificables bajo determinadas circunstancias y siempre que se mantengan incambiadas ciertas variables". Además, "está ese inmenso contingente de indecisos que podrían volcar la elección hacia cualquier candidato".
Quizá usted sea el feliz poseedor del control remoto y logre huir exitosamente hacia otro canal. Pero su situación no cambiará mucho, porque se puede encontrar con algún periodista "objetivo" (en el planeta de la imaginación pre-electoral ellos existen) que decide comentar lo dicho por un candidato. Eso será como someterse a un examen psicológico, porque el "objetivo" hará una serie de consideraciones relativas a una frase que, a pesar de parecer de poca relevancia, es parte importante de la estrategia para captar el voto de las mujeres solteras menores de 25 años y tres meses, y los hombres divorciados de entre 33 y 34 años y medio.
A pesar de todo, usted sigue vivo, camina por las calles, mira TV, escucha radio y compra periódicos. Entonces se topa con otro hecho interesante de la cultura preelectoral: la crítica entre candidatos y partidos, y las amenazas. Y así verá los duros, los salvadores, los vendedores de ilusiones que dicen haber hecho obras más grandes que la muralla china y son capaces de parar el ejército serbio con cuatro gritos.
En época pre-electoral, la propaganda y la contrapropaganda se apodera de los medios, de las calles, de los muros, de los estadios. Decenas de anuncios, reiterados hasta el cansancio, pero creativos, tediosos, que repiten frases hechas y juegan con el sentimiento de la gente. Cancioncitas recurrentes que van desde la baladita romántica a la marchita que levanta multitudes, pasando por la música con cierto tinte religioso y el son pegadizo. Decenas de candidatos que hablan, y ¡cómo hablan!
Usted, que llega a la casa cansado de un día de trabajo y al encender el televisor vuelve a escuchar un candidato, dos candidatos, varios candidatos, que con su mejor sonrisa permanecen un tiempo precioso en la pantalla, pide silencio.
No está contra la democracia, al contrario, la defiende y piensa que, en primer lugar, todos los candidatos deberían acceder a los medios y no unos pocos. Pero, además, cree que los candidatos deberían valorar un poco más el tiempo, el espacio y la intimidad del que mira la TV o escucha el radio. Y los medios de comunicación también.
Ojalá que la cultura del verbo, que se vive a cada período pre-electoral e inunda los medios de comunicación de América Latina, se transforme en la cultura del debate franco y el respeto al otro. Y si es posible, que alguien sepa callar a tiempo, ¡que me duele la cabeza!.

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