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La cultura y la política como metas nacionales (1)


Hace un poco más de tres años tuve la oportunidad de disertar sobre este asunto en un ciclo de conferencias que auspiciara el P.N.U.D., respecto a los retos que plantearía el nuevo siglo y el futuro del país.
Dije creer en la existencia de una simbiosis entre la política de un pueblo y la cultura del mismo. Definí, entonces, la primera - y lo sostengo hoy - como la forma correcta de gobernar un Estado y procurar de esa manera, el mejor bienestar para sus asociados. La otra, por su parte, la concibo como el conjunto de creencias, comportamientos, lenguajes, y todo aquello que conforme el modo de vida de un grupo de personas enmarcadas dentro de una precisa ubicación geográfica y un período de tiempo en particular.
Basado en lo anterior, sostengo que la ausencia de madurez dentro de la cultura panameña se ha debido, en gran parte, a la debilidad política de quienes - tanto en posiciones de gobierno como de oposición - han tenido la responsabilidad de consolidar las metas y actitudes necesarias para terminar la gestación de eso que llamamos la República de Panamá.
A manera de reflexión vale la pena destacar que, desde antes que se suscitaran los movimientos separatistas entre las colonias y la corona española, nuestro país ya gozaba de una condición muy especial por haber identificado claramente su ventaja geográfica. Desde entonces, y mucho antes que terminara la prolongada presencia norteamericana en suelo istmeño, la clase dirigente panameña usufructuó del beneficio que ha emanado constantemente de esta única ubicación mundial, mientras que los estratos más humildes, no solamente se han mantenido al margen de las ventajas que produce esta maravillosa condición sino que no perciben, tanto los provechos actuales, como los muchos otros que pudieran generarse si se establece con claridad un plan racional, equitativo y concertado entre todos para el buen uso de ellas.
Infortunadamente, y a pesar de los grandes acontecimientos ocurridos en el pasado resiente, sigue prevaleciendo en nuestro medio el erróneo concepto de que la cultura - mal apoyada por la práctica de una política mediocre - es la emanación de una minúscula y privilegiada casta que la sustenta, en vez de ser una expresión desprendida de toda la sociedad en general.
Basado en lo anterior, creo firmemente que la cohesión entre los diferentes grupos que componen la nación panameña bien pudiera ser el garante gestor de un producto final mucho más equilibrado, auténtico y refinado a ése que hoy tenemos.
Dicho lo anterior, me atrevo a deducir que esa falta de integración nacional en lo que a metas y actitudes se refiere es la verdadera - y casi que única - culpable del deplorable estado en que se encuentra ese proyecto indefinido que es la República de Panamá. Cada día que pasa me convenzo más que es absolutamente necesario llegar a una verdadera concertación nacional.
Antes de seguir aupando pasiones mezquinas y miopes concepciones sobre el país y su gente, las delicadas circunstancias del momento obligan a una profunda reflexión sobre la viabilidad de ella. La política y la cultura estarán siempre entrelazadas para definir, sustentar y fortalecer los elementos gestores de un estado en particular.
Concluyo, entonces, que una relación fructífera entre la cultura y la política se dará, únicamente, cuando esta última entienda su muy delicado papel y empiece a depurar los ambiguos propósitos donde hasta hoy se ha sustentado para así apuntalar, genuina y honestamente, la estructuración definitiva del Panamá moderno.
Hasta el momento seguimos inmersos en indolencias excesivas y posiciones antagónicas, cuyos resultados provocan efectos muy negativos dentro del genuino propósito que esta fusión demanda. Ya es hora de superar, de una vez por todas, esa postura mediocre para optar a ser mejores por voluntad propia.

101 años de Panamá América

 
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