La Cumbre del Milenio
La semana pasada tuvo lugar la Cumbre del Milenio, organizada por las Naciones Unidas para juntar a los jefes de Estado y jefes de Gobierno de los 186 países miembros de la Asamblea General de la Organización Mundial, del 6 al 8 de septiembre. La presencia en Nueva York de un número considerable de presidentes y primeros ministros, convirtió a la sede de las Naciones Unidas en el cónclave por excelencia para reflexionar, discutir e intentar resolver los grandes problemas de nuestro tiempo.
No es la primera vez que las Naciones Unidas organiza un encuentro a tan alto nivel político. En 1995, en ocasión del Cincuentenario lo hizo, también en Nueva York, con la majestad que el aniversario merecía. Salvo que el mundo diera un vuelco radical en los procesos de consulta, diálogo y concertación multilateral, el alcance de la reunión de la Asamblea General en el año 2045, será consecuente con la celebración del Centenario. Pero esa fecha está lejana y el inicio del milenio no podrá volver a invocarse 50 años después por Panamá, con la pertinencia con que podía hacerlo ahora y que se deriva de la consolidación del Estado Nacional panameño gracias a las reinvindicaciones cristalizadas al medio día del 31 de diciembre de 1999.
La presencia de Panamá en las Naciones Unidas tiene una importancia que estamos comprometidos a realzar, desde que recuperamos, con los Tratados Torrijos-Carter, nuestra plena soberanía e integridad territorial y reafirmamos nuestra tradicional vocación universalista que animó al Libertador a convocar el Congreso Anfictiónico de 1826. Esta es la más alta meta, que hemos logrado, desde que la Convención del Canal Istmico de 1903, deformó nuestra independencia y nuestra imagen nacional. Es verdaderamente lamentable que Panamá no haya estado representada en la Cumbre del Milenio por nuestro más alto dignatario, por la Presidenta Mireya Moscoso.
Sin ánimo inquisitorial, pero con justo desasosiego, cabe preguntarse qué extraña congruencia de nuestra política exterior hay en la decisión de sustraer la presencia presidencial panameña de la Cumbre del Milenio, y destacar dicha presencia breves días después, en un viaje a Roma, con acento más personal que oficial, que ni era urgente ni era impostergable. Cabe preguntarse qué inescrutable orden de prioridades ha establecido nuestra Presidenta para estar deliberadamente ausente de un evento de tan elevada jerarquía política como la Cumbre del Milenio, en el cual casi todos sus colegas latinoamericanos con vitales motivaciones, hicieron acto de presencia para promover en beneficio de sus países los asuntos que fueran de su interés.
La presidenta Moscoso dejó pasar esta oportunidad de oro. Como única mujer en ejercicio de la Presidencia de su país, su ausencia significó un claro desdén por sus congéneres de la región, dignas de ser exaltadas por su actuación. Su ausencia privó a la nación panameña del orgullo de que su presidenta informara a la comunidad internacional sobre lo que hemos hecho como dueños del Canal de Panamá, que hoy se maneja por la administración panameña con mayor eficiencia que la administración norteamericana. Su ausencia privó al Estado panameño de la oportunidad de alternar con otros jefes de Estado y de Gobierno con el fin de buscar apoyo para la solución de problemas fundamentales para el desarrollo económico y social del país. Han desfilado por el podio del hemiciclo de la Asamblea General de las Naciones Unidas en esos tres días, mandatarios que seguramente tienen más problemas que nuestra presidenta quien, por lo demás, hace escasos 15 días, pasó en esa ciudad un fin de semana motivada por la invitación de una línea de barcos de cruceros.
En 1945, al crearse en San Francisco las Naciones Unidas, ilustres panameños sentaron méritos de fundadores. Entre ellos Ricardo J. Alfaro y Octavio Méndez Pereira. Luego, en las Naciones Unidas, Panamá ha tenido concretas oportunidades de afirmarse como nación y como miembro pleno de la comunidad internacional organizada. En las Naciones Unidas, Panamá ha encontrado apoyo en sus empeños y solidaridad con sus aspiraciones, tanto en la lucha generacional para erradicar el enclave colonial de la antigua Zona del Canal, como en el pronunciamiento de la Asamblea General contra la invasión norteamericana de diciembre de 1989, urgiendo la salida de las tropas extranjeras y exigiendo respeto a la soberanía e independencia de la República de Panamá y el cumplimiento de los tratados Torrijos-Carter.
Muchas veces he pasado los umbrales de la sede de las Naciones Unidas como Representante de Panamá. En 1983, como panameño, tuve el privilegio de presidir la Asamblea General, hablar y actuar en nombre de Panamá y de toda la comunidad internacional. Igual me tocó hacer como Presidente del Consejo de Seguridad en 1958, 1959, 1976 y 1981. Nada de lo que concierne a las Naciones Unidas me causa indiferencia y tengo un entrañable interés por sus vivencias. Desde 1945 hasta ahora, el mundo ha cambiado y se han hecho notables esfuerzos para que las Naciones Unidas respondan con eficacia a las exigencias de los nuevos tiempos. Los progresos sociales se han quedado a la zaga de los prodigiosos progresos científicos y tecnológicos en la era del Internet. Los factores geopolíticos se han transformado, lo cual impone que entre las reformas necesarias, la del Consejo de Seguridad, sea la que más voluntad política requiere de parte de sus miembros permanentes.
Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad constituyen una suerte de directorio todopoderoso que impide imaginar siquiera, que el Secretario General tenga alguna autonomía en las decisiones importantes en materia de paz y seguridad internacionales. La rigidez en la composición de ese directorio y su derecho al veto, son elementos esenciales de la dificultad que tienen las Naciones Unidas para dar el giro definitivo y encaminarse con renovado optimismo hacia la superación de su destino en el siglo XXI.
Las Naciones Unidas para cumplir con sus propósitos, requiere corregir la falla constitucional, consecuencia de la guerra fría, contenida en las normas de la Carta respecto al Consejo de Seguridad. Kofi Annan dio a la Asamblea General y a los asistentes a la Cumbre del Milenio pistas valiosas para una representación posible y rotativa de los grupos regionales. Si a la luz de las fórmulas que están en discusión, a la región de América Latina y el Caribe le correspondiera ocupar un puesto permanente en el Consejo de Seguridad, al momento de decidir a qué país o a qué países le corresponde representar a nuestra región, se pondrá a prueba la madurez, la capacidad de concentración y la generosidad de los países que la forman.
Basta leer los artículos pertinentes de la Carta de las Naciones Unidas, para percatarse de las dificultades casi insuperables que se interponen en el proceso de reforma de la Carta. En síntesis, los Estados Unidos, la Federación Rusa, la República Popular China, Francia e Inglaterra, tienen individualmente el derecho de vetar las propuestas de reforma que no resulten de su agrado. Por ahora sólo se han pronunciado en la Cumbre en favor de "fortalecer el papel central de las Naciones Unidas en el mantenimiento de la paz".
En todo caso, con relación a la necesidad de reformar la Carta de las Naciones Unidas una interrogante esencial parece ser la clave de las dificultades que el Secretario General encuentra en su camino al iniciarse el siglo XXI: ¿Las principales potencias mundiales tienen suficientes valores en común para reformar las Naciones Unidas?. Si la respuesta es positiva, todo permanece en el campo de las posibilidades. Si la respuesta es negativa, pocas cosas serán posibles. Tal vez lo único posible sería un aumento en el número de miembros no permanentes.
Kofi Annan invitó a los altos dignatarios que participan en la Cumbre del Milenio a no mostrar a cada instante el catálogo de los obstáculos que se oponen a la adecuación de la estructura de las Naciones Unidas, sino a mostrar la voluntad de superar esos obstáculos. Por mi parte, creo que Panamá debe participar en las Naciones Unidas en el siglo XXI apoyando todos los esfuerzos, tanto de los gobiernos como del Secretario General, dirigidos a reforzar la capacidad de las Naciones Unidas de servir las causas de la paz, la seguridad, la democracia, los derechos humanos, la justicia y el desarrollo económico y social de todos los pueblos. Quizás nos sirva de estímulo, por no decir de consuelo, la amplia lista de promesas de la Cumbre del Milenio, que en su Declaración del viernes pasado se propone reducir la pobreza, proteger el planeta y mejorar la capacidad de las Naciones Unidas para mantener la paz.
No es la primera vez que las Naciones Unidas organiza un encuentro a tan alto nivel político. En 1995, en ocasión del Cincuentenario lo hizo, también en Nueva York, con la majestad que el aniversario merecía. Salvo que el mundo diera un vuelco radical en los procesos de consulta, diálogo y concertación multilateral, el alcance de la reunión de la Asamblea General en el año 2045, será consecuente con la celebración del Centenario. Pero esa fecha está lejana y el inicio del milenio no podrá volver a invocarse 50 años después por Panamá, con la pertinencia con que podía hacerlo ahora y que se deriva de la consolidación del Estado Nacional panameño gracias a las reinvindicaciones cristalizadas al medio día del 31 de diciembre de 1999.
La presencia de Panamá en las Naciones Unidas tiene una importancia que estamos comprometidos a realzar, desde que recuperamos, con los Tratados Torrijos-Carter, nuestra plena soberanía e integridad territorial y reafirmamos nuestra tradicional vocación universalista que animó al Libertador a convocar el Congreso Anfictiónico de 1826. Esta es la más alta meta, que hemos logrado, desde que la Convención del Canal Istmico de 1903, deformó nuestra independencia y nuestra imagen nacional. Es verdaderamente lamentable que Panamá no haya estado representada en la Cumbre del Milenio por nuestro más alto dignatario, por la Presidenta Mireya Moscoso.
Sin ánimo inquisitorial, pero con justo desasosiego, cabe preguntarse qué extraña congruencia de nuestra política exterior hay en la decisión de sustraer la presencia presidencial panameña de la Cumbre del Milenio, y destacar dicha presencia breves días después, en un viaje a Roma, con acento más personal que oficial, que ni era urgente ni era impostergable. Cabe preguntarse qué inescrutable orden de prioridades ha establecido nuestra Presidenta para estar deliberadamente ausente de un evento de tan elevada jerarquía política como la Cumbre del Milenio, en el cual casi todos sus colegas latinoamericanos con vitales motivaciones, hicieron acto de presencia para promover en beneficio de sus países los asuntos que fueran de su interés.
La presidenta Moscoso dejó pasar esta oportunidad de oro. Como única mujer en ejercicio de la Presidencia de su país, su ausencia significó un claro desdén por sus congéneres de la región, dignas de ser exaltadas por su actuación. Su ausencia privó a la nación panameña del orgullo de que su presidenta informara a la comunidad internacional sobre lo que hemos hecho como dueños del Canal de Panamá, que hoy se maneja por la administración panameña con mayor eficiencia que la administración norteamericana. Su ausencia privó al Estado panameño de la oportunidad de alternar con otros jefes de Estado y de Gobierno con el fin de buscar apoyo para la solución de problemas fundamentales para el desarrollo económico y social del país. Han desfilado por el podio del hemiciclo de la Asamblea General de las Naciones Unidas en esos tres días, mandatarios que seguramente tienen más problemas que nuestra presidenta quien, por lo demás, hace escasos 15 días, pasó en esa ciudad un fin de semana motivada por la invitación de una línea de barcos de cruceros.
En 1945, al crearse en San Francisco las Naciones Unidas, ilustres panameños sentaron méritos de fundadores. Entre ellos Ricardo J. Alfaro y Octavio Méndez Pereira. Luego, en las Naciones Unidas, Panamá ha tenido concretas oportunidades de afirmarse como nación y como miembro pleno de la comunidad internacional organizada. En las Naciones Unidas, Panamá ha encontrado apoyo en sus empeños y solidaridad con sus aspiraciones, tanto en la lucha generacional para erradicar el enclave colonial de la antigua Zona del Canal, como en el pronunciamiento de la Asamblea General contra la invasión norteamericana de diciembre de 1989, urgiendo la salida de las tropas extranjeras y exigiendo respeto a la soberanía e independencia de la República de Panamá y el cumplimiento de los tratados Torrijos-Carter.
Muchas veces he pasado los umbrales de la sede de las Naciones Unidas como Representante de Panamá. En 1983, como panameño, tuve el privilegio de presidir la Asamblea General, hablar y actuar en nombre de Panamá y de toda la comunidad internacional. Igual me tocó hacer como Presidente del Consejo de Seguridad en 1958, 1959, 1976 y 1981. Nada de lo que concierne a las Naciones Unidas me causa indiferencia y tengo un entrañable interés por sus vivencias. Desde 1945 hasta ahora, el mundo ha cambiado y se han hecho notables esfuerzos para que las Naciones Unidas respondan con eficacia a las exigencias de los nuevos tiempos. Los progresos sociales se han quedado a la zaga de los prodigiosos progresos científicos y tecnológicos en la era del Internet. Los factores geopolíticos se han transformado, lo cual impone que entre las reformas necesarias, la del Consejo de Seguridad, sea la que más voluntad política requiere de parte de sus miembros permanentes.
Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad constituyen una suerte de directorio todopoderoso que impide imaginar siquiera, que el Secretario General tenga alguna autonomía en las decisiones importantes en materia de paz y seguridad internacionales. La rigidez en la composición de ese directorio y su derecho al veto, son elementos esenciales de la dificultad que tienen las Naciones Unidas para dar el giro definitivo y encaminarse con renovado optimismo hacia la superación de su destino en el siglo XXI.
Las Naciones Unidas para cumplir con sus propósitos, requiere corregir la falla constitucional, consecuencia de la guerra fría, contenida en las normas de la Carta respecto al Consejo de Seguridad. Kofi Annan dio a la Asamblea General y a los asistentes a la Cumbre del Milenio pistas valiosas para una representación posible y rotativa de los grupos regionales. Si a la luz de las fórmulas que están en discusión, a la región de América Latina y el Caribe le correspondiera ocupar un puesto permanente en el Consejo de Seguridad, al momento de decidir a qué país o a qué países le corresponde representar a nuestra región, se pondrá a prueba la madurez, la capacidad de concentración y la generosidad de los países que la forman.
Basta leer los artículos pertinentes de la Carta de las Naciones Unidas, para percatarse de las dificultades casi insuperables que se interponen en el proceso de reforma de la Carta. En síntesis, los Estados Unidos, la Federación Rusa, la República Popular China, Francia e Inglaterra, tienen individualmente el derecho de vetar las propuestas de reforma que no resulten de su agrado. Por ahora sólo se han pronunciado en la Cumbre en favor de "fortalecer el papel central de las Naciones Unidas en el mantenimiento de la paz".
En todo caso, con relación a la necesidad de reformar la Carta de las Naciones Unidas una interrogante esencial parece ser la clave de las dificultades que el Secretario General encuentra en su camino al iniciarse el siglo XXI: ¿Las principales potencias mundiales tienen suficientes valores en común para reformar las Naciones Unidas?. Si la respuesta es positiva, todo permanece en el campo de las posibilidades. Si la respuesta es negativa, pocas cosas serán posibles. Tal vez lo único posible sería un aumento en el número de miembros no permanentes.
Kofi Annan invitó a los altos dignatarios que participan en la Cumbre del Milenio a no mostrar a cada instante el catálogo de los obstáculos que se oponen a la adecuación de la estructura de las Naciones Unidas, sino a mostrar la voluntad de superar esos obstáculos. Por mi parte, creo que Panamá debe participar en las Naciones Unidas en el siglo XXI apoyando todos los esfuerzos, tanto de los gobiernos como del Secretario General, dirigidos a reforzar la capacidad de las Naciones Unidas de servir las causas de la paz, la seguridad, la democracia, los derechos humanos, la justicia y el desarrollo económico y social de todos los pueblos. Quizás nos sirva de estímulo, por no decir de consuelo, la amplia lista de promesas de la Cumbre del Milenio, que en su Declaración del viernes pasado se propone reducir la pobreza, proteger el planeta y mejorar la capacidad de las Naciones Unidas para mantener la paz.